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Full text of "Ensayos. v2. El libro de Ruth"

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ENSAYOS 

TOMO II 
EL LIBRO DE RUTH 



í ' • * 



MíNlSTERlO DE EdüCACIÓN Y CULTURA 

BIBLIOTECA ARTIGAS 

Art. 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 

COMISION EDITORA 

Dr. Daniel Darracg 
Ministro de Educación v Cultura 

Juan E. Pivel Devoto 

Director del Museo Histónco Nacional 

Arturo Sergio Visca 
Director de la Bibljotcca Nacional 

Abelardo García Viera 

Director del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 
Vol 155 
Juan Zobrilla de San Maht(n 

ENSAYOS 
TOMO II 

EL LIBRO DE RUTH 



Cuidado del texto a cargo de las Profesoras Elisa Silva Cazet y 
María Angélica Liesardy de MoKSEiiitAT 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



ENSAYOS 

TOMO II 

EL LIBRO DE RUTH 



MONTEVIDEO 
1978 



DE LA DIGNIDAD DE LAS LETRAS 
I 

Dice Pascal que la última cosa que uno encuentra 
cuando hace un libro, es saber cuál es la que debe co- 
locar la primera. Yo de mi sé decir que^ efectivamente, 
lo último con que he dado al ordenar el actual, y que 
he juzgado como lo más apropóaito para comenzarlo, 
ha sido una meditación, que me sobrevino al releerlo, 
sobre el por qué y para qué uno escribe, movido de 
fuerza o actividad recónditas, páginas como éstas, que, 
sin propósito deliberado y concreto, pero con la dili- 
gencia y el esmero de preferente ocupación, he ido 
yo formando, una tras otra, con la sustancia de mis 
mejores horas y más intensas* ^ 

También de esa lectura ha salido, como natural re- 
sonancia, el nombre o predicado de **Libro de Ruth** 
con que este mío será conocido, y que no deja de te- 
ner su por qué, como en llegando que llegue la oca- 
sión lo sabremos; pero entretanto, discurramos sobre 
lo primero^ a modo de Prólogo o Prefacio. 

Si tú, hombre bueno dado a ser rico y con vo- 
cación y aptitudes, te dieras a reflexionar sobre lo 
que son y representan tus riquezas, y sobre el por qué 
y para qué, como yo mis pensamientos, guardas tú 
y acumulas todo eso que te sobra, el resultado de tus 
meditaciones nos sería a todos de provecho. Lo haré 
yo por ti, ya que no es razón desatiendas tú tus que- 
haceres sin la compensación debida. 

Las riquezas, que tú tienes, si miras en ello, son 
cosas visibles y tangibles, ajeni» a tu persona, que 



[7] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



han ido y van a tus manos en formas varía?. Gozas 
de ellas, cambiándolas por otras, o por trabajo que 
los demás hombres se ven obligados a hacer por ti y 
para ti; consumes lo hecho, o lo guardas, si así te 
viene en talante; lo guardas generalmente, sin saber 
para quién a ciencia cierta, pues tú no tendrás tiempo 
de gozarlo, y acaso no tienes hijos. Esas tus Ooaas 
guardadas, tienen^ además, una entrañable virtud: Itt de 
reproducirse o retoñar para ti, como si fueran plantas 
o animales, sin que tú las incubes ni las riegues; las 
monedas te dan monedas, bien así como los hongos 
dan hongos, sin más que dejarlos en la oscuridad. 

Tú tienes esas cosds« una de dos: o poi'que las has 
hecho tú mismo con tu trabajo^ modificando otras 
cosas existentes, o porque los que las fdrmaron con el 
suyo te las dieron o cambiaron, si ya no es que las 
has quitado a otros dolosa o violentamente. Para tran- 
quilidad de nuestro espíritu, tan necesaria al* racioci- 
nio recto y amable^ debemos suponer lo primero; que 
no has forzado, ni engañado, ni perjudicado a tiadid; 
esas cosas son tuyas porque algo tuyo, algo de tu yo^ 
más o menos remoto, está incorporado a ellas indiso- 
lublemente: tu fuerza o facultades, o las de los qué 
tales cosas te cedieron* Para el caso, tanto da; el con* 
cepto de riqueza es el de un hecho impersonal y amo- 
ral: muchas cosas útiles en una mano, o dependientes 
de una voluntad. Trabajo propio o ajeno; lento o rat 
pidísimo; benéfico, indiferente o nocivo; digno de aia<> 
bauza o de reprensión y vituperio, la tiqueza de^ que 
hablamos es un solo montón de utilidades anonímafí, 
que ni el Diablo puede calificar. . . es decir, el Diablo 
sí; el Diablo es un espíritu sutilísimo, doctor en filoso» 
fía o ciencia de las primeras causas, gran lógico o 
dialéctico cuando no tiene razón, es decir siempre,' y 



[8.] 



&Na AYOS 



que penetra en j sabe cíe orígenes que nosotros igno- 
ramos. 

Bien se nos alcanza, con todo, el objeto con que tú, 
hombre de riquezas, acumulas las que tienes, y las 
guardas; son cosas presentes; las tocas, las miras, las 
empleas libremente, bien o mal, y obligas a muchas 
gentes a que te consideren y hagan reverencias a causa 
de ellas. Tú mismo llegas a creerte más importante v 
necesario que las cosas que guardas, como si ellas no 
hubieran podido existir sin ti, y llegas a creer, aunque 
no lo veas, que eres asi feliz. 

Bien claro está que hablo contigo, hombre dado a 
ser rico por sólo serlo; no con aquéllos que creen, con 
un sabio bien pensado^ que ser rentista es ^^tener tiem- 
po para servir a los demás". Esos tales, los que creen 
eso. son otra especie de personas* La tuva es la más 
común en el género humano, y la que dice a mi pro- 
pósito. 

II 

Pero he aquí que han existido, y aún existen, cier- 
tos entes del mismo género, del género humano, pe^o 
de una especie particular, que se dan mucha pena ert 
hacer y acumular cosas intangibles, que, sin ello«. r 
hubieran existido; cosas que no emplean, que no catr* 
bian por nada, y que no obligan a los demás hombres 
a trabajar para ellos, ni siquiera a tenerlos en cuen r 
muchas veces. Tales son los forjadores de ciertas obras 
literarias. Claro está que hablo de las intensas, que no 
tienen prisa, ni condición, ni plazo; no de las imper- 
sonales, hechas para el consumo o el cambio o la va- 
nagloria, que no tienen cuento, y que debemos clasifi- 
car entre las obras de mano. Ni siquiera excluyo de 
éstas las buenas, las que se hacen con un iin noble y 



[9] 



JUAN ZORRILLA UE SAN MARTIN 



una intención concreta, por elevadas que sean, y que 
pueden ser virtudes. 

¿Qué diablos buscan, pues, esas peregrinas cría- 
turas que dan por bien ganado su día de pena con 
sólo haber oido bien en sí mismas, o sorprendido y 
detenido, después de esperarlas largos años quizá, al- 
gunas palabras mensajeras que venían de lejos, y pa- 
saban e iban a perderse con el secreto de su belleza 
y su verdad en la nada? 

En el tiempo y con el esfuerzo que esos lales han 
invertido en fijar las palabras hospitalaríag que se les 
formaron en la voz, otros han fabricado, comprado, 
vendido, transportado y cambiado objetos útiles; han 
acrecentado sus cosas. Estos últimos hacen lo que ha- 
cen sólo para si mismos ; se quedan con ello : aquéllos^ 
los constructores de ideas formadas o apropiables, 
construyen para todo el mundo como la naturaleza: 
entregan su cuerpo para que sea repartido entre sus 
hermanos; sólo se reservan lo no apreciable por los 
demás: el derecho de vivir en ellos. Y esto, si bien se 
mira, no es a las claras un derecho^ pues no engendra 
un deber correlativo que pueda hacerse cumplir por 
la fuerza; es sólo un hecho profundo. 

¿Podrá eso considerarse^ a despecho de lodo, un 
racional y loable empleo de la vida? ¿No será trabajo 
de insensatos, o de gusanos tejedores de] propio fére- 
tro de seda? Esta mi labor de fundir ideas y verbos 
míos en aleación transparente, sonora, lo más perdu- 
rable posible, ¿será realmente, aun prescindiendo, 
como prescindo, de todo propósito espiritual, una ac- 
ción de más alta dignidad que la de los otros? 

La humanidad no ve del todo claro en este asunto; 
son muchos los que menosprecian ese empleo de nues- 
tro tiempo, y no pocos los que lo juzgan digno de 



[10] 



ENSAYOS 



compaaión, obra de gusanos tejedores. Pero conven- 
gamos en que hay ciertos momentos en que e) discurso 
se hace silencio» y el silencio conciencia en la humana 
sociedad, y en que todos, los negociantes inclusive, 
sienten algo como un respeto supersticioso, o casi un 
remordimiento, hacia aquellos hombres; tales ha ha- 
bido entre éstos, que han acabado por convertirse en 
objeto de culto o semidioses vaticinantes. 

Y bien será advirtamos, por si o por no, que es por 
el mayor o menor número de tales silencios como 
suele juzgarse del grado de civilización de un pueblo. 
En los completamente bárbaros, aquéllos no se conci- 
ben« La civilización comienza, generalmente^ por el 
culto no de un sabio sino de un poeta, como la vida 
por el primer latido de un corazón, prímum vivens 
ukimum morienSf lo primero que vive; lo último que 
muere. En los pueblos más civilizados, la impaciencia 
del bronce hace que los altares se adelanten a los ae^ 
pulcros* 

ni 

Con ser ese culto una inconciencia, no es, sin em- 
bargo, una superstición; hay en él una inefable ver- 
dad intrinsea, porque hay algo de divino en su objeto. 
El acto de incinerar o fundir el alma propia al fuego 
del pensamiento, para extraer de las cenizas calientes, 
o del fondo del crisol, la palabra desconocida, producto 
de una combustión sublime^ supone en el hombre una 
inmersión en si mismo, un estado de elevación o abs- 
tracción supematurales, que, elevado a lo infinito, nos 
permite entrever el misterio de la divina esencia, del 
Ser Eterno, Uno y Múltiple, que no es ni puede ser 
potencia, sino acto, acto puro sin principio, que en- 
traña o supone necesariamente un sujeto y un objeto 



[in 



JUAN ZORRILLA £>J5 "SAN MARTIN 



distintos pero consustanciales, personas distintas, eter- 
namente coexistentes en una sola esencia. Y un vínculo 
de amor entre ambos, que es también persona, Eterno 
Amor a la propia infinita perfección. 

Aquellos peregrinos hombres no son movidos a obrar 
por pkcer sensible de género alguno; la creación in- 
telectual es más bien ¿olorosa muchas veces, angus- 
tiosa, desesperante; el hombre tropieza con su propia 
limitación^ como con el muro de una cárceL 

'^EI sentimiento más amargo de todos, dice Carlyle 
en Sartov Resartus^ es el de la propia debilidad". El 
inglés Milton lo ha dicho: ser débil es la verdadera 
rniseiia, Pero no podéis daros cuenta de vuestra fuerza 
sino por lo que habéis hecho. Entre la vaga capacidad 
posible y la producción indudable, fija, ¡qué diferen'- 
cia! Cierta conciencia inarticulada de nosotros mismos 
late dentro de nosotros, y sólo nuestras obras pueden 
hacerla articulada y claramente visible. Es la tranáfor» 
mación de la nebulosa en estrella, y de la idea en pala- 
bra. Nuestras obras son el espejo en que nuestro espí* 
ritu aprecia por primera vez sus exactas proporciones. 
De ahí la inconsistencia de aquel aforismo imposible 
^'conócete a ti mismo", que debiera traducirse por esle 
más concreto: "examina de qué eres capaz". 

Mucho verdad es eso. Las grandes soberbias, (infa- 
tuaciones, mejor dicho) proceden generalmente de esa 
^'•conciencia inarticulada** de nosotros mismos, que no 
se ha sometido a la sola prueba de la realidad: la obra, 
es decir, el esfuerzo creador, la pena, el desencanto, 

IV 

Pero esos hombres de que hablamos, tampoco son 
incitados a obrar, como motivo principal, aunque lo 



[12] 



ENSAYOS 



parezca, por el deseo de gloria o fama o celebridad, 
inocente anhelo de ser conocido y alabado y amado 
de personas a quienes uno no conoce ni verá jamás, 
y que, sin embargo, tiene su significado trascendental, 
y su alteza intrínseca, propia, en cuanto denuncia la 
grande idea que el hombre tiene del alma de otro 
hombre; no podemos sufrir el ser menospreciados por 
ella, el no tener la estimación de un alma. . . *'E1 hom- 
bre aprecia tanto la razón del hombre, dice Pascal, 
que, por más ventajas que consiga sobre la Ueriu^ po- 
'sesiones, salud, comodidades, no se siente contento 
si no se ve también ventajosamente colocado en la ra- 
zón de los otros hombres. Es el lugar más hermoso 
del mundo ; nada puede desviarlo de ese deseo, y es la 
más indeleble cualidad de su corazón. Los mismos que 
más desprecian a los hombres y los igualan a las bes- 
tias, quieren ser de ellos admirados y creídos* Y es 
que la naturaleza, más fuerte que todo, los convence 
de la grandeza del hombre, con más fuerza que lo que 
la razón puede convencerlos de su bajeza^'. 

Ese alto sentimiento es parte integrante hasta del 
amor primero. Adviértase la transformación de la mu- 
jer núbil que siente por primera vez que es amada 
con pasión por un hombre. La idea de que vive en otra 
alma, de que es vida de otra vida, la hace sentirse más 
grande, vivir dos veces. La niña se transforma, a sus 
propios ojos, y goza de serlo a los de los demás, en 
una cosa superior; cambia de expresión; camina más 
serenamente; mira con más dignidad. 

Ni siquiera está exento totalmente de ese sentimiento 
el hombre que acopia sólo dinero, como fm de su vida. 
También él aprovecha la ocasión de recibir honor, 
cuando este es añadidura; también él encuentra en 
ello cierto deleite. 



[13 1 



JUAN ZOHBHXA DE SAN MARTIN 



V 

Ese anhelo de homenaje, sin embargo, especie de 
céntimo aceptado aun por los más ricos en gloria, tan 
común en la humanidad, no basta, o mucho me equi* 
voco, para explicar la actividad creadora de los elegi- 
dos de que hablamos; éstos para nada pueden tener 
en cuenta, ni en bien ni en mal, la existencia de los 
hombres presentes; nada se Ies da; prescinden de ella 
tanto más cuanto mayor es su inconsciente superiori- 
dad real, que, siendo inconsciente, no puede engendrar 
soberbia. Y cuanto mayor es la altura en que se en- 
cuentran, tanto menos puede el aplauso o la reproba- 
ción de los contemporáneos constituirse en motor o 
estimulante de la actividad genial de tales hombres. 
El genio acaba por sentirse ausente en todas partes; 
quiere estarlo, cuando menos, para sentirse Ubre, es 
decir, genio*, lo que se llama genio. 

Pero esos tales no sólo son movidos a obrar, a lo 
que entiendo, por el anhelo de vivir en los hombres 
presentes; tampoco lo son, si ya no es muy remota- 
mente, por el ansia de supervivencia en la posteridad 
o en los hombres futuros, por más que sea en éstos 
donde sus pensamientos han de vivir. Esos hombres 
no se dan cuenta, como sería razón, de que sólo vi- 
viendo en los otros, sus ideas no mueren con los cere- 
bros que las engendran; de que son las nuevas genera- 
ciones las que descubren el pensamiento en sus pala- 
bras, y aun en sus ideas; de que éstas han de ser 
trasplantadas a otros cerebros, como ciertas plantas a 
otra tierra, para que los verbos pieaiaen, y las palabras 
germinales lleguen a su plenitud floreaL En nada con 
mayor razón que en el pensamiento humano vivir es 
reproducirse. 



ENSAYOS 



Esa supervivencia sería, por otra parle, una insigni- 
ficancia en los que esperan el cielo prometido a la 
virtud, eterna vida de todos en Dios, y iin contrasen- 
tido el ansiarla, en los que dicen no creer en la per- 
sistencia de la persona más allá del sepulcro. Si bien 
lo observamos, ese anhelo de vivir en los otros hom- 
bres, si aparece por fin, no precede, pero sigue al im- 
pulso creador; no es su causa sino su natural efecto. 
El mismo propósito moral es eso, si bien se examina. 
La nioralidad brota de la belleza como su perfume; 
como brota la belleza de Dios, de quien es reflejo en 
las cosas y las ideas. Belleza y mal son términos que 
se excluyen. ' 

VI 

Es otro, por tanto, el motor de aquella misteriosa 
actividad. Lo que incita a tales criaturas racionales a 
engendrar su verbo en la contemplación de si mismas, 
sostenida angustiosamente hasta la aparición de la Be- 
lleza en su forma predestinada y presentida, es una 
función del compuesto humano o del espíritu visible, 
extirpada por la carne en los más hombres, predomi- 
nante en pocos, plena en los hombres plenos, que po- 
dríamos llamar de reproducción espiritual^ y que apa- 
rece acompañada de un deleite de amor suprasensible, 
privativo de los inmortales. Parece ser que no los lleva 
más propósito que el de vivir la vida en su plenitud, 
el de llenar una necesidad que sienten, o experimentar 
una mistica alegría o bienestar que les son propios. 
En ese acto de auto-fecundación, el hombre ama su 
propia perfección relativa, en la criatura que se ha 
formado en su palabra, y que, como luz de luz, ha con- 
densado la de una claridad inaccesible. No anhela otra 
cosa: ver aquella criatura, para dar objeto a su nece- 

[15] 



JUAN^ ZOBHILLA DE SAN MARTIN 



sidad de amar; verse y amarse a sí mismo fuera de sí 
mismo, en su propio verbo, que no es su propia per- 
sona^ aunque si su propia indivisible sustancia. No 
]o cambiaría por nada de este mundo^ y asi consenti- 
ría en su destrucción a trueque de riquezas o cosas 
visibles^ como consentir en el propio aniquilamiento 
o mutilación. 

La mujer del juicio salomónico^ que todo lo aban* 
dona, hasta su nombre o titulo de madre, por tal de 

que su hijo viva, aunque sea en el regazo de la otra, 
es el símbolo de aquel sagrado amor, quinta esencia 
del amor en general, que es impulso, fuerza, vida fuera 
de sí mismo, de uno en otro. 

La leyenda poliforme del diablo rojo, comprador 
de almas eternas al precio de riquezas y juventudes, 
es su reverso. El que vendió su alma deja de ser; la 
posesión temporal de sí mismo no es nada, así dure 
mil años. Todo lo que tiene que acabar es corto. El 
tiempo es nada; nada el espacio... relaciones, som- 
bras. 

¡Avaluar mi verbo para dar a otro el derecho de 
vida y muerte sobre él! ¿Acaso es ya mía la vida ex- 
terior de mis palabras definitivas, de esas criaturas 
que me son superiores, pues, engendradas en mi con- 
ciencia por el espíritu, despojadas de lo que es infe- 
rior a mí, están animadas de sólo lo divino que hay 
en mi aliento? 

La idea de que la vida que hemos vivido no ha pa- 
sado por completo, pero permanece en un Verbo nues- 
tro, uno entre mil, que no ha pasado^ llega a hacernos 
concebir la ilusión de que nuestro tiempo tiene algo 
de eternidad, pasado, presente y futuro transfundidos, 
simultaneidad. No es lo mismo la permanencia en el 
nombre, o en los hechos o en la historia. Los hechos 



[16] 



ENSAYOS 



huyen y se devoran los unos a los otros; los mismos 
héroes resonantes no son nada sin testigos, sin con- 
temporáneos; no son una libertad. Y la propiedad de 
las cosas termina con la muerte del dueño. 

No es tampoco lo mismo el descubrimiento del hom- 
bre de ciencia, ni aun de la experimental. Ramón y 
Cajal, que lo es, llama al sabio ^el confidente del 
Creador", y en eso hace consistir la nobleza que siente 
en sí mismo y es su estímulo. No diré yo lo contrario ; 
pero ese hombre ve y ama no su propio yo universal, 
sino la verdad objetiva revelada a su genio, y que pudo 
existir y existe sin él; no es necesario que él haya 
nacido para que esa verdad exista; no es su persona. 
Pero la palabra viva que hoy nace en la soledad sin 
que nadie la recoja, y que, como el grana de trigo 
hallado en el sarcófago de la momia secular, germina 
y florece en tas almas futuras, eso es otra cosa« El 
hombre que la siente en el alma, que la descubre^ asi 
esfé solo en el universo visible, no vive en la soledad; 
está en compañía de su propio verbo, que no hubiera 
existido sin ese hombre. Es lo que se llama origina- 
lidad: dar con lo que hay de universal en uno mismo. 

No puede haber una pasión más imperiosa que la 
de ese amor del yo fuera del yo: es la fusión del su- 
premo egoísmo y de la abnegación suprema. Y ego, 
que es la esencia de la dignidad, es el reflejo más cer- 
cano de Dios, Uno y Trino, en el alma del ser creado 
inteligente* 

Y no en otra cosa que en la alteza originaria de esa 

divina función debemos buscar la dignidad de las le- 
tras; no en otra el respeto semi-supersticioso que sue- 
len inspirar los que la viven. "Ese es el que ha estado 
en el infierno'\ dicen que decían los hombres del pue- 
blo al ver pasar « Dante, con su máscara viva de cera 

[IT] 

a 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



dolorosa, por laB calles de Florencia. Los infiernos o 
los cíelos, las honduras eternas o liuninosas tinieblas 
de las ilimitadas aguas han estado y acaso están en 
ése, hubieran debido decir; bien puede ser un impasi- 
ble, una de las potencias o virtudes generadoras de las 
cosas que existen, y de las posibles, que también exis» 
ten y son infinitas; un dios, hubieran dicho los grie- 
gos. Eso era lo que realnaente creían los de Florencia, 
y esa la realidad por ellos entrevista* 

Algo de dioses hay en ellos, es lo cierto. La gerrai- 
nación de pa-labras animadas y perdurables brotadas 
del limo espiritual, sin engendrar, como no engendra, 
una sustancia material nueva; sin modificar, como no 
modifica, las ya existentes, hace aparecer, sin embargo, 
en el universo, nuevas criaturas que acrecen el número 
de las vivientes; criaturas incorpóreas, pero más reales 
y bienhechoras que los árboles hechos salir de la tierra 
por el sol, que forman bosque, y mucho más que la¿ 
piedras cortadas y trasladadas por el hombre fuerte 
de una parte a otra, que forman las arquitecturas* Es 
lo más próximo a la creación de la nada. 

Que las palabras son cosas en cierto sentido, según 
Santo Tomás; ellas despiertan, cuando menos, en nues- 
tra inteligencia, el conocimiento, lo mismo que las co- 
sas exteriores. De las unas, tanto como de las otras, 
nuestra facultad intelectiva toma lo inteligible, cuya 
sustancia es la verdad. Lo no verdad es una forma sin 
sustancia ... un fenómeno , , , nada. La idea verdad, 
en cambio, es lo que e«, es el todo* 

VII 

Si pensamos ahora, como es debido, en el vínculo 
de poBesión o propiedad que liga esos nuevos seres, 



[18] 



ENSAYOS 



las palabras vivas, al qne los evoca en el silencio^ nos 
acercarenioB acaso a la solución del problema de por 
qué y para qué, como tú las cosas de que te dices pro- 
pietario, oh semejante mío que te das a ser rico, guardo 
yo mis pensamientos, sin objeto práctico, en sus esen- 
ciales cuerpos y armoniosos. Eslas mis voces habitada* 
por mis horas sin tiempo son mi propiedad, mi for- 
tuna, que yo no puedo formar como tú la tuya. Tú 
puedes ser rico por obra extraña a ti mismo; tal se 
acuesta indigente, que despierta dueño de muchas co- 
sas exteriores, monedas, árboles, brutos, construccio- 
nes de ladrillo, y hasta hombres vivos. Que también 
los hombres, ¡ay! con sus sentidos y potencias^ se ha- 
cen objelo de ajena propiedad; se acomodan a no ser 
fin de sí mismos, sino cosas, medios para que otros 
realicen el propio, que es lo solo que se llama escla- 
vitud, lo contrario de dignidad. Esta es la libertad ante 
todo, es decir, dominio absoluto de Dios en el hom- 
bre. Yo he mirado las cosas exteriores, pan, vino, mo- 
nedas, que han quedado en mis manos al fin del día, 
y no me he sentido más rico, si ya no es que he visto 
en ellas el simple concurso de mis semejantes a mi ac- 
tividad interna, la elevación y permanencia de los de- 
más hombres en mí. llego entonces a concebir la ilu- 
sión de que esos mis prójimos, dignificados en mi 
dignidad, no aspiran a ser pagados por mí con lo que 
yo hago o tengo, sino con lo que yo soy; que no tra- 
bajo para vivir, sino que vivo para trabajar. Y siento 
que la causa y el objeto de mi vida son muy superio- 
res^ infinitamente superiores a la vida misma, aun 
dentro del tiempo formado por las horas. 

Es ese el concepto supremo de la nobleza de la per- 
sona libre, completamente libre; que si es contraria, 
como hemos observado, a la servidumbre del hombre 



[191 



JUAN ZORRILLA DE SAN BiIARTIN 



esclavo del hombre, no lo es menos a la del esclavo de 
sí mismo, de su arcángel rebelde o congénita soberbia. 

La dignidad» como la libertad, se identifica con la 
esencia de la humildad precisamente; el hombre se 
siente tanto más grande y libre cuanto más incinerado 
por el divino fuego. Si éste lo ha elegido como bolo* 
causto, ha sido por más combustible; será tanto más 
digno cuanto más aniquilado y sustituido por él. La 
soberbia en el hombre superior no es otra cosa que 
lo que ha quedado sin consumir o purificar en su al- 
ma; la absoluta humildad, inaccesible a nuestra carne 
pecadora, seria la suprema dignidad, la perfecta trans- 
formación de la carne en fuego, en luz, en holocausto 
o lámpara votiva, 

VIH 

No seré yo quien pretenda incorporarme, por su- 
puesto, al pequeño número de los elegidos por el sa- 
grado fuego. Yo he creído, sin embargo, haber sen- 
tido alguna vez. o acaso más de una, ese divino ins- 
tinto de reproducción espiritual en que hemos visto 
el motor, el único racionad de la actividad que cons* 
truye la ciudad de las palabras vivas; he sentido la 
tristeza o malestar de una función vital no satisfecha, 
cuando mi labor no ha tenido más resultado que el de 
darme cosas exteriores; las criaturas muertas dentro 
de mi cuerpo, ideas o imágenes sin forma, olvidadas 
acaso para siempre, héroes muertos que jamás exis- 
tieron, como dice Homero, han entristecido muchos de 
mis días. 

i Qué alegría, por el contrario, la de aquéllos en 
que creí salvar de la disolución algunos de esos mis 
pensamientos, gracias a su unión con humildes pala* 

[20] 



ENSAYOS 



bras recién nacidas, que imaginé inmortales, pareci- 
das a mí mismo, con mis ojos, con el calor de mi san- 
gre, hechas de mi propia sustancia espiritual y aun 
material^ aptas para ser consumidas por la llama que 
baja sobre la víctiina! 

Con esas mis economías de alma, que voy dejando 
en sus leves formas, y de las que construyo mi casa 
en la ciudad silente remotísima^ habitada por mis 
ofrendas a la Belleza, formo yo la fortuna que satis- 
face el anhelo que nos es común a los hombres todos: 
el de ser ricos, el de guardar algo, mucho gi es posi- 
ble, muchas cosas. 

Confieso que siento una especie de melancolía, cuan> 
do pienso en que estas riquezas mías, si llegaran a 
formar una fortuna, ella lo sería de cosas futuras per- 
petuamente. Belleza es cosa siempre futura, 

Y es eso lo que imprime a estos mis pensamientos, 
inspirados en mi propio libro^ su místico carácter de 
oración de la noche. Pasan a lo lejos, bajo los pórti- 
cos de desconocidas arquitecturas, las largas procesio- 
nes de orantes, mis hermanos, con estolas blancas, de- 
jando larga estela de cánticos y músicas sin sentido. . . 

¡El futuro! ¡El futuro en el tiempo! ¿No se con- 
vierte en presente y en pasado, con sólo tocarlo? 

¿Adonde nos conduce, pues, para qué existe en las 
almas fuertes esa función de reproducción espiritual 
en que hemos creído encontrar la dignidad de las le* 
tras? 

¡Eterno Presente! ¡Incomprensible y sola realidad! 
¡Misterio del resplandeciente abismo! ¿Será, por di- 
cha, la aptitud de mi cuerpo espiritual para la pose- 
sión o intuición de tu Ser, "que es y en quien son 
todos todas las cosas", ¡oh Eternidad Personal, Pre- 



£21] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



senté, Pasado y Futuro compenetrados. Perpetuo Si- 
multáneo, Amor, Misterioso Amor a tu Imagen sustan- 
cial, que animas el Universo, será reabnente la revela- 
ción de mi semejanza contigo^ de mi capacidad de po- 
seerte, de ser por Ti visitado y poseído, de participar 
de tu esencia, oh Inmenso Espíritu, Causa de las Cau- 
sas, lo que constituye la dignidad de estos mis actos 
de hombre, que, desdeñando lo que se disipa con la 
posesión, persiguen lo absoluto inmortal, y flotan, con 
mi vida, alabando tu Nombre, adorando tu Ser Uno 
y Múltiple, soñando con tu Belleza, entre dos presen- 
tes sin término y sin principio! . . . 
Así sea, , • 



[22] 



ACTIVIDADES INERTES 
I 

£5 preciso hacer las cosas aunque se hagan maZ, 
pero hacerlas. Aforismo, sentencia o lo que sea, que 
&e atribuye a Sarmiento. No sé si le pertenece efecti- 
vamente; los aforismos, en general, no tienen dueño. 
Pero sea de quien fuere, que corra. Y mientras anda 
por el mundo combatiendo ociosidades, indecisiones, 
o indolencias, hablemos de él, entre nosotros, con un 
poco de reserva, en cuanto se refiere, sobre todo, a 
las faenas del pensamiento, o cosas invisibles, ideas, 
imágenes, sugestiones, que construye el espíritu traba- 
jador. 

Convengamos, ante todo, en que ese dicho no es 
aplicable a los genios; ellos no tienen certezas deduc- 
tivas que exijan espera, sino intuitivas; no raciocinan; 
ven ; no buscan la verdad o la visión ; son arrastrados 
por ellas a la perfección. "Desde el instante en que la 
obra va a ser perfecta, dice Novalis, se hace más gran- 
de que su creador, que es el órgano inconsciente". 

El artista pertenece a la obra, en efecto; no la obra 
al artista* Cervantes no llevó a Don Quijote; era éste 
quien lo llevaba de ceca en meca, de aventura en aven* 
tura, como era Mefistófeles quien llevaba a Goethe a 
la región de las madres, y Virgilio, el Virgilio creado 
por el poeta, el que no hacía sombra, quien conducía 
a Dante, a través de los cercos infernales o purificantes 
o lumínicos» Esos hombres conducidos por el dios in« 
terior deben, pues, hacer, hacer las cosas; las harán 
siempre bien, no haya temor de que las hagan mal. 



[23] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MASTIN 



Pero esos tales no han menester consejos ni acica- 
tes; genio es fuerza y libertad en todas las potencias; 
en el entendimiento, en la memoria o fantasía, en la 
vida afectiva, y, sobre todo, en la voluntad. El genio 
no forma parte de nuestra humana compañía, ni se 
rige por sus reglamentos. ^^£1 hombre infinitamente 
caracterizado, dice el mismo Novalis, forma parte de 
un infinito". 

El aforismo que comentamos a quien menos se re- 
fiere esj pues, a los genios ; tiene en vista al común de 
los hombres, a los que, sin alas<, y aun con ellas, for- 
mamos la humana colmena. Y asi examinado el asunto, 
no se presenta tan claro* 

11 

Hacer las cosas de cualquier manera con tal de ha- 
cerlas^ es la norma de conducta de mi criado, pongo 
por caso, cuando da en el empeño de acomodarme la 
biblioteca, o la mesa de trabajo, que yo dejo a veces 
revuelta. Él kace^ indudablemente; hace de manera 
que todo quede en orden: espolvoreado, limpio* simé- 
trico: los Hbrog según au tamaño y el color de sus 
lomos: los papeles según su forma; todo queda bien, 
y él encantado de su trabajo. Las horas preciosas que 
he tenido yo que perder para volver a desordenar la 
obra realizada por ese hombre de acción, no tienen 
cuento. 

Pero entre la actividad de ese mi criado, y la de 
Cervantes o Newton o Pasteur o Santa Teresa, hay 
infinitos matices intermedios. Y son éstos los que de- 
ben hacemos estar a razón. Esos matices intermedios 
son precisamente los que constituyen los temperamen- 
tos y caracteres de la humanidad reaL 



[24] 



ENSAYOS 



Si hubiéramos de contar las cosas que han quedado 
sin hacer en este mundo por sólo haber sido hechas, 
sería el cuento de nunca acabar. Eso de hacer aunque 
se haga mal, pero hacer, combate, fueia es de duda, 
no sólo la flaqueza de voluntad o la indecisión^ que 
nos mantiene menores de edad toda la vida, pero tam- 
bién el anhelo de perfección inaccesible, que, muy a 
menudo, no es otra cosa que flaqueza, ineptitud o cul- 
tivo del accidente a expensas de la sustancia. Pero es 
preciso convenir también en que ese buen consejo, a 
pretexto de combatir la pereza de obrar, estimula la 
de pensar, y hasta la de ser. Penser est agir, se ha 
dicho, sin embargo. Y lo tengo por inconcuso: pensar 
es obran 

En el fondo del aforismo que nos incita ahora a 
pensar i3stá escondido* me parece^ si no la negación, 
el menosprecio, cuando menos, de la labor que dis- 
tingue al hombre que perfecciona el arado, del buey 
que tira de él; esa fórmula es un estímulo de la im- 
personalidad, de la mediocridad rutinaria, de la obra 
vulgar automática* sobrepuestas a toda actividad crea- 
dora. Presentada esa labor, cuya vida es el movimiento 
que le viene de afuera, como el tipo de la humana 
actividad, ello tiende a avergonzar o acobardar las 
lentas y angustiosas de los hombres de vida inma- 
nente; justifica la recompensa material, y aun el pre- 
dominio social* que es su consecuencia, de los ociosos 
del espíritu. Que no otra cosa son aquéllos que, capa- 
ces de pensar, y obligados a ello, se apresuran a obrar, 
para no trabajar precisamente^ para sacarse la obra 
de encima. 

El hombre que se suicida; el soldado que hace dis- 
paros y más disparos sin apuntar; el obrero que re- 
macha el clavo sin ver bien si está en su sitio; el ar- 



[251 



JUAN ZOHimXA DE SAN MARTIN 



quitecto que levanta cúpulas sin objeto y columnas 
que nada soportan; el médico que expide recetas, y el 
abogado que escribe alegatos sin necesidad; el maes- 
tro que^ como quien echa agua y más agua en un reci- 
piente llenOy da lecciones al niño que ya no presta 
atención ni puede prestarla; el peiiodiata que derrama 
las palabras de su artículo diario en el papel; el ora* 
dor copioso que llena de las suyas repetidas y no es- 
cuchadas el aire que bosteza; el legislador que hace 
proyecLos y más proyectos; el comentarista que hace 
libros con otros libros; el documentista que nos obliga 
a leer sus documentos sin haberlos leído él mismo o 
sin entenderlos del todo; todos esos, [y tantos más! 
practican el aforismo: hacen. Hasta los que no quieren 
pensar en el alma, ni en la eternidad, porque eso no 
es hacer t son devotos de ese evangelio del trabajo por 
antonomasia: hacen por hacer; viven por vivir, aun- 
que vivan mal, y después. . . ocurra lo que ocurra; es 
lo de menos. 

III 

No menospreciemos, sin embargo, a los honrados 

laboriosos; es preciso que el mar tenga su flujo y su 
reflujo. Que hagan, pues, en buena hora, las cosas, 
los artesanos intelectuales y manuales, calafaí^es y car- 
pinteros, presidentes, comerciantes, senadores, escrito- 
res de libros en prosa y verso^ y de diarios de gran 
circulación, informantes de academias e institutos, mé- 
dicos y cirujanos patentados, ministros, oradores, ca- 
tedráticos, arquitectos de edificios con cúpula puntia- 
guda o de forma oval, autores de proyectos de ley, de 
comedias sociológicas, y de compañías por acciones, 
y de lodo lo demás; que se saquen de delante la obra 
realizándola: les llamaremos hombres de trabajo, y Ies 



[26] 



ENSAYO S 



daremos los puestos políticos y sociales, con sus atri- 
butos y honorarios correspondientes, y también con 
el honor que les es debido. Es el flujo y el reflujo, el 
movimiento* 

Pero el hombre que siente tener algo que esperar, 
porque algo espiritual se está construyendo en él, que 
espere; que no haga; que tenga desalquilada el alma 
algún tiempo siquiera, para recibir el enviado que ha 
de venir por su intermedio a los demás hombres; que 
no se apresure demasiado a exigirle el pago del aloja- 
miento, ni siquiera en gloria; mucho menos en dinero* 
No será ministro quizá: pero será una persona. 

Claro está que hablamos del hombre qu^ tiene algo 
que esperar; no de ti^ por lo tanto, hombre fatuo, que, 
a pretexto de creerte hombre superior, llamado a gran- 
des cosas, no haces ninguna, m chica ni grande, si ya 
no es mirarle tú mismo a los ojos, como si no tuvieras 
más que ojos. No es del fondo de ellos, del amor pro- 
pio, de la propia contemplación infatuada, de donde 
salen las revelaciones. Estas son siempre una proyec* 
ción, un reflejo; nada es nuestro de lo superior a no- 
sotros mismos, a nuestra naturaleza. La invocación es 
humildad; la soberbia no invoca, no espera: se basta 
a ai misma, y, viento pasajero^ se disuelve en el viento, 
en la vanidad o vanagloria. Mejor es encontrarse con 
una osa a quien han robado sus cachorros que con un 
necio confiado en su necedad, dice el Libro de los 
Proverbios. 

Tú, hombre fatuo, no estás, pues, incluido en el nú- 
mero de los trabajadores, ni aun de los que hacen las 
cosas aunque mal, pero las hacen. Entre éstos están 
también los que tienen algo que esperar. Porque el 
trabajo, mental o muscular, neutro, sin más objeto que 
el de ganar el pan cotidiano, no sólo no es incompati* 



[27] 



JUAN ZORRJIXA DE SAN MARTIN 



ble sino que se presume en el hombre de alma dispues- 
ta a recibir la visita del arcángel La pereza, como todo 
deleite sensual, inhabilita para todo, aun para esperan 
El perezoso, el ocioso, no espera nada« El órgano que 
no se ejercita se atrofia. Esa gente *'que nunca tiene 
liempo" es, generalmente, la que menos hace» 

Santa Teresa de Jesús, la santa genial, vivía ocu- 
pada seriamente en las humildes faenas de su vida ac- 
tivísima, concentrando en ellas toda su libertad. Y en 
ellas la sorprendía la visión, más fuerte que la libertad. 
Ella seguía el consejo del apóstol Pedro a sus herma- 
nos, bien aplicable a todo el que espera algo superior 
a sí mismo. "Humillaos bajo la mano poderosa de 
Dios, para que os levante en el tiempo en que os vi- 
síte^ 

Sabemos del gran poeta profano que, para esperar la 
inspiración, concentraba sus facultades en la resolu- 
ción de problemas matemáticos. No tenía más objeto 
que el de esperar al dios interior con la lámpara en- 
cendida. Leo en Ruskin lo siguiente: ^'Cuando oigo 
hablar de un joven que ofrece promesas de llegar a 
ser un gran genio, lo primero que yo pregunto es lo 
siguientes: ¿Trabaja?" El mismo Ruskin dice que 
"todo adolescente, sea cual fuera su rango social, de- 
bería aprender un oficio manual, pues nuestras vistas 
sobre la vida son singularmente más claras y netas, 
cuando nos bemos hecho capaces de ejecutar un tra- 
bajo cualquiera con nuestras manos y brazos^'^ 

IV 

No hemos de consumir, pues, la vida, preparándo- 
nos a vivir; de eso no cabe duda. Es preciso determi- 
narse y obrar; el principio es la mitad de la obra, dice 



[28] 



ENSAYOS 



la máxima griega; quien quiera ver perfectamente 
claro antes de determinarse, ha dicho alguien, no se 

determinará jamás, y quien no acepta el arrepenti- 
miento, no acepta la vida* Pero entre la visión perfecta 
o intuitiva, y la ceguera, está la visión deductiva o 
racional; el acto humano trascendental. No hay que 
confundir la espera con la indecisión, que es el espí- 
ritu que cojea, ni mucho menos con la inercia o la 
pereza. Espera es actividad interior; el árbol en in- 
vierno está esperando; el árbol vivo, por supuesto. 

£1 maestro dbañil cree que el arquitecto que espera 
el espíritu conductor de su lápiz al encuentro de una 
línea arquitectónica entrevista, pierde su tiempo; no 
hace nada» No, no se construye sólo en el andamio; ni 
sólo en el papel se escribe; ni se ganan las batallas en 
el campo de batalla. £1 trabajo, el verdadero trabajo 
de germinación y vida es lento, invisible; queda siem- 
pre inconcluso en la obra del hombre; lo continúa la 
humanidad, sin tampoco terminarlo. Querer estar solo 
y en silencio, es, muchas veces, dar una cita a alguien 
o a algo. Aplazar la ejecución de un pensamiento es, 
en el verdadero pensador, desconocer los pensamientos 
que se presentan sin ser los esperados, despedirlos, por 
amables que sean, para que no estorben al que ha de 
venir. 

En otra ocasión, yo he hablado del proceso de trans- 
formación de la idea en palabra, largo^ angustioso mu- 
chas veces; de la distancia entre la vaga capacidad 
posible y la obra ; de cómo es en ésta, en la obra, donde 
el espíritu aprecia sus propias proporciones y capaci- 
dad. Citaba entonces a Carlyle, si mal no recuerdo. 
Ahora tengo a la vista el pensamiento de Jouberl. "Lo 
que yo pulo, dice éste, no es mi frase; es mi idea. Y 



[29] 



JUAK ZORRILLA DE SAN MARTIN 



me detengo, hasta que la gota de luz de que tengo 
necesidad está formada, y cae de la pluma"* 

Emerson expresa el mismo concepto en otra forma, 
no menos intensa. *'No son los ritmos, dice, sino el 
pensamiento, creador del ritmo, lo que constituye el 
poema, un pensamiento tan apasionado y vivo, que, 
como el espíritu de una planta o de un animal, tiene su 
arquitectura propia*\ 

Hoy se suelen inventar ritmos antes de pensar; se 
Ies construye, como las casas de alquiler, para que 
sean habitados por lad ideas que pasen. No es, pues, 
la idea el arquitecto de su propio palacio; vive en casa 
ajena; la forma rítmica no es la piel del animal for- 
mada de la propia sangre, y en la que palpita también 
el corazón, sino la comprada en casa del peletero o 
curtidor» Es más llamativa muchas veces que la viva, 
pero . ♦ . 

£1 tenuísimo Amiel es difícil de superar en la ex- 
presión humana de esos anhelos de las almas recogidas 
que no tienen prisa. 

"Ten en tu alma, dice, un lugar para el huésped que 
no esperas, y un altar para el dios desconocido. Y si 
un pájaro canta en tu follaje, no corras a domesticarlo; 
no te precipites. Y si sientes algo nuevo, pensamiento 
o sentimiento, despertarse en el fondo de tu ser^ no te 
apresures a llevar la luz ni la mirada; protege con el 
olvido el germen naciente; rodéale de paz; no acortes 
su noche; permítele crecer y formarse, y no divulgues 
tu dicha. Obra sagrada de la naturaleza, toda concep- 
ción debe envolverse en el triple velo del pudor, del 
silencio, y de la sombra". 



[30] 



ENSAYOS 



V 

Cuando^ oyendo esas palabras, que suenan como un 
toque a silencio, se nos presenta el "es preciso hacer 
las cosas aunque se hagan mal pero hacerlas", es^o 
suena a nuestro oido como el grito del carretero que 
azuza las caballerías; no es un aforismo, ni siquiera 
un pensamiento; es un latigazo. Y el latigazo no au- 
menta la fuerza del cabaUo; lo obliga sólo a recoger 
la poca que le queda, j a concentrarla en un tirón que 
!o agota. 

Esa fórmula es también la de los tiranos o carrete- 
ros de la sociedad, genios infernales, pero genios mu- 
chas veces, que se reservan el pensamiento y la volun- 
tad, y dejan a los demás, al gran rebaño, la obra, el 
hacer de cualquier manera, pero hacer. 

Ese chasquido de palabras, "es preciso hacer*', azuza 
a los mulos, pero ahuyenta a las alondras: al sabio 
enamorado de una hipótens; al poeta llamado por una 
estrella; al místico, enamorado de Dios, llevado por 
un arcángel 



DECADENCIA Y RENAOMIENTO 
I 

No soy el primero, ni seré el último, a buen seguro^ 
en advertir que iodo período de sideral florecimiento, 

en literatura y en arte, es seguido por uno de deca- 
dencia, que se prolonga hasta un nuevo renacer. Las 
obras maestras del primer periodo, fuertes y sanas, 
permanecen; las que, en el segundo, pasan por tales, 
se disipan. Notemos también que esos renacimientos o 
plenilunios se distinguen por la aparición no de una 
estrella nueva, sino de vastas constelaciones; todas las 
artes avivan sus luces, como si se sumergieran en un 
gas vivificante. 

La causa principal de lodo eso me parece percepti- 
ble. Al revés de lo que ocurre en la ciencia experímen- 
talj que adelanta por acumulación o acrecimiento, en 
arte, en el universal, que es poesía, no se progresa, 
mal que pese a nuestra impaciencia. Es el esfuerzo 
violen o por superar las obras maestras o geniales, 
precisamente, lo que determina el fenómeno de la de- 
generación en los frutos del humano ingenio» 

Bien es verdad que los períodos de producciones 
decadentes son inmediatamente precedidos, en general, 
de uno de imitaciones rutinarias e impersonales, y 
provocados por éstas; pero no es razón nos detenga- 
mos en ellas, si ya no es para atribuirles la culpa que 
les corresponde en la aparición de aquéllos. No debe- 
mos confundir la vaciedad o nulidad de las obras de 
imitación rutinaria, que son hijas de nadie^ con los 



[S2] 



ENSAYOS 



extravíos de Isb de decadencia propiamente^ que^ cuan- 
do menos, son hijas de algo^ de solar conocido. 

Los rulinarios imitadores de las obras consagradas 
reproducen sólo sus formas o figuras^ y hacen a éstas 
de tal suerte inanimadas, afónicas, incoloras, antipáti- 
cas, que la necesidad de hacer o decir otra cosa, sea 
o no la expresión de una idea, se impone a la dignidad 
literaria o artística, como parece imponerse la de dar 
gritos en un silencio impuesto por quien no tiene ra- 
zón ni derecho. Es eso, o mucho me equívoco, lo que 
caracteriza la decadencia propiamente dicha: los gri- 
tos desacompasados; el desdén hacia las obras maes* 
tras verdaderas, en odio a sus huecas imitaciones: la 
extravagancia* 

II 

Pero ahí esté el error; en confundir una cosa con 
otra; los defectos o deficiencias de las grandes obras, 
con la vaciedad de las pequeñas rutinarias que las 

imitan. 

Las grandes obras humanas son grandes sin dejar 
de ser humanas, es decár» limitadas, imperfectas. 

La tristeza o decepción que, según exacta observa- 
ción de alguno, sube de las nobles creaciones litera- 
rias o artísticas, cuando uno las ve tan inferiores a lo 
que de ellas esperaba, debe inspirarnos reflexiones me- 
lancólicas, pero no orgullosas ni irritadas, sobre la im- 
potencia del hombre para verse a sí mismo, y formarse 
conciencia de la grandeza y dignidad de su propio 
espíritu. 

Son muchos los que, en las obras geniales, no ven 
otra cosa que la mínima porción de sustancia espiri- 
tual que pudo entrar en su frágil envoltura de lineas 
o colores o sonidos; muchos los que no advierten la 

[33] 



JtJAN ZORRILLA DS SAN MABTIN 



enozTne cantidad que queda fuera del molde, y flota en 
tomo de lo que de é) se ha sacado, como un nimbo 
SuHlísimo. 

Y es en éste, sin embargo, en ese nimbo, donde eatá 
la diferencia enlre la obra de arte y el simple arte- 
facto. Ese sustancial resplandor es la forma intangible, 
la cósa existente sin la materia de que está hecha, 
aunque sea material^ la sustancia eterna. Lo bello, lo 
sublime, sobre todo, en la obra de arle, no está en ella ; 
lo que no está escrito es el poema; lo no modelado 
es la estatua* 

En nadie puede ser mayor aquella tristeza o decep- 
ción de que hablamos que en el mismo artista, cuando, 
en presencia de la criatura a que ha dado cuerpo, poe- 
ma, estatua, síntesis histórica, sinfonía, piensa en lo 
que se imaginó poder hacer con las palabras, o las 
líneafl. o las vibraciones, Y nadie está en mayor peligro 
de decadencia que el propio artista, si, en vez de hu- 
millarse, se rebela contra su obra, o intenta superarse 
a sí mismo con angustioso esfuerzo. 

El artista es el hombre por excelencia; no un super- 
hombre o fragmento de un astro lejano. La expresión 
del rostro o del cuerpo humanos tiene un límite, des- 
pués del cual viene la mueca o la contorsión dolorosa. 
La combustión del alma, sometida al fuego de la inspi- 
ración^ (yo creo que ese fuego existe ^ tiene un máxi* 
mum de intensidad luminosa, después del cual da humo. 

El alma, dice Emerson, es superior a lo que de ella 
puede saberse, y más grande que ninguna de sus obras. 
El gran poeta nos hace sentir nuestro propio valor, y 
entonces estimamos en menos lo que él ha realizado , . , 

Shakespeare nos arrebata en una corriente tan su- 
blime de actividad inteligente, que nos sugiere la idea 
de una riqueza al lado de la cual la suya parece pobre. 



[34] 



ENSAYOS 



Es esa sugestión de la obra genial, tan hondamente 
advertida en ese penetrante comentario» la que deter- 
mina las decadencias literarias o artisticas, cuando ella 
mueve espíritus que no son magnánimos, sin despertar 
en ellos otra cosa que el desdén orgulloso. Es clásico^ 
entre muchos otros, el caso de aquel Avellaneda que se 
propone hacer un Quijote bueno del mamarracho, tan 
lleno de defectos^ que compuso Miguel de Cervantes, 
el manco. Los lectores de Santa Teresa de Jesús pue- 
den contarse con los dedos. 

Como el anatomista o fisiólogo sin visión ni poten- 
cia metafísica, que no sabe de más sustancia que la 
tocada con los instrumentos de disección, los fisiólogos 
literarios, o artísticos, personajes reinantes en los pe- 
ríodos decadentes, no ven en la obra genial más belleza 
que la que se toca, palabra, ritmo, dibujo, color, pro- 
porciones; atribuyen, por ende, a las deficiencias for- 
males de la obra, y no a la grandeza del alma humana, 
insoluble en las formas* superior a todas las presentes 
y futuras, forma sustancial ella misma, el no ver sa- 
lisíecho, en las consagradas, el ignoto anhelo que ellas 
le han despertado. 

III 

Esos de que hablamos, períodos amorfos, que pre- 
ceden y provocan las decadencias literarias, suelen 
señalarse por el uso correcto^ pero rutmario^ de la 
lengua. Y es muy propio de los decadentes el achacar 
a ésta, a la lengua. la vulgaridad de la obra. Nace en- 
tonces el prurito de sustituirla por otra cosa, que no 
es propiamente otra lengua, sino una nomenclatura de 
idiomas ajenos, mezclados a los residuos del propio 
ignorado; se recurre al empleo de vocablos de acep- 
ción falsa o impredsa^ al desdén, en una palabra, de 



[35] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



todo dibujo, sustituido por la mancha movible de co- 
lor. La vaciedad entonces de la obra literaria, como 
la de la pictórica^ es la de la nube que vive disipán- 
dose, que no vi\'e. 

¡La lengua! ¿Podría alguien afirmar que ha sospe- 
chado* cuantimás agotado, los tesoros de la que es re- 
ciproca influencia entre su alma y su cuerpo vibrante? 

También en ellas, en las lenguas formadas, como en 
las obras geniales, hay algo más de lo que está al al- 
cance del análisis material; ellas son el producto del 
genio de un pueblo, el genio mismo, si se quiere. 

Jamás forma artística literaria persistirá más allá 
del primer deshielo, mientras no tenga, como materia 
prima noble, el bloque sin grietas de una de las len- 
guas humanas, que^ como los e tratos graníticos de la 
tierra, son lo que permanece entre los aluviones y los 
légamos movedizos: vocabularios transitorios^ locucio- 
nes de corrillo, modismos que se juzgan regionales y 
son sólo personales, efímeros, sin razón alguna que Ies 
prometa alguna permanencia, ininteligibles a la si- 
guiente generación. Una palabra tarda más que una 
piedra en solidificarse, no nos quepa duda. 

Los bienintencionados novadores se dan a la em- 
presa, que les parece hacedera, de satisfacer su anhelo 
con el descubrimiento de nuevos reactivos, que disuel- 
van toda el alma en una forma: procedimientos de 
ejecución, palabras* colores, líneas, ritmos, distribu- 
ciones métricas inauditas, imágenes o curvaturas peli- 
grosísimas. En ese empeño de acabar de llenar el mar 
o de iluminar la luz, no se piensa tanto en lo que se 
ha de decir o hacer, cuanto en cómo ha de decirse una 
cosa nueva. Si bajan a la excesiva precisión de los 
detalles, no echan de ver que la realidad que pretenden 



[36] 



ENS AYO S 



encontrar por ese medio arrebata a la ohra su univer- 
salidad: el detalle es local, transitorio, fugaz; ese rea- 
lismo es un provincialismo o cosa así; tiene algo de las 
celebridades de pueblo o aldea^ que hacen sonreír a 
los viajeros que, al detenerse el tren en una estación, 
presencian la recepción clamorosa de aquéllos. La hu- 
manidad es un viajero que no puede recargar dema- 
siado su equipaje; recoge sólo y guarda algunos re- 
cuerdos de aquí y de allá: los objetos muy propios de 
la región, aunque sean chucherías o abalorios. ¡Los 
abalorios inmortales! 

Si, por el contrario, esos artificiosos obreros tientan 
la satisfacción del angustiado anhelo de novedad re- 
curriendo a las abstracciones o diluciones simbólicas 
pierden todo contacto con los sentidos de los demás, 
y la obra de arte^ obra sensible ante todo, se disipa. 

IV 

Ninguno de esos extravíos es más de deplorar que 
el primero, si no me equivoco: el de la deformación 
de la lengua, cosa sagrada^ según el Libro de los Pro< 
verbios. 

Una lengua es el instrumento de tubos innumerables 
brotados de las entrañas de un pueblo, y en que éste 
exhala por siglos el aliento de su vida. Hay, en esos 
órganos colosales^ tubos o flautas en los que aún no 
ha penetrado el soplo vital. Como los retoños de un 
cañaveral sonante, esos tubos proceden de la propia 
sustancia del idioma, y de su fuerza de asimilacióu 
congénita. Brotan los nuevos al lado de los antiguos; 
pero reproducidos según su especie, alimentados por 
la tierra y la lluvia; continúan todos ellos la sinfonía 



[37] 



JUAN ZOBRIIXA DE SAN BfiARTIN 



de viento de humanidad, presente y futura, que ha 
pasado y sigue pasando por sus largos tallos musicales. 

No hay más reformadores de las lenguas que las 
lenguas mismas: ellas crecen con el pensamiento de 
los hombres que las hablan^ o se secan con é\; crecen 
por su propia virtud; se reproducen de la propia san- 
gre; se reforman viviendo, es decir, persistiendo. Las 
lenguas persisten en su sintaxis, que es su alma; se 
renuevan en su vocabulario, que es su cuerpo. La ex- 
tinción de una lengua coincide con la de una nación; 
la plenitud de su pureza y esplendor con la del alma 
del pueblo o de la estirpe. 

Aquél sólo será artista de la palabra, que, invocando 
con recogimiento el genio de la lengua propia, reciba 
la visita de su espíritu, y se sienta poseído por él. Una 
lengua es una fe, el solo principio de acción* No la 
conducimos; es ella la que nos conduce, y alumbra el 
camino; dudar de ella es andar en tinieblas, a lientas. 

Yo invoco el genio de la mía, el de ésta en que estoy 
hablando, fuerte y armoniosa lengua castellana, lira 
de infinitas cuerdas, afinada al ritmo de mis arterías; 
bloque de mármol inagotable, siempre presente a mi 
deseo de invioladas formas. La gola revelación de sus 
tesoros entrevistos es visión de belleza en mí, promesa 
de originalidad en mi raza, en mi verbo. Ella, mi ina- 
gotable lengua secular española, es sustancia en sí mis- 
ma, no accidente; miembro separado de su cuerpo 
será mi palabra, mientras no se sienta en ella el calor 
de la vida milenaria de que mi pensamiento es una 
parte; nota fuera de la cromática escala que cruza 
el tiempo y el espacio ... y más allá. 

Incorporado, en cambio, al grande acorde, parece 
recogerlo todo entero; todo él vibra en mi verbo; mi 
estirpe piensa en mí^ la del pasado y la del futuro; la 



ENSAYO S 



grande ola del mar sin playas pasa rodando por mi 
espíritu, y, acrecida con mi vida, sigue hacia los le^ 
motos horizontes. 

V 

Acaso hemos dado con el por qué lab épocas de gran 
florecimiento artístico y literario, sin contar las de 
divina barbarie, lo han sido casi siempre de restaura- 
ción o renacimiento; reaparición, en medio a imita- 
ciones afónicas y rebeliones desafinadas, de la since- 
ridad expresiva, lo sólo original; pasos inconscientes 
hacia las obras maestras naturales en primer término, 
y hacia la naturaleza misma por fin. 

Los geólogos que, en el estudio de los estratos o 
visceras momificadas de la tierra, han creído poder 
leer una biblia más bella y períecta que la otra, la 
sencilla dictada por Dios, se han encontrado con ver- 
sículos de Moisés^ el pastor israelita, escritos en el 
fondo de los pozos artesianos, versículos de la Biblia. 
Los artistas y poetas^ después de darse a buscar belle* 
zas fuera del espíritu de belleza, que es proximidad 
de Dios en sus criaturas y sinceridad del hombre en 
adoración; cuando creen haber dado con lo inaudito, 
a fuerza de revolver y exprimir y quintaesenciar las 
formas, se encuentran con que, del fondo de todas 
ellas; les sale al encuentro sonriente lo incontaminado 
inmortal: la noble cabeza de Palas, el verso de Ho- 
mero o Dante, la línea quieta del Parthenón, el hom- 
bre de Shakespeare, el ángel rosado de Fra Angélico, 
la ingenua frase de Santa Teresa. 

No las viejas obras en si mismas, pero la blancura 
o claridad que emana de sus gloriosos cuerpos puri- 
fica entonces el aire, y restituye las almas a su am- 

139] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



biente natural. El día parece siempre nuevo por la 
mañana, Y los nuevos días, en el arte como eii la na- 
turaleza, no son otra cosa que la reaparición de los 
antiguos: la simple salida del sol. ¿Y qué otra cosa 
han de ser? 

Al influjo entonces de las mañanas saludables y de 
las tardes largas, los trabajadores sanoa y fuertes re- 
comienzan la labor interminable de la vida psíquica; 
cavan el propio corazón; esperan, y dejan que caiga 
en él, y arraigue, la simiente que le es propia: la ori- 
ginalidad intrínseca o inmanente, que es clara, comu- 
nicativa, de buena fe, no buscada. Y en el silencio 
de las noches azules, propicias a las visiones recon- 
fortan sin remordimiento la conciencia en la serena 
contemplación de las constelaciones innumerables, en 
que cada estrella tiene un solo camino. Y el anhelo, 
no de apagarlas, sino de incorporarse a su armoniosa 
procesión, es el que enciende los astros nuevos, los que 
vibran^ con cadencia y número, en el acorde univer- 
sal; pedazos de barro capaces de refractar la luz de la 
divina estrella remota en que la esfinge habita, y de la 
que bajan a la tierra los silencios, los misterios lumi- 
nosos, los confidentes del secreto de nuestra vida. 



140] 



LO BELLO EN LA MUSICA 
I 

Debo, ante todo, una confesión a los jóvenes que 
han escuchado y escuchan las lecciones de Teoría del 
Arte que, de algunos años atrás, dicto en la simpática 
Facultad de Arquitectura de Montevideo. 

En ellas he dicho yo a mis discípulos, alguna que 
otra vez, cosas que hubiera deseado conservar aún 
para mí mismo* y que ellos no han guardado quizás; 
que se han ido acaso para siempre* ¡Es tan efímera 
la palabra, y tan pasajera, aun para el mismo que la 
emite! Alguien ha dicho que un libro sabe más que su 
autor« No deja de haber alguna verdad en eso. . , ¡Si 
uno supiera todo lo que ha sabido! Hay cosas, sin em- 
bargo, que se saben sin tener conciencia de ello, cono- 
cimientos recónditos, que se presentan, llamados por 
otros, en su oportunidad, como aparece^ al conLacto 
de un reactivo, lo escrito con tinta simpática, con jugo 
de limón, con un ácido cualquiera. 

Como es natural, yo he comenzado, casi siempre, 
mi pequeño curso sintético, con la exposición de mi 
concepto de Arte, en el que yo creo ver, la retdizacíón 
de la b^Ueza ideal por medio de formas o signos sen^ 
sibles,,. o cosa parecida- Que yo no pretendo defi- 
nir nada, por supuesto. 

Pues bien; confieso qoe muchas veces me he que- 
dado con algún remordimiento, si así puede llamarse, 
después de dar esa lección preliminar y básica. He 
pensado en que mal podía yo enseñar lo que yo mismo 



[41] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MABTIN 



no sé con certeza. Yo no sé, a ciencia cierta, lo que es 
belleza, o poesía^ o como se llame; no sé lo que es 
arte, por consiguiente^ bajo el aspecto en que yo lo he 
presentado a mis discípulos» con el objeto casi exclu- 
sivo de mi curso: despertar en el arquitecto el buen 
gusto, cosa también dificil de definir, la verdad sea 
dicha* 

Kl arte es aleo de eso, sin embargo: reali$!;i^ción de 
belleza por medio de formas o signos sensibles, tras- 
misores de la vida, de la afectiva o pasional especial- 
mente, de un alma corporal a otra. De ahí que las 
artes se clasifiquen o dividan generalmente, como sa- 
bemos, según los sentidos a que afectan: pintura, es- 
cultura o arquitectura^ la que expresa o sugiere lo 
bello por medio del color, de la línea, de la forma; 
música la que lo realiza por medio del sonido. Es de 
advertir que yo incluyo, entre los sonidos que son 
materia de la música, la misma palabra humana, sea 
que agrupe sus sílabas sonoras en períodos simétricos, 
que suelen llamarse versos, sea que lo haga en asimé- 
tricos o prosa. El ritmo, la música, son tan necesarios 
en uno como en otro caso, si hemos de hacer entrar 
la palabra en la esfera del arte: arte literario. Pero, 
con ser ambos musicales, alguna diferencia ha de ha* 
ber entre una y otra cosa, prosa y verso. Si no, ¿a 
qué conservar esa nomenclatura? Muy de estudiar es 
el asunto, en estos momentos sobre todo, en que las 
innovaciones arbitrarias de los accidentes métricos 
pueden hacer peligrar la misma sustancia musical de 
la idea poética. 

Todo esto es elemental, y hasta ingenuo quizá; pero 
es muy ocasionado a encauzar o metodizar la inicia- 
ción del discípulo en la ciencia de lo bello, y más to* 
davía, a proporcionar al maestro la coyuntura de plan- 



[423 



ENSAYOS 



tear y desarrollar, con buen método, interesantes pro- 
blemas filosóficos sobre las facultades y operaciones 
del alma y sus misterio s> que son materia de la esté- 
tica: sensibilidad interna o exlerna, sensaciones, me- 
moria, imaginación, fantasía, ensueños, vida afectiva, 
pasión, todos los elementos primarios constructivos de 
la creación artística. 

Por ese camino se penetra en esas profundidades 
afectivas del alma que nos hace entrever Novalis, cuan- 
do nos dice que "un verdadero amor por un objeto 
inanimado es perfectamente admisible^ lo mismo que 
hacia las plantas, los animales, la naturaleza, y aun 
hacia nosotros mismos- Cuando un hombre posee un 
verdadero tú interior, dice, da como resultado un co- 
mercio muy espiritual y muy material, y la pasión más 
ardiente es posible. Puede ser que el genio no sea otra 
cosa que el resultado de un plural interior semejante. 
Los secretos de ese comercio, son muy oscuros todd- 
vía'\ 

Otro problema que nos sale aquí al paso cuando 
estudiamos : el de si los sentidos de la vista y del oído 
son, como se cree generalmente, los solos capaces de 
recibir la impresión de belleza^, o si también los otros, 
olor, gusto, tacto, han de considerarse sujetos de ese 
honor. Problema es también ése de mucho interés, no 
cabe duda, de grandísimo interés. Si buscamos su so- 
lución, la hallaremos o no; pero daremos con muchos 
puntos nuevos de interrogación: el alma del bruto, que 
no ve la belleza de la fruta que come, ni la de la hem- 
bra que posee; el alma de la planta, y aun la de las 
cosas, lacrimes rerum^ que forma la fecunda armonía 
del universo, sólo perceptible para el hombre entre los 
animales» Y nos acercaremos a la conclusión de que el 
placer estético es muy distinto de los que estimulan o 



JUAN ZORRIIXA DE SAN MARTIN 



satisfacen las necesidades que conservan y desarrollan 
el individuo y la especie, lo mismo en el hombre que 
en el biuto, y que parecen más propios de unos senti- 
dos que de otros; más del oído y la vista que del 
guslo o del tacto o del olfato. Aceptamos aquí, por 
supuesto que son sólo cinco, (lo que no está del todo 
averiguado) los sentidos o medios de comunicación 
del hombre con el universo: de articular el yo con la 
eterna creación, con el no yo^ que no es el tú de No- 
valis. 

II 

Hay otros conceptos de arte que, menos abstractos, 
se dijeran más perceptibles. Me dicen que, en griego, 
el vocablo arte quiere decir media. Yo, que no co- 
nozco el griego, desgraciadamente, he de aceptar en 
eso la autoridad. Medio de vida para el cuerpo son 
las artes que llamamos útiles o industriales; medio de 
vida para el alma, para ciertas facultades del alma, las 
artes llamadas bellas o liberales las que dan mayor li- 
bertad al pensamiento, en contraposición a la ciencia., 
y que serán tanto más puras manto más concentradas 
en ese objeto, cuanto menos alimenten el cuerpo. Es- 
tarán en su plenitud, por lo tanto, cuando el hombre 
lo esté en la suya, cuando sea un cuerpo sin sentidos 
o con otros distintos de los actuales; un espíritu cor- 
poral le llamaremos, si os parece, o un cuerpo espiri- 
tualizado, resucitado» Percibir eso es menos difícil de 
lo que parece; no es tan abstruso. Nuestras casi resu- 
rrecciones son experimentales. 

La intuición o posesión de la Belleza sustancial, 
eterna, supremo objeto de la vida afectiva, sería enton- 
ces la sola función de ese sutilísimo organismo. Vere- 
mos cómo es la música, entre las artes, la que más a 



[44] 



ENSAYOS 



eso se acerca. Y llegaremos insensiblemente, como se 
llega siempre que se piensa con seriedad, a lo inde- 
mostrable, a la adoración. 

En ese sentido bien podemos ver, con los griegos^ 
en el arte un medio, una fuerza de ascensión si se 
quiere, ilimitada. 

Entretanto, convengamos en que el goce del arte es 
el deleite superior, el de los privilegiados; una especie 
de misticismo o santidad, como le llama el mismo No- 
valis, casi inconcebible mientras el cuerpo material re- 
clame satisfacción. 

Tanto o más aún que el que ejecuta la obra^ puede 
ser artista el que la siente. Carlyle llega a creer que la 
imaginación que se estremece con la lectura del In* 
fiemo de Dante es una facultad igual a la de Dante, 
salvo la intensidad. Pero, sobre todo, sentimos, al 
pensar en esto, cómo el arte supremo^ la intuición de 
la Belleza sustancial, está sólo en la conjunción de la 
nota musical de cada hombre con la eterna armonía, 
o su inmersión en ella, en la unidad primordial o fe* 
licidad. 

Claro está que^ al hablar de arte, lo mismo aquí que 
en mi Facultad de Arquitectura, hablo yo de las bellas, 
de las hechas para ta contemplación ; de las que llenan 

esa necesidad de lo superfino o innecesario, que es 
privativa del hombre entre los animales; de las que 
satisfacen esos deseos no ligados a la conservación del 
individuo corporal o de la especie, que el bruto no 
tiene, y dan empleo a las energías afectivas que nos 
sobran, después de sentir la vida real, como lo da el 
juego a las físicas, y aun a las puramente intelectivas 
o cognoscitivas. 

No es ése el concepto de arte que tienen otros. Los 
hay que ven en él sólo ^la actividad humana por la 



[45] 




JUAN ZORRÜXA DE SAN MARTIN 



cual una persona puede, por medio de si<rnos exterio- 
res> comunicar a otrag las sensaciones y sentimientos 
que ella misma ha experimentado". Ese concepto, más 
que el arte define al artista; pero al ver en éste un 
simple trasmisor de sus propios sentimientos, y hasta 
de sus propiag sensaciones, sean cuales fueren; al pres- 
cindir de la noción de Belleza o Poesía, que es lo 
mismo, funde en un solo concepto las artes útiles y las 
bellas, da a todas la misión de satisfacer o estimular 
necesidades, y no la de crearlas superiores. Esta es, 
sin embargo, la verdadera misión del artista, si alguna 
tiene: no satisfacer deseos sino crearlos; levantar la 
mira o el objeto de las actividades anímicas del hom- 
bre; revelarle la existencia de placeres o deleites que 
le son propios^ que lo distinguen y no están al alcance 
del bruto, inaccesible a ellos» Y eso no se consigue 
con la simple exposición de las sensaciones humanas, 
tan fáciles de tragmitir, ni aun de los comunes senti- 
mientosi Que no siempre la simple exposición de éstos 
despierta las altas facultades; no provoca siempre esa 
contemplación desinteresada o quietud inmanente, aje- 
na a toda utilidad del individuo o de la especie, que 
es el deleite estético o placer del arte. Éste, al realizar 
belleza, da placer al hombre, no cabe duda; bello es 
lo que nos place, dice Santo Tomás. Pero ese deleite, 
efecto en el organismo humano de la belleza ideal he* 
cha sensible, es de un orden en tal manera ajeno y 
superior a lo que se Hama vulgarmente placer, que 
bien sería dar con otro término, si él existe^ para ex- 
presar esa idea, que es exacta en el fondo. 

liega a entreverse, al revolver estos sonoros pensa- 
mientos, la existencia de sentidos que no son ninguno 
de los que nos ponen en actual relación con el universo 
que nos envuelve, y que son» sin embargo, verdaderos 



[46J 



' BNS'AlroS 



sentidos* Les llamaremos, si os parece, sentidos espi- 
rituales, órganos de relación del hombre con otros 

universos, que se revelarán a nuestra conciencia cuan* 
do el universo infinito, la unidad de la creación mis- 
teriosa, sea el objeto externo y directo de nuestra ac- 
tividad sensible. 

Pero mientras eso no sobrevenga, la idea de placer 
está tan vinculada a la de vida material, que "placer 
y belleza'' parecen términos que se excluyen, y el puro 
deleite estético, cosa que no se concibe. 

Más preciso, sin dejar de ser indefinible, aparece 
ese concepto, si a la idea de placer unimos la natural- 
mente contrapuesta de dolor. Percibimos con claridad 
el dolor físico, podemos analizarlo fisiológicamente, 
como el placer del mismo género, aunque con menos 
precisión. Nos damos cuenta también de la existencia 
del dolor moral, contrapuesto al bienestar del espíritu. 
Los dolores morales enflaquecen el cuerpo, y hasta lo 
matan. Existe la psicoterapia o curación del cuerpo 
por el alma, como nota característica del hombre en- 
tre todos los animales^ inaccesibles a tal tratamiento; 
eDos no saben de consuelo. El hombre mismo lo es 
según su naturaleza* El salvaje se hace casi insensible 
al mismo dolor físico, mientras las naturalezas supe- 
riores sufren de lo más mínimo, y hasta mueren. 

¿Pero concebimos un dolor estético^ que nos haga 
más perceptible el placer del mismo género? ¿Podemos 
llamar dolor al efecto en nuestro organismo de lo feo? 
¿Nos duelen los ojos o los oídos heridos por el desen- 
tono de los colores o de las vibraciones sonoras, sea 
en la naturaleza o en la obra pictórica o musical? 

El placer, pues, de la belleza o poesía es de otra 
región. Los fisiólogos intentan estudiar el fenómeno; 
pero sólo los poetas son en esto maestros dignos de fe. 



[47] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Teme equivocarte en poesía cuando no pienses como 
los poetas, dice Joubert, y en religión cuando no 
pienses como los santoa. 

Pensar con ellos j con loa artistas, con los poetas, 
que es lo mismo, y aun con los santos, poetas por ex- 
celencia, es el solo medio de acercarnos al misterio de 
lo bello, o placer de las facultades sensitivas superio* 
res, imaginación, fantasía, vida afectiva, sobre todo. 
Ese placer o efecto de lo bello, es una especie de ale* 
gría serena del yo trascendental o espectante que lle- 
vamos en nosotros, del tú de Novalis; es quietud, se- 
renidad, bienestar, inmersión en la unidad primordial 
y misteriosa. Uno se acerca, por este camino, a sospe* 
char el arrobamiento de los santos, de los místicos, 
imposible de percibir para quien, fuera del alcance 
de los sentidos, no concibe sino el vacio, la nada, como 
realidad objetiva. 

III 

Pero si la noción abstracta de Belleza, como origen 
de las artes, es un misterio^ en nada parece ser este 
más impenetrable que en lo bello musicaL 

¿En qué consiste la belleza de los sonidos o en los 

sonidos, para los que creemos en algo más que en los 
fenómenos que son del resorte de la física o de la ma- 
temática, relacionados también^ no cabe duda, con el 
secreto de la música? 

Las artes, en general, la pintura, la escultura, la ar- 
quitectura, la literatura misma, son signos de relación; 
nos llevan fuera de sí mismos: a la vida de la natura- 
leza, a la intelectual, a la imaginativa, o afectiva de 
los hombres^ Las artes ópticas, pintura, escultura, etc.. 
son una espiritualización de la materia; la revelación 



[48] 



ENSAYOS 



de lo invisible que hay en ella; el alma de las cosas. 
La literatura, dice Fichte, es tina constante revelación 
de lo infinito en la carne. 

Pero^ ¿y la música? ¿Qué dice el arte del sonido 
que no es palabra? ¿Qué representa? ¿Adonde nos 
conduce? ¿En qué consiste su belleza, si no podemos 
apreciar si está o no en justa relación con un objeto, 
cuyo espíritu debiera revelarnos para ser arte? 

He ahí un signo que nada señala^ efectivamente; sin 
conexión, al parecer» con nada que no sea su propio 

yo- . ^ 

La música, ai bien se mira, toma las vibraciones 
sonoras de la naturaleza, pero no hace de ellas otra 
cosa; las ajusta al orden, a la proporción, al ritmo; 
pero no crea con ellas una forma. La obra musical es 
una arquitectura, la habitación de un espíritu que vive 
en el sonido; pero que no es el sonido. Sus materiales 
de construcción proceden de las canteras intangibles: 
el viento lleno de voces, los ruidos del bosque y del 
mar, la vibración de la vida orgánica, la voz del hom- 
bre o la del pájaro, o la de los élitros del insecto, o la 
de las fauces del león, o los golpes de la lluvia o de 
los martillos ; recoge todo eso en cuerdas, en tubos so* 
noros de metal o de madera» Pero, al recoger los ruidos 
del mar^ llega hasta la fuente en que el mar los toma, 
va más allá del man Este, más que imitado, es imita- 
dor de la grande creación musical, que ha existido 
antea que él, antes que las aguas. £n el principio era 
el Verbo; por Él fueron hechas todas las cosas, 
las visibles y las invisibles: los mares y sus "ruidos 
innumerables", como dice Homero. 

El arquitecto toma las piedras de la montaña, y, gra- 
cias a la forma material, a la proporción^ al ritmo, 
hace algo máa grande que la montaña. El músico en* 

[49] 

4 



JUAN ZOHRILXiA DE SAN MARTIN 



seña a los sonidos a ordenarse, a conglomerarse y fe* 
cunearse, a fundirse con la infinita vibración; no da 
forma a nada; no dibuja, porque el contorno o límite 
no existen en el sonido, que xio es una cosa.*, y es 
algo, ún embargo. 

¿No es entonces un arte el que llamamos arte musi- 
cal? ;,Eg un deleite animal, araso? 

El hecho es que la música hace aullar como la na- 
turaleza a los perros, que se quedan impasibles ante 
las pinturas, las estatuas, las líneas arquitectónicas; su 
influencia fisiológica se dijera, pues,, más real que la 
de la luz, madre del color y del contomo. Se le con- 
sidera, sin embargo, la más espiritual de las artes. 

Y no sin causa. El arte, todo el arte, es siempre algo 
de musical. Si bien lo examinamos, ni es exacto que 
las artes ópticas vivan sólo como reproducción de algo 
ajeno a ellas mismas, ni es del todo verdad que la 
música carezca por completo de aquella relación. 

Si suprimimos el asunto de un cuadro, figuras hu- 
manaSy árboles^ cielos, mares, nos encontramos sólo 
con una superficie manchada de colores varios; no es 
una obra de arte pictórico propiamente; nada repre- 
senta. Si nos imaginamos un conjunto de palabras sin 
sentido, no reconoceremos en él una obra de arte lite- 
rario: nada dice. 

Pero no puede negarse que, aunque no Damemos 
pintura ni literatura a esos fenómenos ópticos o acús- 
ticos, el juego de colores puede ser hermoso o feo. y 
grato o desapacible el de sonidos articulados o pala- 
bras. Hay, por ende, arte del color y arte de la pala- 
bra, sin relación con las formas de la naturaleza, ni 
con el pensamiento humano; sinfonías de colores o 
de sonidos articulados que se funden en la infinita 
transparencia, en el azul primario. Dibujar no es né- 



[50] 



ENSAYOS 



cesariamente trazar rayas, que no existen en la realidad 
visible; es colocar en su sitio, en su verdadero sitio, 
determinado o no por la línea, luces y sombras, colo- 
res y inedias tintas; los tonos musicales de los ojos. 

Todos sabemos que hay o no lo que llamamos buen 
gusto en la simple elección de los colores y sus com- 
binaciones; pero nada más eficaz para sugerirnos el 
concepto de ese sentido de color en absoluto, de las 
armonías cromáticas^ que el mirar la paleta recién 
abandonada por un grande artista, y compararla con 
la de un mal pintor. Sentiremos en aquélla la palpita- 
ción de una vida que no hay en la otra, la vibración 
del espíritu que flotó sobre las sustancias polícromas, 
en el que está toda la idea, la "predisposición musí- 
cal" que invade el espíritu creador, antes que aparezca 
el pensamiento concreto, según el decir de Schiller. 

Y de eso procede el deleite especial que nos produce 
el primer esbozo de wi gran cuadro^ la mancha de 
color difusa, sin dibujo preciso, y que preferimos, sin 
embargo, y con razón, al cuadro mismo de que fue 
origen, y en el que la obra perdió, en armonía absolu- 
ta, tanto cuanto ganó en significado o expresión defi- 
nida. No ha de confundirse, sin embargo, esa mancha 
de color, que tiene su dibujo interno^ invisible, espi- 
ritual, con la del que no ve en sí mismo otra cosa 
que colores, 

£1 juego de palabras sin sentido articuladas por un 
hombre, podrá no ser arte literario: pero bien distin- 
guirenaos el conjunto armonioso del que no lo es, y 
mucho más si sabemos que aquellos sonidos son pala- 
bras de un idioma que no entendemos. No tienen tema 
o asunto determinado para nosotros; no son signos 
convencionales de cosas o ideas o imágenes o afectos* 



[51] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Y son, sin embaí go, belleza o fealdad, armonía o di- 
sonancia. 

IV 

Guardémonos mucho de decir por eso que el arte 
de la palabra puede refundirse en el del sonido, y ser 
sólo una música del articulado. Tomar la palabra en 
su simple valor eufónico o musical, y hacerlo predo- 
minar como elemento de belleza, es una de las más 
peligrosas decadencias del arte literario; éste deja de 
ser literatura en ese caso, sin llegar a ser música, como 
deja de ser escultura, sin llegar a ser pintura, la que-, 
renunciando a su propia realidad, quiere ser ilusión, 
distancia^ luz difusa, color. 

El arte musical busca los medios de producir sono- 
ridades, como el pictórico luminosidad, valiéndose del 
contraste: usando del silencio en el tiempo, como el 
pictórico de la sombra en el espacio. La obra de arte 
es una reducción o concentración de la naturaleza. Un 
sonido débil puede resultar poderoso por su coloca- 
ción en el acó j de, como, según su posición en la man- 
cha cromática, puede ser luminosa una nota baja de 
color. También tiene algo de eso, no cabe duda, el arte 
soberano, el de las letras; mientras los verbos reso- 
nantes en sí mismos resultan afónicos, sordos, apaga- 
dos, una palabra incolora, un verbo inocuo, un adje- 
tivo vulgar, llena a veces de luz armoniosa una frase 
o la hace temblar, como un instrumento, según el ins- 
tante en que suena. La facultad de hacer vibrar &si 
las palabras es el arte literario. 

Pero la palabra humana es un sonido que ocupa un 
sitio aparte, y muy superior, entre todos los del uni- 
verso que el arte musical modela; es sonido vivo, sus- 
tancia espiritual, cosa divina. El hombre se ha llamado 



ENSAYOS 



a SÍ mismo palabra encarnada. Imaginemos un trozo 
de arcilla plástica con calor anímico, carne viva, en 
manos del escultor, o algunos tubos de color también 
vivo, como sangre, en las del pintón La obra de esos 
artistas tendría la fuerza y la nobleza de la del poeta 
o la del orador, poeta por excelencia. Pero esas mate- 
rias no existen en la naturaleza; el músico piensa sin 
palabras, da un sentido a la vibración sonora que no 
lo tiene; infunde un alma, la propia, al sonido muerto, 
como el escultor a la arcilla fría. £1 artista de la pa- 
labra maneja un Verbo. 

Bien es verdad que el color, la línea, el dibujo pue- 
den tener algo de la palabra escrita, en cuanto el cua- 
dro puede describir, narrar, exponer escenas de la 
vida» Pero eso, que forma al ilustrador, al pintor de 
historia, al cronista gráfico, no es lo que constituye el 
genio de la pintura. No sólo puede concebirse, pero es 
el arte pictórico en su esencia, una obra pictórica que 
no cuenta, ni describe, ni escribe, ni enseña nada; que 
es sólo armonía de color en torno de una forma, de- 
leite superior de los ojos. Digamos lo propio de la 
música. Los sonidos pueden describir, narrar, remedar 
las voces de la naturaleza, las de un diálogo, las de 
una multitud o fuerte lluvia; pero no es necesario, sino 
perjudicial quizá, en el arle de los sonidos, que éstos 
tengan un tal valor imitativo; han de tener sólo una 
expresión, una sugestión, un alma. 

Pues bien: no ocurre otro tanto con el arte de la 
palabra o sonido vivo; éste ha de tener ambas cosas: 
un sentido y un alma, un sentido sobre todo. Quitarle 
su sentido para dejarle sólo su valor eufónico o rít- 
mico, es matarla, o transformarla en materia coló- 
rante, en piedra. 



[53] 



JUAN ZORRUXA VE SAN MARTIN 



Reconozcamos que, si hay palabras que están al al- 
cance de todo el que habla la lengua a que pertene- 
cen^ también lae hay que lo están sólo al de algunos, 
aun al de algunos que no han nacido todavía. De esaa 
palabras para los hombres futuros están llenas las 
obras geniales del pasado; también las grandes del 
presente han de tenerlas. Negarlas en aquéllas, o des- 
deñarlas en éstas, es ignorar esos coloquios con el tú 
interior de Novalis^ que es el Genio» Ese tú acaso no 
ha nacido en nosotros mismos; saldrá de nuestras pro- 
fundidades algún día. Pero sea para quien fuere, la 
palabra ha de tener, no sólo un ritmo o proporción de 
espacio y tiempo, sino un sentido, lo que se llama un 
sentido, una conformidad de la facultad cognoscitiva 
con la cosa. Y el elemento musical o eufónico ha de 
estarle sometido; no ha de sustituirlo^ ni oscurecerlo, 
sin más objeto que el de imitar profecías. El valor de 
la obra literaria está en razón directa de esa compe- 
netración del sonido y del pensamiento clarísimo, sin- 
cero, predominante. Las mismas oscuridades han de 
decirse con claridad» han de ser sombras luminosas, 
como las de Rembrandt, con su dibujo interior y su 
color invisible. 

Si el hombre no tuviera más facultad cognoscitiva 
que la sensibilidad o el instinto, su lenguaje articulado 
estaría compuesto sólo de interjecciones u onomatope- 
yas, como el del pájaro o el perro o el león; pero el 
hombre tiene potencias intelectuales, descubre relacio- 
nes, forma ideas, juicios, raciocinios; abstrae, es de- 
cir, hace ejemplares infinitos de una sensación; rige 
voluntariamente sus actos personales, no ?ólo colec- 
tivos. 

Como las interjecciones o voces onomatopéyicas para 
la sensibilidad, tienen que existir, no puede menos, so- 



[54] 



ENSAYO S 



nidos naturales correspondientes a esas facultades su* 
periores, una humana lengua innata^ como el canto del 
pájaro, no convencional como las que hoy hablamos, 
sino surgida del simple contacto del hombre con la 
naturaleza de que forma parte. Esa lengua primitiva 
es música; sus sonidos no deben confundirse con los 
materiales de construcción de las lenguas humanas de 
que nos hablan los filólogos. Dijo bien el que dijo 
que hubiera sido imposible inventar la palabra sin la 
palabra; pero no vio tan claro en este asunto, me pa- 
rece, el que vio en la música sólo ^'el acento de la pa- 
labra". És lo contrario, quizá. El músico genial tiene 
una facultad pensante distinta de la que es 'Apalabra 
interior''; él piensa sin palabras, como dibuja sin li- 
neas el pintor, aun el que las traza para colocar en 
su sitio las luces, las sombras, las medias tintas, a fin 
de incorporar las cosas que ve a las que no ve, articu- 
lando el mundo sensible con el invisible de las ideas 
o sombras vivas, 

V 

La circunstancia de no expresar la música una re- 
lación directa con la naturaleza o con el pensamiento 
humano, ha hecho que se le niegue, ya io hemos di- 
cho, hasta el carácter de arle; y no ha faltado quien, 
considerándola simple entretenimiento o deleite de los 
sentidos, la haya calificado de sensualista. Es la afir- 
mación del que carece de un órgano; del ciego que no 
concibe los colores. 

El sonido, en la música, no es sólo vibración o ca- 
ricia sensual; es también, como dijimos^ signo o habi- 
tación de algo distinto y superior al sonido mismo. 
La diferencia entre la música, realización de belleza 
por la simple vibración sonora, y la palabra y la línea 



[55] 



JUAN ZORRUiIiA de san MARTIN 



y el color, que sirven de materia a las otras artes, está 
en que la línea y el color son signas imüiiñvoSy y la 
palabra, en nuestras actuales lenguas, signo convencio- 
nal: a tal sonido o conjunto de sonidos articulados 
corresponde tal objeto, tal idea, porque nos hemos 
puesto de acuerdo en que así sea. La música, en cam« 
bio^ es un signo absoluto: a tal sonido o conjunto de 
sonidos corresponde esencialmente tal ser o tal estado 
de la naturaleza, tal pensamiento, tal afecto del alma 
humana. Estos, los pensamientos^ los afectos, se des- 
piertan en el fondo de las almas, tocados por el sonido, 
^omo despierta, en el fondo del silencio v la distancia, 
un sonido tocado por otro; como se estremece el ova- 
rio de una flor aislada, tocado por el polen, pasajero 
de una hermana distante desconocida. "Me gustan, 
dice Amiel, esos días lluviosos, tan favorables al reco* 
gimiento, a la meditación ; repican en bemol, y cantan 
en menor; se parecen a los silencios del culto, que no 
son los momentos vacíos en la devoción, sino los 
momentos Henos", 

¿No te ha pasado, oyendo con indiferencia, si ya 
no con cansancio, una larga sinfonía magistral, sen- 
tirle de repente despertado por una voz conocida, o 
por varias, que, salidas de un acorde, te llamaban y te 
decían algo sorprendente? 

No creas que ese fenómeno sea sólo fisiológico; no 
has de confundirlo tampoco con el simple recuerdo o 
asociación de ideas, aunque también esa asociación 
interviene en él. Es que has oído palabras dichas por 
alguien, en una lengua que conoces pero has olvidado, 
la de todos los hombres, equivalente al grito de todos 
los pájaros de una especie, que éstos no han olvidado 
como tú, porque él, el pájaro, no ha razonado como 
tú ; no ha perturbado la verdad de la naturaleza, ni su 



[56] 



ENSAYOS 



relación con ella. El es la simple sensibilidad, el ins- 
tinto que obedece; tú eres el genio en lucha con su 
propia soberbia; eres la desobediencia» el olvido^ 

El músico es el artífice del sonido; lo lamina y cin- 
cela como el oro, lo pule como el diamante^ toma los 
sonidos de la naturaleza como el arquitecto las pie- 
dras. Y todo para construir el órgano de esa lengua 
innata, misteriosa, o las antenas en que vibren, al 
pasar por el viento interioi, algunas de sus voces ínter- 
mitentes^ 

Novalis nos habla de esas cosas por boca de aque- 
llos peregrinos o discípulos que van a Sais, en busca 
del Maestro ignoto que habita el viejo templo. Esos 
extranjeros, dice, ^Ulenos de la esperanza y del deseo 
de la sabiduría, habían ido en busca del Maestro. Este^ 
hermano de aquel Próspero de Shakespeare, el señor 
de Ariel, habita el templo remoto, en la isla encantada. 
Los viajeros buscaban las huellas del pueblo original 
y perdido, de que los hombres de boy parecen ser los 
restos degenerados y salvajes. Es a la cdta civilización 
de aquel pueblo, agrega el alemán, a la que debemos 
nuestros conocimientos, y los más preciosos y necesa- 
rios de nuestros instrumentos. Los peregrinos iban, 
ante todo, por esa lengua sagrada que había sido el 
vínculo limiinoso entre los hombres reales de aquel 
pueblo original y las regiones y los habitantes aupra- 
terrestres, y algunas de cuyas palabras, al decir de 
numerosas leyendas, habían estado todavía en poder 
de algunos felices sabios entre nuestros abuelos. Esa 
lengua era un canto milagroso, cuyos sonidos irresis- 
tibles penetraban las profundidades de las cosas y las 
analizaban. Cada uno de sus vocablos o nombres pa- 
recían la palabra de liberación para el alma de todos 
los cuerpos. Sua vibraciones, con una verdadera fuerza 



[57] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



creadora, suscitaban todas las imágenes de loa fenó- 
menos de la creación, y podría decirse de ellas que la. 
vida del universo era un eterno diálogo de mil y mil 
voces. Porque, en tales palabras, todas las fuerzas, to- 
dos los géneros de actividad parecían unidos en la 
manera más incomprensible. Buscar las ruinas de ese 
lenguaje, o, cuando menos, recoger todos los informes 
que fuera posible, tal había sido el objeto principal 
del viaje»». Y la antigüedad de su templo los había 
atraído a Sais. Esperaban obtener aquí, de los sabios 
que guardaban los archivos del templo, informaciones 
preciosas, y acaso ellos mismos encontrarían algunas 
aclaraciones en las colecciones de todo género que allí 
había. Pidieron al Maestro el permiso de dormir una 
noche en el templo, y de seguir algunos días sus lec- 
ciones". 

VI 

Esa lengua, música primordial, es la de la natura- 
leza. Esta tiene voz y habla. Para eso es la voz, para 
hablar. Un sonido es una vocal, una sílaba. En todos 
los sonidos de lo existente, en todas las vibraciones, 
mejor dicho, en las estrellas, lo mismo que en las flo- 
res hay fuerzas o palabras armoniosas, que condu- 
cen hacia un vértice a todo cuanto existe, lo visible y 
lo invisible, que es una unidad, un universo, uno solo. 

La lengua que el hombre recibió de Dios en el 
paraíso era eso: música articulada, correspondencia 
esencial entre los sonidos que emitía y su vida inte- 
ligente, capaz de comunicación con el espíritu. Esa 
lengua era análoga a la del pajar o« con la diferencia 
de que ésta, destinada sólo a la comunicación del ser 
instintivo con la naturaleza, no animada del pensa- 
miento personal, no tenía la virtud o fuerza inmanente 



[58] 



ENSAYOS 



que liga un espíritu consigo mismo^ con su tú interior, 
y con sus semejantes. 

Esa relación intrínseca y absoluta entre sonidos y 
humanos pensamientos, imágenes y afectos, lengua no 
arbitraria ni convencional, sino creada con toda la 
creación visible e invisible, es la que los genios musi- 
cales quieren hablar recordando, a fuerza de recordar. 
¿Qué es la inspiración artística sino un recuerdo? Ese 
recuerdo es la Belleza en el sonido. Como toda belleza, 
él es una especie de nostalgia, o reclamo o atracción 
de una lejana patria ausente, en que se habla, con in* 
violada pureza, el idioma nativo de todo ser pensante^ 
y que no hablamos en isla alguna de la tierra, por 
falta de interlocutor. 

Lo recobraremos algún día; pero, entretanto, he- 
mos de contentarnos con percibir, en el arte, en el 
musical sobre todo, algunas de sus palabras, como 
una reminiscencia atávica. Viajaremos en vano, con 
nuestra carga de tierra a la espalda, en busca del sabio 
misterioso, y de su templo, y de sus archivos y co- 
lecciones. No están en esta isla que habitamos* Por 
eso se ha dicho de la música lo que el Divino Maestro 
decía de su reino: que no es de este mundo. 

Y por eso la música, el arte musical, es el arte cris- 
tiano por excelencia. La antigiiedad no lo tuvo; no 
aupo de composición musical independiente de la pa- 
labra; sin ésta no concebía la expresión de un pensa- 
miento, L.oa griegos fueron los artistas insuperados, 
poetas, oradores, arquitectos, escultores, orfebres; lo 
fueron todo, menos músicos; no nos han dejado, cuan- 
do menos un monumento musical que acompañe las 
ruinas del Fartenon, ni las de la Venus mutilada. La 
música era sólo tilmo para ellos, orden y proporción 
en el tiempo, como lo era^ en el espacio^ su arquitec- 



[591 



JUAN ZORñILLA DE SAN MARTIN 



tura dintelada perfecta, fría e inmóvil como la diosa 
sin pupilas, que habitaba el templo ccrl-ado a la multi- 
tud. La simultaneidad de los sonidos discrepantes, for- 
zados a permanecer y reconocerse y abrazarise en el 
acorde; la fusión de las vibraciones en una sola vibra- 
ción o palabra; la unidad, una y múltiple, que la mú- 
sica encarna, eso no fue percibido por los antiguos; 
aólo veinte o treinta siglos después había de revelarse, 
en su plenitud, a los oídos sordos de Beethoven, 

Los músicos de la antigüedad fueron, en cambio^ los 
hebreos» que no tuvieron artes gráficas. Ni la escultura 
de los egipcios, ni la arquitectura de éstos ni la de los 
griegos, les inspiraron nada. No existe una arquitec- 
tura hebrea, ni una estatua, £1 templo de Salomón no 
tuvo líneas propias, ni materiales, ni siquiera artífi- 
ces; todo en él era extranjero. Pero llega hasta noso- 
tros, narrado por ios historiadores, como un suceso 
extraordinario, la enorme sinfonía, más grande que el 
templo mismo, que sonó en au consagración. Según el 
historiador Josefo, trescientas mil trompetas y cua- 
renta mil otros instrumentos hizo el rey fabricar, y 
sonan para acompañar entonces los salmos de David, 
que éste había acompañado en el arpa. Aun exagera* 
das, como parecen, esas cifras^ ellas nos sirven para 
atribuir a ese pueblo, como rasgo distintivo, en la es» 
fera del arte, un alma musicah es decir, un anhelo de 
recordar la lengua perdida. Aquellos cantos nos pare- 
cen ensayos de los que han de llenar más tarde las 
naves del templo gótico cristiano^ con sus gravitación 
nes fiiera de la tierra, lleno de luces musicales, armo* 
nioaas, apto para congregarse en él la multitud, que 
lo construye llevando en procesión las piedras talladas, 
una por una, como el pájaro los materiales de su nido, 
cantando. 



[60] 



ENS AYOS 



Aquel pueblo de Israel era el pueblo nostálgico y 
vaticinante. Esperaba "al que había de venir", y era 
todo oídos. Por eso su arte fue sólo el musical. Lo 
oímos cantar, en el destierro, a orillas del río de Ba- 
bilonia, los salmos de la patria ausente, y creemos 
escuchar los primeros acordes de la lengua ein pala* 
bras de que el arte musical es un recuerdo. 

En ella se comunicaron, con los pastores de Judea, 
aquellos mensajeros alados que les dieron noticia del 
nacimiento de un Redentor en las cercanías de Belén, 

¿En qué lengua hablaban aquellos alegres portado- 
res de la buena nueva, que venían de otra ciudad? 

No hablaban en lengua siro-caldaica. Pero aquellos 
campesinos, que la hablaban, los entendieron perfecta- 
mente. 

Y conducidos por la múftica, dieron con la Palabra 
o Verbo Eterno; hallaron la estrella, que no era otra 
cosa que la vibración o concentración de la palabra 

misma. 

Y la Palabra Sustancial, el Verbo, Luz de Luz, Ar- 
monía de que todas las armonías proceden, habitó en- 
tre nosotros^ y habló con los hombres en la lengua 
musical que quedó olvidada en el perdido paraíso. 



[61] 



ACTORES Y ARTISTAS 
I 

Hubo épocas en que la profesión de cómico o actor 
de teatro se menospreciaba por todo el mundo; el có- 
mico era un histrión. Hoy nos hemos ido al extremo 
contrario; los actores y cantantes son los artistas por 
antonomasia. Tal suele verse entre ellos, que se jacta 
de ser tanto como el poeta o autor de la obra que re- 
presenta, cuando jio más. 

Y bien: los actores, ¿son realmente artistas, crea- 
dores de belleza, o, más bien dicho, de obras o cosas 
bellas* como lo es de su cuadro el pintor, por ejem- 
plo, o de su estrofa el poeta? 

Se dice (yo no sé si es verdad) que, allá en tiempos 
del Rey Nuestro Señor Fernando VII, se estableció en 
Sevilla un curso de tauromaquia o arte de lidiar con 
rases bravas para deleite de los hombres, cuva direc- 
ción fue confiada a '^Costillares", si mal no recuerdo, 
célebre matador de toros, hombre muy bruto, por su- 
puesto. Cuando el torero se encontraba en los claustros 
con el ilustre Alberto Lista, que dictaba su curso de 
literatura^» lo saludaba con benevolencia diciéndole; 
*'Adiós- compañero". '*Adiós, maestro"', le contestaba 
el poeta. 

Establezcamos, pues, las jerarquías. Un actor es más 
que un matador de toros, me parece; pero es menos 
que un creador de cosas bellas^ que es lo que se llama 
un artista. 

El torero o diestro no e«í un artista, porque no rea- 
liza belleza; pero^ con su traje de luces o alamares 



[62] 



ENSAYO S 



dorados o de piala, y su faja, y su coleta, y su garbo, 
puede ser una persona artística, una "cosa artística", 
mejor dicho, como lo es el toro mismo, con su morri- 
UO) y sus cuernos, y sus grandes ojos resignados a la 
fiereza* Ambos, toro y torero, son caracteres, modelos 
buenos para pintar del naturaly como un árbol, un 
paisaje, una roca. 

¿Y el actor que recita o canta vestido de moro o de 
armadura férrea? ¿£5 una persona o cosa artística 
como el torero? 

No: éste es una realidad objetiva: lo es de la noche 
a la mañana. El torero es tal torero hasta cuando está 
dormido; Uega a tener su aire de familia con el toro. 
El actor es un artificio; hoy es príncipe, mañana por- 
diosero, al día siguiente obispo, al otro bandolero v 
perdonavidas. No es, pues, una cosa naturalmente ar- 
tística, estética. 

;,Es entonces un artista o creador de belleza? ¿Lo 
es de la palabra.* de la acción, del gesto, de la Corma? 

Nótese algo muy visible: bien que los actores sean 
los hombres que más ejercitan la voz articulada, el 
ademán, el contacto con el público, es muy raro hallar 
entre ellos, sin excluir los más afamados, un orador 
elocuente o un escritor de mérito; hablan mal, gene- 
ralmente; no escriben bien. Nada hay, en cambio, 
más contrario a la elocuencia verdadera que el acento 
teatral^ sinónimo de insinceridad, fingimiento o imper- 
sonalidad. El orador habla él mismo; ha de hacer sen- 
tir la propia persona; el actor ha de hacerla desapa- 
recer, sustituida por la que creó el poeta dramático: 
Otelo, Hamlet, Romeo, Si el actor consigue que el pú- 
blico llore por éstos, por Romeo, por Desdémona, ha 
llenado su misión; pero desde el momento en que lo 
hace presenciar y compartir el propio sufrimiento, el 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



del actor mismo, su cansancio, su dolor físico o moral, 
desde entonces el deleite estético desaparece; no hay 
placer sino malestar; se sale de la esfera del arte. El 
orador no es, por lo tanto, un artista, porque es una 
realidad; pero es la realidad poética, la sinceridad^, 
que no existe en el actor. Lo» poetas épicos primitivos, 
los rapsodas, no eran otra cosa que oradores popula» 
res: no eran artistas propiamente pero eran la gran 
naturaleza. 

**La música más dulce, dice Emerson, no está en la 
sinfonía, sino en la voz humana, cuando, en la vida 
activa, habla con el acento de la ternura, de la verdad 
o el valor". Es mucho verdad; pero esa música no es 
arte propiamente, porque es la naturaleza en sí misma, 
y el arte lo es al través del alma de un artista* El 
pájaro no es un músico; no lo es el viento. 

II 

¿Qué es entonces, pues, el actor teatral, en la esfera 
de las artes, del sonido o del dibujo? 
No es el pintor; ni siquiera el asunto de sus cuadros, 

el personaje, vivo o muerto, que le sirve de modelo; 
es la pintura, la pintura misma; disfrazado de prín- 
cipe o de mendigo, es el objeto de arte que otro, el 
creador del carácter dramático, de la acción, de la pa- 
labra, ha hecho con él, con su cuerpo, y su voz, y sus 
gestos, y sus facultades. 

Y adviértase que lo es sólo cuando está en el pros- 
cenio, en acción, entre las telas pintadas. Un actor 
entre telones, vestido de rey, de sacerdote, hace siem- 
pre reír. ¿Hay algo más antiestético que el retrato 
fotográfico, tan prodigado en los escaparates, de un 
cómico en actitud furibunda o lacrimosa? 



[64] 



ENSAYOS 



£1 cantante que descuella por el timbre expre&ivo o 
el volumen de su voz no es tampoco un creador de 
cosas bellas; su voz es una cosa bella, un hermoso 
sonido de la naturaleza, de que se vale el creador de 
la melodía, el verdadero artista, para expresar su idea 
musical, como se sirve de la trompa, o del violin o 
de los timbales. La diferencia entre éstos y la garganta 
humana está en que el que hace sonar el violín o la 
trompa está fuera del instrumenlo; y el que hace sonar 
la garganta está unido sustancialmente a él. Pero más 
arñba de todos éstos, tanto del cantante como del 
concertista instrumental, está el verdadero creador de 
la belleza en el sonido* el que descubrió la frase mu- 
sical, o agrupó el acorde que repiten las cuerdas, los 
tubos sonoros o la voz humana, como el gran pintor, 
el artista de los colores, está más arriba de los colores 
mismos. 

III 

Podría afirmarse acaso que el actor, al interpretar 
su papel^ al "crearlo", como ha dado en decirse, es al 
mismo tiempo artista y materia del arte. Tal sucede- 
ría si el actor ocurriera a la naturaleza, para modelar, 
según ésta, sus propios cuerpo y íacultades; pero esto 
no es así. El actor ocurre, no a la naturaleza directa- 
mente, sino a su reflejo en la obra del autor dramá- 
tico, que, para aquél, es el tipo ideal; debe serlo, cuan* 
do menos. Si el actor pretende modificar ese tipo, 
tomándolo directamente del natural, ya no obra como 
tal actor, sino como autor. Y bien sabemos los adefe- 
sios que siempre salen de esas metamorfosis* Que si 
los actores son, en general, malos oradores^ suelen ser 
peores autores dramáticos. No existe, que yo conozca, 

165] 

5 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



una gran creación dramática concebida y escrita por 
un actor. 

El caso de lo que podríamos llamar automodelación 
de que hablamos, puede encontrarse cuando un autor 
dramático representa él mismo sus propias obras, Y 
bien: no siempre el poeta creador de un tipo o carác- 
ter es la mejor materia para ella; no es necesario que 
lo sea, por otra parte, Shakespeare íue, según se cuen- 
ta, un cómico mediocre; dicen que en "Hamlet'^ re- 
presentaba el papel de la sombra del rey difunto. 
Moliere parece que fue algo mejor; que representaba 
bien sus obras. Yo no lo creo. Pero si el autor llegara 
a ser, por dicha^ la mejor encarnación plástica y eu- 
fónica de su propia creación, no por eso debe confun- 
dirse su facultad creadora con las simplemente repre- 
sentativas. Hay en él dos entidades: un artista o poeta, 
y un cómico; un inspirado y un diestro. 

La obra de arte no es la naturaleza, ni siquiera lo 
que más fielmente la reproduce; denuncia sólo sus 
bellezas, las hace notar, aislándolas del conjunto. Si, 
descubierto el procedimiento perfecto para conservar 
cadáveres, nos imaginamos el de Napoleón- pongo por 
caso, intacto^ con su propio color, con el brillo de los 
ojos y de las uñas, con la turgencia de los musculo«<- 
vestido con sus propias ropas, y sentado, en su actitud 
característica, bajo el dosel ojival de "Notre Dame", 
^, sería esa figura del emperador difunto una obra de 
ar^e? ¿Sería más artística, por más real y natural, que 
la que está pintada en el lienzo de David o Messonier, 
o esculpida en el mármol de Vela? 

No: la obra de arte está formada de los elementos 
de la naturaleza, líneas, colores, sonidos* fuerzas fisi- 
cas y aun psíquicas, afectos y pasiones; pero no es la 
naturaleza^ sino su destilación en el alma del artista; 



[66] 



ENSAYOS 



es, como lo hemos dicho y es bien repetir, su expre- 
sión en el reflejo o en el signo que la sugiere, y uno 
de cuyos objetos, creo que el principal, es predisponer 
el alma o hacerla apta para apreciar las bellezas y 
grandezas y armonías de la naturaleza misma, que en 
ésta pasan, para muchos, inadvertidas. 

La fotografía no puede producir por eso obra de 
arte propiamente; no puede tampoco producirla la 
pantomima fotográfica que hoy está a punto de ani- 
quilar el teatro, con menoscabo de la cultura literaria. 
[Qué le hemos de hacer! 

IV 

El actor, pues, que es reflejo o representación, bri- 
lla, como el planeta, gracias a la luz del astro, lo sólo 
luminoso. Suprimido éste» el sistema planetario desa* 
parece. Las representaciones de Hamlet se cuentan por 
millares. Shakespeare es uno solo, como es uno solo 
Beethoven entre los millares de ejecutores de sus sin- 
fonías. El artista descubre lo bello en la naturaleza, 
y lo revela a los hombres: el actor lo aprende en la 
obra del artista; éste inocula su espíritu en las cosas, 
en los sonidos; aquél empapa el suyo en otro espíritu. 
Cuando el actor no se limita a hacer visible la creación 
del poeta, y pretende ponerse en contacto directo con 
la naturaleza para revelarla él mismo; cuando va al 
hospital a ver temblar un epiléptico, y nos reproduce 
fielmente sus gestos y convulsiones, no hace sino ex- 
poner el cadáver coloreado de Napoleón. El horror 
que nos produce, al ser simple espejo de una realidad, 
no es un sentimiento estético ni mucho menos; no es 
"el horror sagrado"". Y, en tal caso, no sólo no es 



[67] 



JUAN 20BHILLA DE SAN MARTIN 



artista, pero ni siquiera es buena materia prima para 
revelarnos la creación del poeta. 

¿Y qué decir de los hombres y mujeres, llamados 
artistas, que, con la exhibición de la propia carne pe- 
cadora, toman sobre sí el oficio de estimular los ape- 
titos animales de los demás? 

No hay, que yo sepa, un oficio más innoble, entre 
los muchos a que se consagran hombres y mujeres en 
este bajo mundo. Para obtener ese resultado, lo que 
menos «se necesita es ser artista, a buen seguro. Esos 
hombres y mujeres no son intéipretes de la realidad^ 
sino que son la realidad misma, la utilidad o negación 
del deleite desinteresado que es objeto del arte: deleite 
estético. El obieto del arte no es satisfacer necesidades 
sino crearlas superiores; despertar la necesidad de 
contemplación o ejercicio de una sensibilidad recón- 
dita^ sin sentidos corporales, que es función privativa 
del organismo humano, entre todos los organismos 
vivos. 

Comparemos, como elemento estético educativo, el 
proscenio en que esos hombres y mujeres recocen lú* 
brlcos aplausos^ con el salón del Louvre o del Vati- 
cano, en que se ostentan y re^/erencian en silencio los 
sacros marmoles divinos, que no se desnudaron, por- 
que nacieron desnudos: que tienen la desnudez del 
diamante^ todo transparencia y luz. 

V 

Pero hay un aspecto, bajo el cual el actor puede 
ser reputado, no artista, propiamente, pero algo aná- 
logo: cuando se le considera como lector expresivo de 
la obra del poeta, o revelador de su pensamiento. Eso 
es lo que hace, lo que debe hacer* cuando menos, la 



[68] 



ENSAYOS 



lepresentación teatral, que, gracias a los recursog es- 
cénicos, es una lectura de la obra del poeta^ adaptada, 
con el concurso de otras artes, a las facultades de los 
que no saben leer, que son innumerables* 

Jacinto Benavente, autor dramático que ha solido 
representar sus propios dramas, picíisa así cuando 
dice: "Son los actores los que se empeñan, según la 
frase del mismo Shakespeare, en dorar el oro, en pin- 
tar la azucena, y en azucarar lo dulce. Actores inge- 
nuos que se limitaran a decir su papel con la natural 
emoción de algunos momentos, obtendrían mayor efec- 
to que los críticos alambicados modernos*'* 

No otra cosa es la ejecución vocal o instrumental 
de las obras musicales: la lectura expresiva de la obra 
del artista, sin quitar ni poner nada en ella. El ejecu- 
tante hace con el artista lo que éste con la naturaleza: 
denuncia sus bellezas. 

Dice Cariyle que, '^cuando leemos bien un poeta, to- 
dos somos poetas; que la imaginación que se estre- 
mece con la lectura del '"Infierno" de Dante es una 
facultad igual a la de Dante, salvo la intensidad". 

Mucho decir es eso, me parece; pero no deja de 
tener su fondo de verdad. 

Y, en ese caso, si un hombre cualquiera, un para- 
lítico, es capaz de leer con los ojos una partitura 
musical, y sentir con tanta o mayor intensidad el pen- 
samiento del autor ¿qué ventaja tiene sobre él el eje- 
cutante o concertista que, a fuerza de repetir mil ve- 
ces la frase, la siente y la dice muy bien? Sólo la des- 
treza en el manejo de su instrumento» el recurso para 
trasmitir o leer a los demás la partitura, y hacérsela 
sentir, 

¿Es por eso el ejecutante más artista que el parali- 
tico? 



[69] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MAHTIN 



No, 68 más diestro. Beethoven era sordo. 

Si un hombre mudo siente con mayor intensidad 
que el actor en boga una tragedia de Esquilo que está 
leyendo, ¿será menos poeta o artista que el actor, por- 
que éste cuente, y aquél no^ con el instrumento vocal 
y las dotes corporales que le sirven para hacer bien 
leer la tragedia a los espectadores en el teatro? 

Es claro que, para representar, es necesario sentir; 
pero para sentir no es forzoso representar. Y, es el 
sentir lo que hace al artista. 

Se habla de ejecutantes "geniales". Lo son, en cierto 
modo, aquéllos que, de tal manera se identifican con 
el artista creador, que, por sugestión, lo reencarnan, 
viven su vida, más que la propia» Esos son los grandes 
concertistas, los actores eminentes. . . ¿Artistas, por 
fin? Sea. 

VI 

Y volveremos a establecer gradaciones o jerarquías. 
Hemos hallado, en primer término, un artista o vi- 
dente de la belleza en las cosas, en el universo visible 
o invisible; un creador de la obra literaria o musical; 
un poeta. En segundo plano, se nos ofrece el hombre 
capaz de sentir esa fantasía, sea o no capaz de tras- 
mitir a otros su emoción; el vidente de la belleza en 
la obra, Y un maestro, por fin, un diestro, que, sin- 
tiendo menos quizá que el anterior la intensidad de la 
obra de arte, posee los recursos eficaces para hacer de 
ella una versión fiel al idioma de los que sólo oyen 
con los oídos y ven con los oj os . . « 

Este ultimo, que ve en la obra lo que acaso no vio 
el mismo poeta que está en ella, es el concertista, el 
cantante, el actor dramático en su más alta expresión, 
y en la más noble. 



PALABRA Y SILENQO 
I 

Alguien (no sé si fui yo mismo) dijo una vez: 
Nunca me he arrepentido de haber callado. ¡Y cuán- 
tas veces he tenido que arrepentirme de haber ha- 
blado! 

O mucho me equivoco, o la mayoría de los hombres 
dice en su corazón otro tanto o parecido. 

De acuerdo con ello está la profunda sentencia de 
Kempis: "Dijo uno: Cuantas veces estuve en medio 
de ios hombres, me volví menos hombre. Eso lo ex- 
perimentamos todos los días cuando hablamos dema- 
siado**. 

Y también la de Pascal; "Muy a menudo, todas las 
desgracias de los hombres naeen de no saberse estar 

quietos en su cuarto". 

Y dice Salomón, por fin, en el Libro de los Prover- 
bios: "Como la ciudad abierta, sin cerca de muros, 
así el hombre que no puede refrenar su espíritu al 
hablar". 

Conviene ahora saber, por sí o por no, lo que de 
tales sentencias debemos nosotros deducir, o, más pro- 
piamente, la norma de conducta que todas ellas nos 
sugieren. 

II 

¿Adoptaremos el propósito de interponer el silencio 
entre nosotros y los demás hombres, callando siem- 
pre? 



[71] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Más fácil es, dice el mismo Kempia, callar siempre-, 
que no propasarse en palabras. 

Eso es mucho verdad: es más fácil para unos; me* 
nos difícil para otros. Que bien se nos alcanza lo muy 
rJativo de esa facilidad. Es tan fácil para el hombre 
locuaz ser locuaz, como para el hombre silencioso ser 
silencioso* "Esperamos, dice Carlyle, que nosotros, los 
ingleses, conservaremos largro tiempo, **nuestro gran 
talento para el silencio*', 

¡Nuestro gran talento! Ese talento para el silencio 
no es otra cosa., en este caso, según barrunto, que e] 
temperamento colectivo, resultante de muchos indivi- 
duales; la índole, la disposición, o como quiera lla<- 
máraele, formada por causas múltiples; es la base del 
propio carácter, que no debe confundirse con el ca- 
rácter mismo; éste es energía de la voluntad educada; 
es su obra, modelada en el temperamento. Sobre la 
índole o temperamento ejerce su acción la voluntad; 
ai ésta domina a aquél, tenemos el carácter; si es aquél 
el dominador, tenemos la simple pasión. 

Pero no siempre está en nuestra mano seguir el ca- 
mino más fácil; el más contrario a nuestra índole o 
personal tendencia se nos impone no pocas veces. 

"No es siempre el caso, dice Pascal, de examinar si 
se tiene vocación para salir del mundo, sino si se la 
tiene para quedar en éL Como no se consultará si uno 
es llamado a salir de una casa apestada o incendiada*'. 

III 

No estando, pues, en nuestra mano el silencio, ¿nos 
inclinaremos al célebre aforismo de Ficht€¡ "digamos 
la verdad, y que se hunda el mundo 



[72] 



ENSAYOS 



Yo de mí sé decir que siempre he encontrado aólo 
enfático ese aforismo y sus congéneres» ¿De qué ver- 
dad habla ese hombre que asi grita? ¿Acaso de la 
opinión que cada uno se fonna sobre tal o cual cosa? 
¡Medrados estaríamos entonces! El universo mundo se 
hundiría varias veces por semana, si ya no por mi* 
ñuto, Y debemos alegramos de que el equilibrio de 
los planetas no dependa de las palabras que digan o 
dejen de decir los habitantes de este nuestro. No es 
tan gran cosa, que digamos, esta nuestra gota de barro 
iluminada por el sol. 

Un discreto autor rioplatense, que acaba de escribir 
un libro, nos aconseja: Cuando sentimos la necesidad 
de decir algo que creemos favorable al progreso de 
las ideas o al reconocimiento de la verdad, no debe- 
mos permanecer callados; pues más vale exponerse a 
la censura ajena que al propio menosprecio"» 

No veo tampoco nada muy claro en ese consejo. Es 
indudable que el hombre de verdad debe temer más 
la propia censura que la ajena; pero no se trata de 
eso, sino de saber precisamente si el callar nos acarrea 
siempre el propio menosprecio, por el solo hecho de 
callar, cuando sentimos la necesidad de decir algo que 
creemos favorable al progreso, etc. ¿Tienes tu algo 
que decir realmente, algo que otro no haya dicho^ y 
que deba ser oído? Si bien te escuchas a ti mismo, 
acaso ninguna de las palabras interiores que tienes es 
propiamente tuya, Acaso son verdades muertas. . . 
¿Has pensado en la vida y la muerte de las verdades? 
Las inmortales son muy pocas; por eso lo son las pa* 
labras. 

Por lo que a mí toca, estoy persuadido de que nada 
ha impedido mág el progreso de las ideas, y formado 



[73] 



JUAN ZOKRILIA DE SAN MAUTIN 



más escépticos, que las malas defensas de la verdad, o 
su proclamación a tontas y a locas* 

Si ha de valer el sentir de Alfredo de Vigny, re- 
producción literal del inglés, *'seul le süence est grand; 
tout le reste est faiblesse**, Y si hemos de tener en 
cuenta la impresión de Emerson, poca fe debemos te- 
ner en la eficacia de la humana palabra. ^'Entra tanto 
de destino en la vida, dice el ensayista angloamerica- 
no, tanto de impulso irresistible, de temperamento y 
de incógnitas aspiraciones, que yo dudo que podamos, 
por nuestra propia experiencia, decir algo útil a na* 
die"* Esa duda no ha impedido a Emerson, dicho sea 
de paso, el enseñarnos muchas cosas, algunas de ellas, 
si no muy útiles, muy interesantes, en varios volúme- 
nes de letra menuda. 

Yo diré, por mi parte, lo que juzgo no del todo inú- 
til a mis semejantes sobre este asunto. 

IV 

£1 respeto o aprecio que el hombre tiene de sí mis- 
mo pnede medirse por el que tiene de su propia pala- 
bra. **Ifa desnudez del alma, dice Bacon, no es menos 
indecente que la desnudez del cuerpo; un poco de re- 
serva y de circunspección en las palabras, las maneras 
y las acciones atrae el respeto". Y dice el Libro de loa 
Proverbios: ^^Quien guarda su boca guarda su alma; 
mas el que es inconsiderado en el hablar sentirá males''. 

La lengua del hombre, dice otro, es órgano sagra* 
do; él honobre se define a si propio en filosofía como 
palabra encarnada. 

El que prodiga o malgasta su palabra la deprecia; 
y el que deprecia su palabra se deprime a sí mismo. 
Pero el que la niega a sus semejantes por avaricia o 



[74] 



ENSAYOS 



egoísmo, si bien ahorra, (porque lo que hemos dicho 
ya no es nuestro, y lo que uno sabe solo siempre tiene 
mayor valor) . no es digno de alabanza. Esa economía 
de nuestra alma no es siempre una virtud. Y bien 
puede llegar a ser un vicio. Existe un demonio del 
silencio, que no siempre vive en la soledad. Hay mo- 
mentos en que lo sentimos dentro de nosotros mismos. 
Es el padre del rencor o de la hipocresía. Prefiero 
ofender a odiar, ha dicho uno. Casi tiene razón» 

Mejor es el hombre que esconde su ignorancia que 
el que esconde su sabiduría, dice otro fibro sagrado, 
por otra parte. 

La palabra es constructiva por excelencia de la hu- 
mana sociedad, y es también el agente destructivo por 
excelencia; es el elemento que reúne y armoniza las 
almas por la verdad y el amor, y el que las disgrega 
y desconcierta por la mentira y la malquerencia; es 
titulo de gloria, y lo es de deshonra; es buen arcángel 
alado, y también la más perjudicial de las bestias que 
vuelan. El que hiere con la lengua, dice San Juan Cri- 
sóstomo, hace una herida más profunda que el que 
hiere con los dientes. Algunas palabras dignas de re- 
cordación, dice en cambio Jouberl, pueden ser bastan- 
tes para ilustrar un grande espíritu. 

V 

£1 hombre, planta que piensa, emite en la palabra 
la sutil esencia de si mismo, de que se forma el am- 
biente moral que respiramos, como da el árbol su mis- 
teriosa emanación al ambiente físico de que nos nu- 
trimos; como dan las cosas su color al universo que 
vemos* El color es el espíritu de las cosas. El hombre, 
como la planta, como las cosas visibles, emite, más o 



[75] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



menos, su espíritu en la palabra, según su propio ca- 
rácter o personal naturaleza. Hay hombres que no ha- 
blan, como hay flores sin perfume; hay personas casi 
invisibles, como hay cosas incoloras, o que se confun- 
den con el medio en que viven, con la tierra, con el 
cielo, con las demás cosas. Hay otros hombres» en 
cambio, que se ven y se oyen porque son luminosos y 
sonoros por naturaleza. 

Pero así como el muy visible no está del todo impe- 
dido de ocultarse^ evitando el desentono de su cuerpo 
y alma con el ambiente^ jamás el invisible podrá serlo 
tanto que haga completamente impenetrable la envol- 
tura de su espíritu ; ésta es más o menos transparente, 
pero siempre lo es algo. También se le ve por los res- 
quicios. Pensar es vivir; vivir, en el mundo sensible, 
es arder, sonar, ser tangible o palpable. Sólo los muer- 
tos son invisibles. ¿Qué es morir, en resumidas cuen* 
tas, para el hombre, sino dejar de ser visible? 

Emerson nos dice que Confucio exclamaba: ¡Ocul- 
tarse el hombre! ¿Cómo es posible que el hombre se 
oculte? 

Los pensamientos, dice en otra parte, llegan a nues- 
tro espíritu, y salen de él, por vías que nunca hemos 
dejado abiertas voluntariamente. 

La vida del cuerpo social se forma así, efectiva- 
mente, de ese entrar y salir de los habitantes del espí- 
ritu, pensamientos o palabras interiores de cada hom- 
bre, que obedecen a una ley semejante a la sístole y a 
la diásiole del corazón. La suspensión de esa entrada 
y salida, lo mismo en el corazón que en la sociedad 
humana, es inanición o frío de muerte. 

Lo que importa, pues, al hombre, así por el propio 
interés como por el ajeno, que también refluye en él 
en definitiva, no es tanto encarcelar su palabra, que, 
como su mirada, o su actitud - o su movimiento, es la 



[761 



£N S AYO S 



forma de emanación de su ser pensante, y aíectivo, 
cuanto el velar por la formación de lo que emite en 
cualquier forma; ser planta benéfica. 

Si no quieres que se sepa que has hecho una cosa, 
dice Emerson, no la hagas. 

Hay un medio eficaz, a lo que se me alcanza, para 
hablar sin tener que arrepentirse de haber hablado: 
no tener que arrepentirse de haber pensado, imagina- 
do, sentido, deseado. Hay un recurso eficaz para no 
sentirse menos hombre por haber estado entre los 
hombres: ser hombre intenso, muy arraigado en sí 
mismo; tan dueño de sus raíces como de sus hojas y 
flores. También existe un medio para no salir de su 
cuarto: salir con cuarto y todo, ser uno con él, vivir 
en él perpetuamente, como el caracol. 

Haz silencio en tu pensamiento, y lo habrá en tu 
boca; hazlo en tu imaginación, y tus miradas serán 
silenciosas^ 

Tienes que aventurarte a salir de ti mismo, ai has 
de vivir humana vida. Sal, en buena hora; pero no te 
ausentes demasiado; no te pierdas de vista jamás. 
Vive en presencia de ti mismo, y, sobre lodo, en de- 
fensa del Señor tu Dios. Haz centinela en tu pensa- 
miento; ten a raya tu fantasía: no la dejes sola; no sea 
que conciba criaturas locas que te deshonren; haz de 
manera que haya siempre luz encendida también en tu 
corazón, para que los deseos no se formen en las oacu* 
ridades, como los hongos venenosos. 

Y entonces habla a tus semejantes según tu carácter. 

Que no sólo el silencio es grande; lo es mucho más 
la palabra bien nacida, j Cuánto se ha pugnado por 
la libertad de la palabra! 

Pero hemos de dar también libertad al silencio. 

Una palabra, en un silencio infinito, sería infinita. « . 

Lo fue la primera pronunciada sobre el abismo* 



[77] 



EL ORADOR Y LA ELOCUENCIA 
I 

No está en lo cierto quien dijo aquello de que **el 
poeta nace y el orador se hace'\ si, como es razón, 
hemos de entender por orador algo distinto del hom- 
bre que habla con propiedad, y por elocuencia algo 
que no sea la simple elocución correcta. 

Que el poeta no presupone al orador, es fuera de 
duda; hay poetas mudos, sin boca. Pero el orador, no 
sólo presupone, pero es el poeta en su manifestación 
plena. 

Notemos esto, sin embargo, esto, que constituye mi 
proposición: la verdadera oratoria no es un arte, como 
lo son las formas gráficas de expresar bellas ideas o 
fijar sonidos; el orador no es un artista. Este, el ar- 
tista, es un realizador de la belleza ideal, un creador 
de signos que la representan o sugieren; el orador, 
más que realizador de lo bello, es una cosa beüa, 
la más bella acaso que existe en la naturaleza: un 
cuerpo y un alma que vibran ; un pensamiento sonoro ; 
un corazón musical. No debe, pues, interpretarse a si 
mismo, sino mostrarse tal cual es. 

El árbol que, sacudido por el viento^ nos dice men- 
sajes de ios aires que van pasando; la ola que sale del 
mar en calma, y rueda sonante y desaparece, deján- 
donos una memoria de las grandes aguas, tienen su 
analogía con el hombre que sale de la humanidad pro- 
funda, y nos conmueve con los sonidos de su boca. 

Porque conviene y es menester no olvidar ese con- 
cepto etimológico: la palabra oí ador viene de os orü^ 



[78] 



ENSAYOS 



boca. £1 pensador, o el artista de la locución escrita 
para ser leída, en voz alta o baja, no hacen al caso. 

Como hay animales dotados de ciertas virtudes or- 
gánicas, producción de electricidad, verbigracia, fe- 
nómenos luminosos, fascinación de los ojos, hay hom- 
bres que tienen en la voz un poder o alcance miste- 
rioso, de que ellos mismos no se dan cuenta, y que 
presta a su palabra una fuerza inefable de penetra- 
ción. La voz de tales hombres parece un toque a si- 
lencio; hace esperar lo inesperado, lo que no vendrá 
nunca, pero existe y obra; se introduce, como por sor- 
presa, en los humanos organismos, y suspende sangre 
en laB arterias, exprime glándulas de lágrimas, hace 
pasar escalofríos por las manos. Esos son los oradores: 
fuerzas naturales. 

II 

Estamos hablando, como se ve, de la voz personal, 
que nadie confunde con los sonidos de que se sirve 
el arte musical para realizar su belleza, y entre ios 
que incluyo la voz humana que lee, recita o canta. La 
facultad de improvisación es esencial, por consiguiente, 
en el concepto de orador. El rapsoda primitivo fue el 
primer orador; cantaba así, improvisando. 

Cuidado, que improvisar no es lo mismo que hablar 
sin saber lo que se ha de decir^ sino pensar, sentir y 
decir en un solo acto de nuestra vida, bien así como 
se adelanta, y toma dirección, y se evitan obstáculos, 
en un solo mimmiento de nuestros órganos, cuando 
se camina. 

Todos sabemos, es cierto, que los grandes oradores 
tienen también un aspecto común con los artistas, en 
los procedimientos de ejecución o adecuada prepara- 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



ción de que se sirven; pero el orador aparece preci- 
samente cuando aquella preparación no constituye la 
obra, sino que ea sólo la disposición propicia para 
evocar, esperar y recibir el espírüií de la voz. 

Sainte Beuve, en su estudio sobre Montalambert, 
nos habla así del procedimiento de aquel hombre elo- 
cuente: "Empezó por escribir sus discursos y leerlos; 
después los recitaba. Atreviéndose cada vez más, según 
medía sus fuerzas^ habló ya con unas sencillas notas; 
y, si no me engaño, hoy combina esas diversas mane- 
ras, añadiendo lo que le dicta, en el momento preciso, 
la improvisación. Las diferentes partes del discurso, 
las ideas apuntadas en las notas, los trozos escritos y 
los penramientos que brotan en el momento de hablar 
se juntan y encadenan, con la misma flexibilidad con 
que se mueven los miembros de un solo cuerpo. Todo 
orador que lo es de veras, sabe cuánto le falta para 
llegar a ese ideal, que los más grandes oradores no 
han realizado^. 

Para que esa fusión de lo escrito con lo hablado 
sea perfecta, agrego yo por mi parte, el orador tiene 
que escribir de un modo especialísimo; en él, más que 
en ningún otro, el pensamiento ha de ser palabra in- 
terior. No ha de hablar lo que escribe; ha de escribir 
lo que habla. . , o lo que le habla la soledad, que él 
oye en silencio, y experimentando sinceramente la emo- 
ción que ha de tradmitin 

Si a todo esto agregamos el gran caudal de imáge* 
nes vestidas de la forma personal del orador, y de 
locuciones ya afinadas con su diapasón interno, y de 
giros y frases ya dichos, que el ejercicio va acumu- 
lando en la memoria y se desprenden íntegros por la 
simple asociación de ideas, y, más que ideas, de acor- 
des complementarios de la propia voz, tendremos, efec- 



ENSAYOS 



tívamente, el cuerpo del discurso de un orador. Egte 
se perfecciona con el tiempo^ no cabe duda. Dijo Solón 
en la antigüedad (valga la cita de Sainte Beuve) que 
el acuerdo perfecto entre el pensamiento y la elocuen- 
cia sólo se alcanza^ en sa plenitud^ de los cuarenta y 
dos a los cincuenta años. Eso parece, efectivamente, 
una ley. Pero es ley de la formación del cuerpo orgá- 
nico, del que podríamos llamar artefacto; lo que vs 
el alma nueva que lo anima, y que distingue la palabra 
elocuente de toda obra de arte, esa será siempre (y se 
alcanza a toda edad o no se alcanza jamás) la aparí* 
ción repentina o la encamación del espíritu en el ver- 
bo humano palpitante; la wiián sustancial, dirían los 
escolásticos* Se- revelará a veces en un momento solo 
del discurso; se presentará como una llamarada del 
fuego central que rompe la costra de las formas gené- 
ricas superficiales, y asoma por las grietas, y denuncia 
la existencia de la vida universal; se difundirá otras 
veces en toda o casi toda la oración; pero siempre será 
la proximidad del espíritu vibrante que desciende a 
la voz, cuando ésta se ajusta a la afinación de las es* 
feras. La perfecta compenetración es casi imposible; 
tiene razón Sainte Beuve, Si ella apareciese una vez, 
en un orador, éste sería lo más vibrante y luminoso 
que hubiera ofrecido la naturaleza* 

ni 

El verdadero orador advertirá, si mira en ello, que 
lo que más conmovió a sus oyentes no fue lo que había 
preparado con ese objeto, pero lo que salió de su boca 
por autosugestión: la palabra impensada, C[ue brotó 
de la pensada, la terminación del acorde, determinada 
pior el propio acorde* La frase construida, escrita o 

[31] 

6 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



no, se rectificó a si misma; las palabras, como si hu- 
biesen obedecido a una ley de CTistalizacion geométrica 
del sonido-idea, se agruparon en la forma connatural 
al pensamiento o a la pasión actuales; algunas frases, 
acaso las más estudiadas, desaparecieron, por falta 
absoluta de espacio y tiempo en que colocarse, mien- 
tras las otras, las menos previstas precisamente, y que 
fueron las verdaderamente intensas, se adaptaron a los 
vacíos o silencios, engendradas, conducidas y ajusta- 
das por el genio del ritmo inteligente* Se formaron en 
la voz palabras nuevas. 

El hombre a quien es dado dejarse conducir por ese 
genio que sale de la propia vibración, como la ola 
brota del mar, como el quejido sale del viento; el que 
puede seguirlo sin que el raciocinio se le perturbe por 
completo, ése es el orador. El que se sobrecoge y ami* 
lana ante la aparición, ese podrá ser hombre honrado 
y muchas otras cosas; pero no será jamás hombre 
elocuente. 

La ofuscación parcial sobreviene siempre en esos 
casos. En el momento en que la palabra se hace espí- 
ritu y el espiritu palabra, hay algo de pánico; se 
siente una garra; las ideas del orador voltean en la 
neblina; la visión se anubla^ aparece y desaparece; 
zumban los oídos; el hombre se oye a si mismo desde 
lejos; se inicia el vértigo. No debe confundirse, sin 
embargo, esa especie de sumersión en lo ignoto, pro- 
ducida por la proximidad del arcángel, con lo que 
suele Uanaarse el trac de los oradores artificiales, de 
los actores y cantantes, y de todos los que repiten lo 
aprendido. Estos están amarrados a la palabra muer- 
ta; tienen miedo, como todo encadenado, del enemigo 
que puede venir. El orador no; lucha con el arcángel. 



[82 3 



SNB AYO S 



como el profeta, y, si lo vence^ hace de él su obediente 
mensajero. 

IV 

Es la voz hablada, la nucida precisamente, no la 
hecha^ la que tiene esa virtud, privilegio sólo de las 
leyes naturales. 

No haya temor de que entonces se desentone. ¿Por 
qué los pájaros no desentonan, sino que siempre can- 
tan armoniosamente? No desentonan porque su canto 
está fuera de las tonalidades convencionales; sus notas 
no están coordinadas según una escala. Y como sólo 
con relación a una tonalidad o escala cromática puede 
apreciarse si hay o no desentono, los pájaros no deaa* 
finan precisamente porque no afinan, porque no en* 
tonan. 

' La voz del hombre, cuando no pretende entonar 
sino con bu armonía interior, es más musical y po- 
tente que la del pájaro; día es el solo diapasón* 

"La música más dulce, dice Emerson, no está en la 
obra oratoria, sino en la voz humana, cuando, en la 
vida activa, habla con el acento de la ternura^ la ver- 
dad o el valor. La obra oratoria puede recordar la ma- 
ñana, el sol y la tierra; pero aquella voz persuasiva 
es unísona con la de éstos". 

Bien se comprende que, al hablar de elocuencia, no 
la identificamos con la grandilocuencia» Concíhese 
también el grande orador tranquilo, de palabra fluida, 
impasible al parecer, y que nos levanta, y nos arras* 
tra; ella nos recuerda el mar de fondo, tanto o más 
poderoso que el que resuena en las rompientes. 

Aquél sólo es verdadero orador que lleva a la tri- 
buna su propia voz, la de su vida activa, y hace que 
ésta vibre al unísono con su auditorio, que es enton- 



JUAN ZORRIIiLA DE SAK MAHTIN 



ees, como él. la naturaleza: la mañana, el sol, la tierra. 
El hombre elocuente dice naturalmente lo que piensan 
y sienten los demás hombres^ porque éstos sienten y 
piensan como él; abren, en las palabras del orador, 
lap flores que estaban a punto de abrirse en las alma 
de los otros; la voz articulada de aquél arraiga en la 
naturaleza centxal; es el sonido de las esencias. En 
tales circunstancias, sólo esas palabras podrían sonar. 
El orador es, en ese caso, una fuerza del universo, y 
la más pujante: puede hablar a la tempestad, y ésta 
hará silencio, como cierra los ojos el tigre ante la mi- 
rada fija del hombre. Todo se le acepta entonces; todo 
en -él es bello, con la hermosura de la naturaleza pri- 
mitiva. Las actitudes grotescas, las incoherencias sel- 
váticas, las cacofonías disonantes, como sean sinceras, 
personales, trasmiten la emoción estética en toda sii 
fuerza y su pureza. Una sola nota artificial o enfática, 
que recuerde la existencia de una escala o tonalidad, 
puede derrumbarlo todo en ese momento. El león do- 
mesticado no nos produce, con su rugido teatral, el 
terror de una rata acosada o atravesada por un esto- 
que, que chilla mirando con los ojos redondos, llenos 
de agua negra profundísima. La rata llega a ser su- 
blime. 

Los oradores más en boga suelen ser panteras do- 
mesticadas* Para ver la fiera en su plenitud, es preciso 

verla como parte integrante de la selva. 

Por eso los grandes oradores han aparecido en las 
gandes tempestades de la historia. Vox clamantis in 
deserto. Voces que han llenado los desiertos. 



[84] 



LA FE RELIGIOSA 
I 

Es de interés, y también de provecho, roe parece, 
para los que tenemos fe religiosa, leer con reposo a 
los que no la tienen, sociólogos, moralistas, filósofos o 
investigadores de remotas causas en general, que ha- 
cen todo cuanto les es posible por no creer. También 
lo hacen porque los demás no crean, aunque ellos es- 
peran ser creídos. Se concluye siempre por no creer 
tampoco en ellos, por supuesto; pero no sin experi- 
mentar, al oír a alguno, esa especie de inquietud o 
sobresalto que se siente cuando alguien trabaja por 
forzar la puerta de la casa en que uno vive tranquilo 
y feliz; uno no puede menos de tomar sus precaucio- 
nes: poner una tranca^ arrimar un mueble a las puer- 
tas, y hasta apercibirse a la defensa armada, alguna 
vez, si a mano viene. 

El pi opósito de esos obreros es negativo general- 
mente: quitarnos lo que tenemos, sin darnos nada en 
cambio. Pero los hay que nos proponen una doctrina 
o sistema filosófico que sustituya la Religión en que 
vivimos. Estos no se dan cuenta de que nuestra Reli- 
gión, la católica, por supuesto, nuestra Iglesia o co- 
munidad de fieles, mejor dicho, no es primordial- 
mente una doctrina o sistema, sino un organismo, un 
ser místico viviente, cuerpo y espíritu; las doctrinas 
podrán ser sus funciones; pero no son su alma propia- 
mente; su alma es otra cosa. Los hombres cristianos 
no somos tales porque profesemos tales o cuales doc- 



[85J 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



trinas metafísicas o morales, sino porque somos parte, 
digamos células, de ese organismo; no dejamos de 
participar de su vida, ya no digo por no poseer, y 
menos demostrar, todas sus verdades» pero ni siquiera 
por pasar, transformados por la muerte, del tiempo al 
no tiempo. Eso se llama, en cristiano. Comunión de 
los Santos, especie de ilimitada o interminable sinfo- 
nía de siglos futuros y pasados, entre dos eternidades. 
Iios que pertenecen al alma de ta Iglesia^ aunque no 
a su cuerpo visible, son más numerosos de lo que ima- 
ginamos, infinitamente más; no podemos imaginarnos 
el número de los elegidos, de las notas de la infmita 
sinfonía que suena en las lejanías inaccesibles. 

Es, pues, la Religión verdadera o católica, una cons- 
trucción palpitante inmortal; la ciudad de Dios le lla- 
ma San Agustín, como sabemos. En ella, ciudad viva, 
todo se convierte en sustancia de vida. Pretender sus- 
tui^uirla por una doctrina o sistema filosófico, es como 
querer sustituir un hombre por un raciocinio ; confun- 
dir el órgano con la función. 

II 

Esa participación de la vida antes de participar del 
pensamiento es también presentida por algunos inno- 
vadores o inventores, que no sólo nos proponen doc* 
trinas con qué sustituir la cristiana, sino también la 
constitución de una iglesia ad hoc, una verdadera reli- 
gión, aunque sin Dios; sustituyen a éste por otra cosa: 
el hombre abstracto, la humanidad, el progreso, etc, 
(Recordemos a Augusto Comple como el ejemplo más 
notorio y conocido). El conglomerante sería siempre, 
sin embargo, la conformidad de las ideas, por medio 
del raciocinio y del juicio; nunca un agente superior 



[86] 



ENSAYO S 



al pensamiento, capaz de regular y armonizar el pen- 
Bamiento mismo, y, sobre todo, a loe hombres que 
piensan, para constituirlos en una familia de herma- 
nos espirituales, bajo la paternidad de Dios. Que es 
lo que se llama Iglesia: reunión de consanguíneos del 
espíritu; hermanos en el tiempo y en la eternidad. 

Observando los pensamientos de otro, dice Emerson, 
sabemos cuáles son. Y hay entonces alguna esperanza 
de armonizarlos con los nuestros* 

Esa armonía, si la remota esperanza se realiza, se- 
ría, efectivamente, el principio de una especie de co- 
munión intelectual formada de dos o más hombres 
observadores recíprocos de sus pensamientos; pero 
convengamos en que no es eso la armonía de ahnas 
que se llama también felicidad. Esto, la armonía de 
las almas, tiene otro diapasón musical. 

Amiel, el ginebríno melancólico, amable enfermo 
de la voluntad, nos cuenta su propio mal cuando nos 
dice que **el que quiera ver perfectamente claro antes 
de determinarse no se determinará jamás". A nada es 
eso tan aplicable como a la Religión. El razonamiento 
filosófico como sola base de la nuestra es el propósito 
de no tenerla; es la irreligión. Que el espacio de una 
vida humana, así sea la más larga, no es bastante para 
lecorrer las religiones hasta dar con la Religión y su 
verdad. Nos saldrá antes al encuentro la de la muerte, 
la verdad experimental evidente. 

Acabo de leer algunos capítulos del desorbitado o 
descentrado Nietzche, otro enfermo, más grave que 
Amiel, por cierto, porque no lo es de la voluntad; no 
es sólo un melemcólico como Amiel; es otra cosa. Pero 
ese mismo Nietzche, cuya ironía, tan común en sus 
antítesis estrafalarias, es dudosa en este caso^ hace suyo 



[87] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



este consejo que dice daba Wesley Boehler, su maes- 
tro espiritual; "Predica la fe hasta que la encuentres; 
entonces la predicarás porque la tienes". 

El movimiento se comprueba andando, efectiva- 
mente; la moral, siendo bueno; la religión, siendo 
religioso. Esta es vida integral; para comprenderla es 
preciso vivirla, amarla antes de analizarla, como la 
belleza, como la musical sobre todo, cuyo reino no es 
de este mundo, según se ha dicho. (Analizar la vida 
sin vivir! • . « ¿Es eso posible? 

III 

Un día un hombre fuerte y sano quiso tocar la mú- 
sica en el órgano de tubos dorados de la enorme cate- 
dral. Los pulmones del instrumento estaban llenos de 
aire, de armonías calladas o en potencia, de espíritus 
en espera de ser llamados. El organista ciego de la 
iglesia no estaba allí. ¡El humilde organista ciego! 
¿Quién no lo conoce? 

Y el hombre fuerte y sano oprimió el teclado de 
marfil con ambas sus manos. 

Pero el órgano produjo sólo disonancias., gritos, 
alaridos, quejidos, como si las notas huyeran de un 
enemigo. 

Emprendió aquél, entonces, la tarea de desmontar 
el instrumento, para ver de dar con las armonías allí 
encerradas. 

Y se halló con el secreto de la máquina; se dio 
cuenta de cómo y por qué sonaba el aire en los tubos 
dorados. 

Pero en vano volvió, con su descubrimiento, a opri- 
mir el teclado con mayor fuerza. Salieron en tropeL 



[88] 



ENSAYOS 



de nuevo, los sonidos; pero no *'Io entre los sonidos" 
lo que estaba en potencia, en espera de ser llamado, 
sin ser ofendido. 

Y llegó el humilde organista ciego, el que todos 
conocemos. 

Y el órgano, como un grande incensario, llenó de 
armonías la invisible catedral. 



LA LENGUA INTERIOR 
I 

Si no os parece mal, dejaremos de razonar y discu- 
tir. Así creeremos en algo, y haremos algo. 

A la hora de discutir, dice Ramón y Cajal, la posi- 
ción más firme es la del eseéptico; pero a la de obrar, 
la más firme es la del creyente. Y está en lo cierto» no 
me cabe duda. 

Hamlet, el príncipe de Dinamarca, es un inagotable 
discutidor; discute con Horacio, con Ofelia, con Po- 
lonxo, con los cómicos, con los cortesanos, con su pro* 
pia madre, con los sepultureros, con todo el mundo; 
hasta consigo mismo. Ser o no ser. Eso también es un 
problema para él. Es el hombre de los problemas. 

Y, en resumidas cuentas, Hamlet no resuelve, ni 
piensa, ni hace nada; nada bueno, cuando menos; 
asiste sólo a la extinción de su desmedrada estirpe. 

Don Quijote, el caballero de la Mancha, razona muy 
pocas veces, y no discute casi nunca: afirma; predica, 
enseña, de vez en cuando. Tiene mucho que hacer: 
hacerse digno, por sus obras, del amor de Dulcinea. 
Y Dulcinea no es un problema; no es discutible, 

Sancho Panza, en cambio, es un gran discutidor, 
y dialéctico poderoso. 

No creo que haya en Don Quijote una actitud tan 
arrogante, con tenerlas tantas, como la que adopta 
cuando, recién armado caballero, de regreso a su al* 
dea, solo en los campos, se atraviesa al paso de aque- 
llos mercaderes toledanos que todos conocemos, y que 



[80] 



ENSAYO S 



iban a comprar seda a Murcia* Eran muchos: sei& 
mercaderes con quitasoles, cuatro criados a caballo, 
tres mozos de muías a pie. 

Después de afirmarse bien en lo9 estribos, y apretar 
la lanza, y llegar la adarga al pecho, el hidalgo caba- 
Uero, que ve venir aquella gente hacia él, levanta la 
voz. ¡Todo el mundo se tenga! dice imperiosamente. . . 
¡Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no con- 
fiesa que no hay, en el mundo todo, doncella más her- 
mosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dul* 
cinea del Toboso 1 

Uno de los mercaderes, celoso de su conciencia, 
como todos los mercaderes, quiere inmediatamente dis- 
cutir, argumentar. Y nada más puesto en razón por 
cierto, al parecer, que lo que dice. El muy taimado y 
socarrón pide a Don Quijote que les muestre la señora 
que dice, para "sin cargar la conciencia", poder hacer 
la confesión que el caballero les exige. 

Si os la mostrara, replica éste ya impaciente, ¿qué 
hiciérades vosotros en confesar una verdad tan noto- 
ria? La importancia está en que, sin verla, lo habéis 
de creer, confesar, afirmar, jurar y defender: donde 
no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y so« 
berbia. Que ora vengáis uno a uno, como lo pide la 
orden de caballería, ora todos juntos, como es costum- 
bre y mala usanza de los de vuestra ralea^ aquí os 
aguardo y espero, confiado en la razón que de mi 
parte tengo. 

Eso provoca en el mercader la blasfemia contra la 
belleza de Dulcinea, y la blasfemia determina, a su vez, 
la embestida del animoso caballero, y su derrumbe en 
la contienda desigual. La flaqueza de su caballo Roci- 
nante ha sido la causa de su caída, sólo la flaqueza 
del caballo: no la del brazo ni la del alma del jinete. 



[91] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Ha triunfado, pues, la blasfemia, el desprecio a la be- 
lleza. 

Estamos ante la caricatura de la fe y del heroísmo, 
como lo vemos; pero nadie, que tenga corazón, deja 
de llorar ante Don Quijote, caído y vapuleado cobar> 
demente por un mozo de muías, con gran contenta- 
miento de los mercaderes razonadores. Estos han in- 
vocado la conciencia, para no hacer la confesión de 
la belleza; pero no la tienen en cuenta al sacrificar y 
abandonar en e] camino al lastimado loco heroico. 

¿Quién ha vencido aquí? ¿Acaso el mozo de muías? 
¿O la imagen de Dulcinea? 

Hamlet, reverso de Don Quijote, discute, razona, 
declama; él ha de verificar cuidadosamente si era o 
no una verdad la sombra de su padie, el rey muerto, 
que vio en la explanada de Helsingor; la belleza misma 
de Ofelia es, para él controvertible. ¿Eres hermo- 
sa?. , . ¿Y eres honesta? . , . 

n 

Esas dos creaciones geniales, la de Shakespeare y la 
de Cervantes, encarnan y proclaman lo de Ramón y 
Cajal; la posición del escéptico es la más fuerte, no 
cabe duda, a la hora de discutir, A la de obrar, es 
otra cosa: lo es la del creyente. 

Pero no son Cervantes y Shakespeare quienes nos 
enseñan eso; son Don Quijote y Hamlet, que obran sin 
la más mínima intervención libre o voluntaria de sus 
creadores. El genio no conduce al personaje que evo- 
ca: es conducido por éL ^^Cervantes, dice Menéndez 
y Pelayo, no compuso o elaboró Don Quijote por el 
procedimiento frío y mecánico de la alegoría, sino que 
lo vio con la súbita iluminación del genio, siguió sus 



[92 1 



ENSAYO S 



pasos, atraído y hechizado por él, y llegó al símbolo 
ain buscarle, agotando el riquísimo contenido psicO' 
lógico que en su héroe había, Cervantes contempló y 
amó la belleza^ y todo lo demás le fue dado por aña* 
didura*'* 

Digamos otro tanto de Shakespeare; el grande in- 
glés no soñaba, por cierto, en las verdades a que su 
principe dinamarqués lo conducía. 

ni 

¡Razonar! ¡Argumentar! ¡Discutir!... 

Dice Anatole Franca, el muy taimado malabarista 
de palabras bellas, hablando de un elocuente persona- 
je: "Como el Diablo, este señor es un gran lógico; 
nunca razona mejor que cuando no tiene rasón". 

Y efectivamente: una boca más autorizada que la 
de Anatole France ha Ilattt&do al Diablo espíritu de 
Contradicción, 

"Del choque de la piedra y del hierro salían las cen- 
tellas; y de dos locuacidades saltan las mentiras"» 

£1 Diablo» es» efectivamente, el espíritu de la locua- 
cidad interna y externa; odia el silencio; ama el es- 
trépito; hace ruido hasta en los desiertos, en las almas 
desiertas sobre todo. 

Es ése el carácter de las lecturas ligeras que tanto 
se confunden con el estudio; muchos hombrea sólo 
leen para prepararse a hablar, no para obrar; retienen 
palabras. Y saber palabras es no saber, Y aun el saber 
no es siempre fuente de buenas acciones. 

"No se reprueba la ciencia, dice Kenipís, ni tampoco 
el conocimiento de las cosas que, consideradas en sí 
mismas* son buenas, y ordenadas por Dios; pero siem- 

[9Í] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



pfe se ha de preferir la buena conciencia y la vida 
virtuosa". 

"Y como hay muclios que más estudian para saber 
que para bien vivir, por eso yerran a menudo, y poco 
o ningún fruto bueno producen''\ 

Pero hay quien no estudia ni siquiera para saber, 
sino sólo para hablar, como hemos dicho. 

Los habladores sin fe o de convicción imprecisa, 
suelen trazar algunas páginas admirables que cauti- 
van; pero enseguida vienen páginas y páginas confu- 
sas, llenas de voces que voltean como poleas locas, y 
que uno sigue con la sola esperanza de volver a hallar 
algo que debe estar por ahí, y que, por fin, no está. 
Son tanteos* Emerson, por ejemplo, tiene mucho de 
eso; , es un admirable tantuador; toca una verdad, y 
la abandona por otra, o por otra cosa que no es ver- 
dad. £1 mismo nos lo dice: *'La longitud del discurso 
indica la **dÍ8tancia de pensamiento" que existe entre 
el que habla y el que escucha. Si estuviesen en perfecto 
acuerdo de inteligencia sobre cualquier punto, las pa- 
labras les serien inútiles. Si estuvieran en perfecto 
acuerdo sobre todos los puntos, las palabras les serían 
insoportables". 

"Dichoso aquél, dice Kempis, a quien la verdad en- 
seña por si misma, no por figuras y palabras que se 
desvanecen, sino como realmente es en sí". 

[Las bellas palabras insoportables! Dan vueltas 
como los molinos, y su fuerza centrípeta echa a volar 
consecuencias disparatadas de premisas razonables. 

Después de leer esas cosas, siente uno algo así como 
la sed de agua después de haber bebido cosas fermen- 
tadas, vino o cerveza. Se siente la necesidad de recitar 
silenciosamente el Padre Nuestro. 



L94 1 



ENSAYO S 



Si ofi parece, pues, dejaremos de razonar y discutir; 
haremos silencio, y recobraremos el uao de la palabra 
con nosotros mismos, nuestro más grave interlocutor, 
el que menos palabras nos exige. 

O, cuando más, recordemoB el silencioso discurso 
de Kempis: "Dichoso aquél a quien la Verdad enseña 
por si misma, no con figuras o palabras que se des* 
vanecen, sino como realmente es en si". 



[83 1 



NIETZCHE. CARLYLE, PASCAl! . / 
I 

Anoto algunas de las resonancias que siento en mi 
espíritu, tras la leclura de algunos filósofos que me 
he dado a releei, no sé si a estudiar, en este año que 
va corriendo,., Pero»., ante todo: ¿No habré yo 
perdido mi tiempo? ¿Qué importa que el entendimien- 
to se adelante si el corazón se queda? Yo reniego del 
sabio espiritual que no lo ea, en primer término, para 
sí mismo. 

Si uno compara, efectivamente» la gran cantidad de 
ideas y teorías sobre el alma y sus operaciones que 
hay en la cabeza de muchos de esos psicólogos, con 
las pequeñísimas o nulas que el común de las gentes 
tiene; y si advertimos después la poca o casi nula di- 
ferencia entre el corazón, la conducta^ la vida de los 
unos y de los otros, se siente muy quebrantada, pre- 
ciso es confesarlo, la confianza que uno puede tener 
en esa ciencia de las primeras causas que llamamos 
filosofía, si ya no es como auxiliar de una verdad sub- 
jetiva muy profunda. "Esos terrenales padrinos de los 
astros, dice Shakespeare, que dan un nombre a cada 
una de las estrellas fijas, no se aprovechan más de su 
claridad nocturna que los que se pasean e ignoran 
quiénes son ellas'\ 

Bien es excluyamos a los psicólogos místicos; en 
éstos, el corazón adelanta con el entendimiento, y mu- 
chas veces sin él; toman la filosofía como el medio 
de acercarse todo lo posible a la intuición intelectiva 



SNS AYO 8 



del objeto entrevisto de su amor, y, por ella, al amor 
mismo o perfección, o felicidad; envuelven en nieblas 
filosóficas transparentes la luz interior o noche serena 
en que van caminando; y siguen el brillo de la remota 
estrella sin nombre. 

Si no excluir, bien es también dar un sitio aparte a 
los que, reverso de los místicos, toman la filosofía 
como medio, no de investigar la verdadl, y mucho me- 
nos de ver mejor la entrevista, para regular la propia 
conducta, sino como fuerza de destrucción de las que 
rigen la ajena. Esos también se aprovechan, pues, de 
los raciocinios; envuelven en ellos sus inquietudes o 
tinieblas interiores, y las difunden, obedeciendo a un 
espíritu que no es el de caridad, ni lleva por el camino 
de la felicidad o perfección, 

11 

Muy interesante de observar, como ejemplar de esta 
última especie, es Federico Nietzobe, que« entre los 
numerosos negadores de la existencia de Dios, de la 
Persona y la moral de Jesucristo, y hasta de la ley 
naturali es el que más llama quizá la atención del ac- 
tual momento, por causas complejas y también muy 
dignas de observar. 

Ese extravagante novelista, que veo clasificado en 
tre los filóaofos, y hasta entre los psicólogos, por más 
que niegue la existencia del alma sustancial, es au*or 
de motivos o aforismos anticristianos en formas varias, 
y muy pintorescas, que él, sabiendo, como sabe, que 
no se destruye lo que no se sustituye, ofrece como sus- 
titutívos ventajosos de los preceptos y consejos evangé- 
licos. Poco puede adelantarse, como fácil es compren- 
der^ en esas viejas desobediencias o contraposiciones 

[97] 



7 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



entre la nada y el todo; pero como el doctrinario ale- 
mán expone su nihilismo o iiunoralismo ahuecando la 
voz, y adoptando el aire de revelador de una invención 
o descubrimiento científico experimental antimorboso; 
como nos dice que ha cavado en su espíritu cual ge 
cava una mina que oculta un nuevo metaloide, o como 
se disecan las entrañas de un conejo de ensayo en que 
se resuelve el problema de la vida y de la muerte, hay 
mucha gente que acude a ver el nuevo fenómeno psi- 
cofísico. Y, no encontrándose con otra cosa que con 
problemas metafísicos, cuya solución no está allí, por 
más que d autor jura y perjura que sí, que está y hay 
que dar con ella, no ha faltado quien ha perdido el 
juicio buscándola. Los más, sin embargo, se quedan 
sólo con una resonancia ininteligible, que revuelve las 
ideas existentes, sin sustituirlas por nada que no sea 
negación de alguna cosa. Esto, la negación de todo, es 
el único caudal ideológico de este escritor, efectiva- 
mente. O mucho me equivoco, o, si no existieran doc- 
trinas ajenas que contradecir o desmentir, Nietzche, 
tipo de muchos individuos de su especie, no tendría 
ninguna propia que exponer; nada, o muy poco, de 
qué hablar. 

Y en eso está, si bien se mira, su fuerza aparente 
de penetración, como la de muchos otros: en que no 
está obligado a demostrar nada^ porque el onus pro* 
bandi, como dicen los juristas, la obhgación o el tra* 
bajo de probar^ corresponde al que afirma, no al que 
niega. Leer a Nietzche es, por consiguiente, para quien 
piensa en algo afirmativo, ir calcando con obligacio- 
nes de probar, que nadie y muy pocos pueden cum- 
plir; llenarse la cabeza de puntos de interrogación 
burlones, que aparecen y desaparecen, y se reprodu* 



[98] 



ENSAYOS 



cen y se transforman, y se ríen de la humana impoten- 
cia, y humillan o mortifican el alma. 

Las ideas exacerbadas de Nietzche, si no toman la 
consistencia del raciocinio serio, dejan, en cambio, a 
ciertos indefensoB espíritus, en un estado de excitación 
morbosa, que sugiere la creación de tipos o personajes 
que, encarnando tales irritaciones mentales, participan 
de su fuerza llamativa, y aon los protagonistas de mu- 
chas obras literarias o artísticas, novelas y obras de 
teatro especialmente^ que difunden aquellas ideas in- 
consistentes por medio de su personificación teatral. 

Lo llamativo en esas producciones está en que no 
son obras de arte propiamente, que reproduzcan, más 
o menos estilizada, la realidad externa, el carácter 
vivo, sino realidades ideológicas muertas; son tipos 
empíricos, artificiales, máscaras alegóricas» La multi- 
tud estudia la filosofía de Nietzche, efectivamente, en 
el teatro, en la novela, y aprecia la novedad de la doc- 
trina por la aparente de los personajes o ficciones es- 
cénicas, que no son tipos sino excepciones; que no 
son creaciones artísticas, por lo tanto, realidades, sino 
apariencias; se lea oye, pero no se Ies ve. 

III 

No hay tales descubrimientos, estemos ciertos, en 
ninguna de las doctrinas y aforismos de Nietzche, que 

sólo sorprenden a quienes no conocen nada de la his- 
toria del pensamiento humano. Nietzche es un cínico, 
palabra que ha de tomarse aquí, no en el sentido co- 
rriente, que pudiera creerse, contra mi intención, mote 
injurioso, sino en el histórico. La escuela cínica íue^ 
como lo saben los escolares, la nacida en Grecia de la 
división de los discípulos de Sócrates. La fundó Artís- 



[99] 



JUAN ZORRIXXA DE SAN MAATIK 



tenes, según parece; fue Diógenes su representante 
más famoso; aquel Diógenes a quien todos conocen* 
de nombre, cuando menos, por la& anécdotas: el tonel, 
los agujeros de la capa, etc. Sus adeptos se jactaban 
de vivir en el estado natural, contra todos los hábitos 
sociales^ sin respeto a nada ni a nadie. £1 emblema 
de la sec^a era el perro. Hija de la escuela socrática, 
y madre de la estoica, la filosofía cínica proclamaba, 
con Grates, el cosmopolitismo, menospreciaba la idea 
de patria, la del respeto al hombre y aun a los dío- 
se«i, etc. Es, pues, la precursora de lo que hoy vemos 
bastante difundido, y Nietzche la repite en su inmora* 
lismo Y sus fuertes desacatos o insolencias contra todo 
lo sagrado, como reproduce a Confucio en su idea 
del superhombre, tan artísticamente estilizada por Re* 
nán, y a los políticos doctrinarios de la íuerza^ o pre- 
dominio de la moral de los señores sobre la moral de 
los esclavos, que tiene tantos precursores. Por eso es 
an ti demócrata y antisocialista; todo lo contrario de lo 
más corriente^ bueno o malo. 

Esa palabra ''cínico'^ ha tomado después su sentido 
de antonomasia; se aplica al que hace alarde de ser 
impúdico^ licencioso, desvergonzado, procaz; pero no 
hay que tomarla aquí en ese sentido, bien es repetirlo, 
sino en el de secuaz de una antigua escuela filosófica 
concreta y definida; no se dirige, como un imprope- 
rio, a la persona de Nietzche, sino serenamente a la 
doctrina que él restaurara, por más que, como es natu* 
lály es esta más chocante en el seno de las sociedades 
cristianas que lo que fue, con haberlo sido mucho, en 
el de la griega. La infinita distancia que media entre 
Sócrates y Jesucristo, el Divino Maestro, es lo que 
hace más cínico el cinismo de Nietzche. Y eg el con- 
traste^, o la que en lenguaje sociológico es llamada 



t 100] 



ENSAYOS 



"ley de singularidad", y no otra cosa, lo que ha cons- 
truido la reputación del actual vulgarizador de la vieja 
escuela, y la de las composiciones literarias, las dra* 
máticas o teatrales de que antes hablamos sobre todo* 
que en ella se inspiran y la difunden. 

Esas obras literarias, como todas las de decadencia, 
si bien tienen la virtud de hacer olvidar, por algún 
tiempo, los cánones de la belleza inmutable, no pue- 
den tener larga vida en el arte, como las creaciones 
del genio. Falta en ellas la grandiosidad, la serenidad, 
la impasibilidad^ iba a decir, que tienen éstas. Y es 
porque éstas, cuando encarnan las grandes pasiones 
humanas, no son en sí mismas una pasión o el fruto 
de un vivo deseo sensual, o congestiones patológicas, 
como aquéllas; no encarnan raciocinios paradógicos, 
audacias a príori o deseos de pasar por malo, como 
dice Nietzche, sino que emanan de la normalidad de 
las grandes almas serenas, que perciben y expresan lo 
universal que tienen en sí mismas, y que todos tenemos 
sin la facultad de expresarlo. Eso Cb genio: la sinceri- 
dad, la visión serena, penetrante, la intuición sintética, 
tan distante de todo lo que es tesis, escuela, buena o 
mala, audacia a pnori convertida en personaje teatral. 

El genio tiene la facultad de formar una imagen 
total o global, pero partiendo de elementos particida' 
res. Así como la ciencia deduce de éstos una ley, el 
arte forma con ellos un tipo viviente, no por deduc- 
ción sino por intuición. La hipótesis es el poema del 
sabio. Crear tipos particulares partiendo de ideas ge- 
nerales es obra del entendimiento, no de la inspiración, 
no del dios interior que acompaña al artista de genio. 
Los grandes tipos del arte han sido vistos en la reali- 
dad por el artista, que los ha ampliado, hasta fundir 



[101] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



muclios en uno, todos los de una especie, toda la hu- 
manidad, cuando la obra es orbital. 

Por eso Goethe no llega a Shakespeare ni a Cervan- 
tes: porque aquél es cerebral más que inspirado; Vir- 
gilio no es Homero por eso. Shakespeare por ejemplo, 
crea la persona del cinismo en un tipo por el que 
tiene predilección, pues figura en tres de sus comedias: 
el sinvergüenza de Falstaff. Es éste un cínico, no cabe 
duda; pero no de la filosofía, como los que engendra 
Nietzche y sus agentes literarios^ sino de la vida real 
que el excelso dramaturgo inglés ha visto y tocado. 
Falstaff es un amoral verdadero, hecho, no de ideas, 
sino de carne y hueso; es un perdulario nato, el cínico 
o insolente de todos los tiempos. La ausencia de sen- 
tido moral, dice Paul de Saint Víctor, se encuentra en 
él tan comprobada, que lo hace casi irresponsable. Su 
inmoralidad nada tiene de reflexión. ^'Ese hombre 
obeso representa, a su manera, la ley natural, (yo 
diría ley animal), en oposición con la ley humana". 

Ese es el tipo que perdura en el arte: el personaje o 
creación estética que, una vez firmemente vista o sen- 
tida por su creador, más que ser conducida por éste 
lo conduce. Las nacidas al calor de Nietzche son efí- 
meras, como lo es su filosofía, en que la verdad es 
conducida por el filósofo, puesta al servicio de su pro- 
pósito de parecer algo; audaz, explorador atrevido, 
buzo del alma* • * y malo, malo sobre todo« 

IV 

No hay, como hemos dicho, tales exploraciones o 
descubrimientos en la filosofía de Federico Nietzche, 
Y se explica. De Volta, el inventor de la pila eléctrica, 
a Marconi, el del telégrafo sin alambres, hay mucho 



[102] 



ENSAYOS 



camino andado, como lo habrá de Marconi al que 
venga dentro de un siglo, cuando el arco voltaico sea 
un mísero candil, y una tortuga el automóvil, y un 
ave de corral el aeroplano, y una barbaridad ciertas 
inyecciones intravenosas, o hipodérmicas, o como se 
llamen. Que yo no estoy del todo enterado, dicho sea 
en honor de la verdad, ni tengo ahora para qué. 

Pero de Pirrón o Epicuro a Nietzche no hay una 
gran distancia perceptible; tan precursor es Pirrón de 
Nietzche, como podría serlo Nietzche de Pirrón o Epi- 
curo. Hay una penetrante diferencia, bien es lo advir* 
tamos, entre los progresos de las ciencias físico-natu- 
rales y los de las metafísicas; las del espíritu, mejor 
dicho. Los primeros son obra de todos; todos somos 
observadores del mundo exterior sensible, y colabora- 
dores de la ciencia; el campesino lo es del meteoró- 
logo o del botánico, o del astrónomo y hasta del mé- 
dico; los ancianos lo son del historiador; los niños 
nos enseñan muchas veces, cuando nos obligan a en- 
señarles, y a darnos cuenta de nuestras ignorancias. 
Pero los cosmógrafos del mundo interno son pocos, y 
solitarios generalmente. No se miran sin poderosos te- 
lescopios las estrellas del abna; no se advierten sus 
fases y sus eclipses y sus estragos. Es difícil desacredi- 
tar las leyes naturales: hacer creer a un hombre que 
una piedra puede caer hacia arriba» o convencerlo de 
que puede tirarse él mismo de un balcón sin hacerse 
daño. Pero, falto de experiencia habitual, sobre las 
sanciones o consecuencias remotas., oirá, sin escándalo 
ni sorpresa, que puede ser adúltero, lujurioso, pen- 
denciero, vengativo, calumniador, soberbio, mentiroso, 
irreligioso, sin maldita la consecuencia apreciable. 

No es necesario ser un sabio, por cierto, para ense- 
ñar con provecho esa ciencia nueva del alma, que 



£103] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



llama Nielzche "moral audaz''. Los hombres, ha dicho 
Bakac, no tienen necesidad de maestros para dudar. 
La duda o la negación, ha dicho otro* crecen en las 
almas con tanta rapidez, como los cipreses al borde 
de las tumbas. ¿Y será menester, dice Massillon, que 
el arte ayude a nuestras malas pasiones, en que, por 
desgracia, nacemos tan instruidos? 

V 

A poco que se lea con alguna atención a Nietzche, 
cae uno en la cuenta del pie de que cojea: se descu- 
bre su procedimiento. Porque no es otra cosa, o mucho 
me equivoco, la filosofía que dice haber inventado: 
un procedimiento; el cristianismo al revés; desmentir 
el Evangelio; desacreditar a Jesucristo. 

El efecto que produce sobre el Evangelio para quie- 
nes lo conocen, que son sólo los que ¡o practican, no 
es apreciable, a la verdad: el sistema solar, dice Emer- 
son, no experimenta ansiedad alguna acerca de su 
reputación. No es, pues, el caso de salir, una vez más^ 
por la reputación del Evangelio, ni por el honor de 
Jesucristo, ante las doctrinas anticristianas de este 
Nie'^zche; pero su procedimiento ofrece su interés, y 
sugiere reflexiones comunicativas o pintorescas, si uno 
se defiende, como es razón, del primer movimiento de 
enojo o natural irritación que provoca^ que él quiere 
provocar, en los cristianos, con sus cínicas irreveren- 
cias contra la Persona de Cristo. Y que lo son contra 
nosotros, por supuesto, los que adoramos esa Divina 
Persona, y la amamos con amor, no sólo reverencial 
sino pasional. Hay que defenderse, sin embargo, de 
toda irritación» Desagravio no es defensa; no lo es la 
devolución de la ofensa. Desagravio es, más bien, re- 



[104] 



ENSAYOS 



sígnación silenciosa, interposición cíe la propia perso' 
na entre el ofensor y el ofendido, para recibir en uno 
mismo toda la ofensa, sin deseo de venganza. El desa- 
gravio, si ha de ser una virtud^ ha de ser compasión 
o caridad. 

Advierto que, para combinar sus reversos anticris- 
tianos^ Nielzche ha tomado muchas veces, y de prefe- 
rencia, como anverso, los admirables pensamientos de 
Pascal, a quien llama ''el más grande de todos los cris- 
tianos, por la unión del fervor, del talento y de la leal- 
tad^'. Bien es verdad que, en el mismo libro, ha dicho 
que, "ni entre las virtudes cristianas, ni entre las so- 
cráticas, figura la lealtad, que es una de las virtudes 
más jóvenes, todavía no formada". Pero es sabido 
que para estos filósofos imaginativos o exploradores, 
la contradicción o el absurdo no es pecado intelectual; 
es, más bien, una virtud. Que también el principio de 
contradicción o el de causalidad están a pique de en- 
vejecer, y de quedarse sin maldita la autoridad; lle- 
garemos a descubrir que una misma cosa puede ser y 
no ser al mismo tiempo, o existir sin causa ni razón 
que la valga. Serán axiomas más jóvenes: tres y dos 
llegarán a ser nueve en filosofía, o siete o cuatro; has* 
tará con que no sean cinco, para que sean nuevos, 
jóvenes. 

No trata Níetzche tan amablemente como a Pascal, 
por cierto, al inglés Carlyle, "viejo gruñón", embro- 
llado y pretencioso, que invirtió su larga existencia 
¡trabajo perdido! en volver románticos a los ingleses. 
Así lo dice. Pero tengo para mí que Carlyle, con ha- 
berse equivocado mucho, ha perdido menos que Nietz- 
che su tiempo y su trabajo. El dárnoslo a nosotros 
parece ser el solo objeto con que ese hombre se toma 
el suyo no pocas veces: el de obligarnos a buscar el 



[105J 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



hueso de la breva, que no lo tiene. Carlyle deja per- 
cibir, cuando menos, algún propósito positivo inteli- 
gible, y uno tiene a qué atenerse. Yo de mí sé decir 
que lo entiendo pasablemente, en general. Y de eso 
concluyo que es menos embrollado que Nietzche, sin 
por eso afirmar, por supuesto, que no lo sea en muchos 
de sus pasajes. La verdad es que lo encuentro embro- 
llado algunas veces; y no pocas contradictorio» 

Que Carlyle es menos pretencioso que Nietzche, eso 
sí me parece fuera de duda, como lo es que no siem- 
pre fue viejo. Ks gruñón, convengo en ello; fue siem- 
pre un poco gruñón; debe de haberlo sido de naci- 
miento; gruñón con todo el mundo; con el Pontífice 
Romano sobre todo, a quien, como empecinado lute- 
rano que es, no trata con simpatía, ni con el debido 
respeto* Pero yo, aunque buen amigo del Papa, como 
católico romano que soy, felizmente, me inclino a per- 
donar eso y mucho más al malhumorado inglés, y 
hasta llego a creer útil su lectura para mucha gente. 
No para todos, es la verdad; no para todo el mundo. 
Pero como son pocos los capaces, al mismo tiempo, 
de deleitarse con la lectura de Carlyle, y de sentir la 
influencia perniciosa de sus errores, creo que éstos son 
menos dañinos que las maledicencias filosóficas del 
alemán, tan fáciles de penetrar, como toda maledicen- 
cia, por estas nuestras orejas pecadoras. 

VI 

Conviene adverlir aquí que no sin mucha causa 
mira Nietzche de tan malos ojos y destrata al inglés 
Carlyle. Con ser éste el más alemán de los ingleses, es, 
espirituahnente, el polo opuesto de Nietzche, entre los 
no cristianos. Que no lo es Carlyle, como no lo es 



[106] 



ENSAYOS 



Renán, ni ninguno de los simples admiradores de 
Cristo Nuestro Dios. Admirar a Jesucristo es sólo una 
ingenuidad; no una Religión, ni cosa qne se le pa- 
rezca. 

£1 autor de Los Héroes es el respeto, el acatamiento 
a todo lo que es realmente superior, que él reconoce 
y acata, y obedece, como revelación de la Divinidad. 
Carlyle ve en la obediencia a quien tiene derecho a 
ella, la mayor dignidad del hombre, como ve en lo 
contrario, es decir^ en la desdeñosa soberbia, lo más 
opuesto al orden, y a la humana dignidad* Aun supo- 
niéndote a ti mismo superior a todos los hombres, o 
hombre o superhombre, siempre llegarás a tu límite, 
tropezarás en el muro de tu propia naturaleza. 

"El corazón humano, dice Carlyle, no abriga senti- 
miento más noble que éste de admiración que senti- 
mos hacia uno más alto que nosotros mismos^'. Lo son 
para él los héroes, es decir, aquellas personas en quie- 
nes se percibe un reflejo de la Divinidad, que en ellas 
es adorada, como lo ha sido en las mismas cosas por 
una gran parle de la humanidad: en el sol y las estre- 
llas, en los árboles, en los fenómenos de la natura^ 
leza. en todo el misterio del universo. Ascendiendo en 
la escala de las criaturas, llega Carlyle hasta el hom- 
bre heroico, en que converge y adquiere su plenitud 
ese sentimiento de acatamiento ante lo que nos revela 
al Creador. 

Pero en el límite de esa escala, en la niebla de la 
montaña, se encuentra Carlyle con el misterio hecho 
hombre, el Divin« Heroísmo, y se detiene a mirar ha- 
cia atrás. 

"El más grande de todos los héroes, dice, eñ Uno 

que no nombraremos aquí. Dejad que el sagrado del 
silencio medite sobre materia tan sagrada, y hallare- 



[107] 



JUAN ZOHRILLA DE SAN MARTIN 



mos que Él es el último resultado y suma perfección 
de un principio inmanente y constante de toda la his- 
toria del hombre sobre la tierra'\ 

Es ésa, más o menos, la idea que, en íorma nove» 
lesea, ha desarrollado Ernesto Renán, que, como pen- 
sador, no me inspira el mismo respeto que Carlyle; 
pero que, como orfebre o cincelador de la palabra, ha 
difundido, más que el inglés^ ese concepto anticristia- 
no. Lo es, no nos quepa duda; 68 un concepto anti* 
cristiano muy pernicioso; tanto o más que la irreve* 
rencia de Nietzche. 

Por más larga que sea la distancia de todos los hé- 
roes en que coloque Carlyle a ese Héroe misterioso^ 
"el de la voz más grande que jamás se oyó en este 
mundo", como él dice, siempre será perceptible, para 
el cristiano, su grave error filosófico, de no percibir 
solución de continuidad entre la admiración y la ado- 
ración. En la escala del conocimiento natural, se pasa 
de la ignorancia a la duda; de ésta a la opinión; de 
la opinión a la certeza, Pero de todo esto no se pasa 
naturalmente a la evidencia de la fe; la fe es otra 
cosa; está en otra escala, Jesucristo no está en la de 
los héroes; no es la forma divina más perfecta^ ni aun 
la infinitamente perfecta, del hombre. Jesucristo no es 
el hombre divinizado, sino Dios humanado, como to- 
dos los cristianos sabemos. Es una cosa muy distinta. 
Carlyle no ve eso; no puede verlo, por razones que yo 
me sé, con bastante claridad. 

VII 

Pero no importa; bien puede perdonársele su error, 
en obsequio a ese silencio sagrado ante la Persona 
heroica de Jesucristo, que lo distingue de Nietzche. 



[108] 



ENSAYOS 



Lo que éste quiere, efectivamente* es todo lo con- 
trario de Cariyle, su "viejo gruñón"; quiere no hacer 
silencio ante el Héroe misterioso; interrumpir el del 
hombre que adora humildemente; romperlo con gritos 
descompasados, con improperios contra la Persona de 
ese Héroe Divino y su Evangelio. Quiere desmentir en 
Él a la humanidad; más que desmentirla^ tratarla de 
insensata porque cree en £l; contarle lo que sabe a 
ciencia cierta, como explorador audaz de las profun- 
didades de Dios, de Jesucristo, a quienes conoce como 
nadie, y puede tratar como a la humanidad misma; 
cínicamente, sin respeto ni consideración algunos; 
quiere desacreditarlos, descubrirlos^ mejor dicho, a los 
ojos de todos. 

Yo no puedo leer esos desdenes o confianzas de 
Nietzche para con la Divinidad, sin recordar a cada 
paso el tipo genérico, tan conocido y clásico, del que 
se jacta de su familiaridad con los personajes ilustres 
ausentes, a título de que son sus parientes, tios, cuña- 
dos, o amigos de infancia; los tutea, se ríe de ellos, 
de su reputación o de bu gloria; se rie porque los 
conoce bien; ha comido a su mesa; ha disputado con 
ellos; Ies ha dicho tal y cual cosa, que reproduce lite- 
ralmente, para probar su trato de tú por tú; revela 
sus flaquezas con grandes risas. Los que están acos- 
tumbrados a respetar a los ilustres ausentes se quedan, 
algunas veces, como quien ve visiones. 

El loco aquel que aseguraba estar en corresponden- 
cia epistolar, "a media correspondencia", con la reina 
de Inglaterra* pues le escribía cartas familiares por 
todos o casi todos los correos, tiene también algo de 
la filosofía de que Federico Nietzche es hoy exponente 
favorito. Bien es verdad que el loco decía no estar sino 
media cifirespondentía'* con la reina, es decir, que 



[1(*9] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



ésta no contestaba ninguna de sus cartas; pero en el 
mismo caso está el filósofo: Dios no le contesta, estoy 
seguro. 

No todos lo están, por lo visto: no todos están se- 
guros de que Dios no conteste a Federico Nietzche. Es 
mayor de lo que parece el número de los que creen 
que ai, que recibía contestaciones que autorizaban sus 
desdenes. 

Y es en estos hombres donde con gran facilidad 
arraiga esa filosofía negativa y desdeñosa, me parece; 
en los numerosos, ¡tan numerosos! aficionados a razo- 
nar con poco trabajo, y convencidos de que la verdad 
que no fluye inmediata y fácil del raciocinio elemen- 
tal, más o menos ajustado, no es verdad. El número 
de esos hombres es muy considerable, infinito, infini- 
tm est numerus; aceptan las revelaciones negativas^ 
por inercia o indolencia mental, o falla de energía 
suficiente para sobrellevar el onus probandi de las 
afirmativas, muchos de las cuales, dicho sea en honor 
de la verdad, no son más demostrables que aquéllas 
por la simple razón natural. Las verdades indemostra- 
bles que rigen nuestra vida física nos dan una idea 
de las superracionales que presiden la espiritual del 
hombre. Ya hemos dicho, y es bien lo repitamos y fi- 
jemos* que la fe religiosa no es un peldaño más en la 
escala formada por la ignorancia, la duda, la opinión, 
la certeza deductiva. La fe no es un estado del alma 
precedido necesariamenle por esos grados de conocí- 
miento^ duda, opinión, etc.; es una evidencia sin pre- 
cursores; sale de la conciencia, con raciocinios o sin 
ellos, como la ola emerge del océano; aparece a nues- 
tros ojos internos, con la aurora, como la diosa mito- 
lógica emerge sobre el azul del mar: en la plenitud de 
m serenidad y de su fuerza; en la verdad indiscutible 



[110] 



ENSAYO S 



de su belleza. La fe es un ambiente de luz intensísima 
que nos compenetra de claridad. Uno se da cuenta de 
que no ve, porque ve demasiado; no por falta de luz, 
sino de ojos capaces de soportarla. Los ojos se cierran, 
y se ve al través de los párpados. 

Eso es la fe; el que ve por ella, más que poseedor, 
es poseído de la verdad. El credo que nace del solo 
raciocinio, de la duda disipada por la opinión, de ésta 
hecha certeza, está expuesto a disiparse volviendo a su 
origen, a la duda, a la negación, a la ignorancia o 
noche de que procede. La fe obra en sentido inverso; 
no sube del abna, sino que desciende sobre ella, y la 
coloca en una región remotísima, fuera del alcance 
del raciocinio filosófico, y de sus inquietudes y sobre- 
saltos y peligros. 

Ya recordamos cómo los mismos axiomas enveje- 
cen: cómo, filosóficamente, corremos el peligro de 
llegar a saber que tres y dos no son cinco. 

No es esto decir, claro esti, que la fe sea una cosa 
irracional; eg un estada de espíritu, si tal puede lia* 
marse, superior, pero no contrario a la razón; más 
fuerte que ella. Por eso aceptamos, como una ley di- 
vina, esa de la humanidad que Carlyle ve cumplida en 
el culto que el hombre rinde a los héroes, y que Nictz- 
che juzga "cosa embrollada". Esa es la fe del instinto 
iicional, que el bruto no tiene; que caracteriza el del 
hombre, único ser adorante en la creación, "animal 
religioso", el único animal que enciende fuego. 

VIII 

Entre Nietzche y Carlyle, nos quedaremos, pues, con 
Carlyle, sin por eso dar toda nuestra fe. por supuesto, 
ni al uno ni al otro. Yo no sé si Carlyle persigaíó o 



[111] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



no el propósito de volver románticos a los ingleses: 
pero él quiso, cuando menos, ponerlos en armonía con 
la humanidad: desde la que adoraba al sol y a las es- 
trellas, y a los árboles y a los pájaros, a todas las cosas 
naturales perceptibles, hasta los que adoramos en ellas 
al Autor del Universo: de los árboles, del sol, de los 
hombres heroicos, y, como Francisco de Asís, sentimos 
"el cántico del hermano soY\ y de las otras estrellas, 
y del a^a, nuestra hermana suplicante y buena« 

En cuanto a Pascal, el francés, éste es otra cosa. 
El más grande de los cristianos le llama Nietzche. Yo 
no diré que sea el más grande ; pero sí que es un gran 
cristiano, y que fue un hombre genial, con la claridad 
profunda, y la luminosa sencillez que imprime su ca< 
rácter a tales videntes de si mismos. También diremos 
que era un filósofo, lo que se llama un filósofo, sabio 
para sí propio ante todo. Él dedujo de lo limitado de 
la ciencia, aun de la matemática, que profundizó como 
muy pocos, según es sabido, lo ilimitado de la nescien^ 
cia; vio salir, con claridad, de lo numerable, lo innu* 
merable o infinito; de la realidad de las cosas, la rea* 
lidad misteriosa de lo entre las cosas. Las ideas de 
Pascal fluyen de las formas, como espíritus libertados, 
con los desaliños del esbozo o las ingenuidades homé- 
ricas que, en los tiempos modernos, encontraba tam- 
bién Shakespeare en lengua inglesa, y Santa Teresa 
de Jesúsj la homérica Santa Teresa, en una lengua que 
ella entendía, y que sólo los que hablamos en español 
tenemos la suerte de poder adivinar, y, por adivina- 
ción, entender, más o menos, según nuestra experien- 
cia espiritual. Los que no la tieiíen no la entenderán, 
como ella misma lo dice. 

Y nadie menos apto para dar con eso, que el rebus- 
cador de audacias o paiadojas, el audaz a priori, que 



[ 113] 



ENSAYO S 



se empeña en pasar por malo. Pascal no quiere pasar 
por nada, ni por malo ni por bueno. Santa Teresa 
tampoco ... es decir, Santa Teresa sí ; ella quiere pa- 
sar a todo trance por mala, y por ruin, y por tonta; 
por mala sobre todo, por '*la más flaca y ruin que 
lodos los nacidos"» Así lo dice ella misma. Y no lo 
hace para llamar la atención, ni engañar a nadie, por 
cierto, sino porque se cree realmente tal, la muy santa; 
mala e indigna de las mercedes de Dios; tonta e inca- 
paz de pensar ni hacer nada a derechas. Pero no se 
lo creemos; nos pasa con ella lo que con Nietzche, o 
cosa parecida: no nos la pega; vemos muy bien la 
proximidad de Dios que ilumina a esa mujer, todo 
armonía y resplandores de inteligencia; la más fuerte 
y generosa, puede ser, entre las mujeres nacidas en 
pecado original; la que» con más títulos que Pascal, 
cuando menos, podría ser llamada la más grande de las 
cristianas, por la unión del fervor, del talento y de la 
lealtad, como dice Nietzche. Bien es, sin embargo, nos 
guardemos de semejantes promociones, si ya no es 
como forma ingenua de un grande entusiasmo o de- 
voción. 

IX 

Es el caso de que elijamos, en Nietzche v en Pascal, 
aunque sea al azar, dos pensamientos análogos, que 
nos den ocasión de apreciar la diferencia entre la in- 
genuidad genial y los reversos o contrastes de artificio 
inteligente. Dejaremos a Santa Teresa, que es otra 
cosa, para mejor ocasión: la dejaremos en su sublime 
ignorancia, maestra de los sabios. 

"Una gota de sangre más o menos en el cerebro, 
dice Nietzche, puede hacer nuestra vida en extremo 
miserable y desdichada. Esa gota nos hace padecei" 

[113] 

a 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



más que el águila a Prometeo. Pero eso es más espan- 
toso, cuando no se sabe que la gota es la causa, y se 
cree que es el diablo o el pecado''. Claro se advierte 
en esto la negación de ia culpa original, dogma bá- 
sico del cristianismo, y del de la Encarnación del 
Verbo que lo supone, y el de la Redención, y el de la 
Persona Divina y Humana de Cristo Redentor. 

Pero he aquí un hombre de ciencia, ciencia de las 
primeras causas o filosofía^ que no sube más allá de 
la gota de agua, como causa primera, en la investiga- 
ción de las de la muerte. Tropieza en una gota, y en 
ella se queda, como el mar en un grano de arena, el 
mar que no raciocina, que "no sabe nada". Este debe 
ver, también, en el grano de arena que lo ata en la 
playa, la sola causa de su impotencia para seguir; no 
en la eterna ley de equilibrio del universo que lo 
mueve. Y mucho menos, por supuesto, en la voluntad 
del Legislador, que toda ley presume. 

Nietzche no se da cuenta, por lo visto, de que no- 
sotros, los cristianos, Pascal como todos los demás, 
chicos y grandes, sabemos que el diablo, con ser el 
diablo, no es otra cosa que una gota, una mísera gota 
de fuego pensante, apagada por la soberbia, o primor- 
dial desobediencia; que todos los seres creados, los 
visibles y los invisibles, no son otra cosa que gotas, 
un diluvio de gotas que golpean en los cristales de la 
casa habitada por el tiempo, cosa invisible, o no cosa. 
Y que en nada se diferencian las unas gotas de las 
otras, por estrepitosas que sean, ante el eterno silen- 
cio. Los cristianos sabemos que toda cifra es cero, 
ante lo infinito, y que éste, lo indemostrable, lo in- 
comprensible, está entre el cero y la unidad: la crea- 
ción. 



[114 1 



ENSAYOS 



El mosquito que pasa por el aire, sonando su clarín 
de plata, después de picar el cuerpo de un perro 
muerto, es tan poderoso como el ángel exterminador 
que suena su trompeta de oro; distribuye aquél la 
muerte, que es la eterna armonía de la justicia, con su 
tenuísima trompa, con tanta eficacia como el arcán- 
gel con su espada de fuego. 

Hay también arcángeles y mosquitos que llevan la 
vida, recogida en la palabra, en el Verbo, a través del 
tiempo y del espacio. Pero ninguna de esas criaturas 
es grande ni es pequeña en absoluto: ninguna de ellas 
es causa* "Causa" y "criatura" son términos que se 
excluyen. 

X 

El anverso del efímero pensamiento de Nietzche, es 
el de Pascal, tan conocido de todos o casi lodos: "El 
hombre no es sino una caña, la más débil de la na'^u- 
raleza; pero es una caña -pensante. No es necesario 
que el universo entero se arme para aplastarla» Un 
vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero, 
aunque el Universo lo aplastara, siempre el hombre 
sería más noble que lo que lo mata, porque el sabe 
que muere j mientras que, de la ventaja que el Uni- 
verso tiene sobre el hombre, el Universo no sabe 
nada"* 

Esa serenidad, que imprime a los pensamientos del 
genial francés la nota del recogimiento, es humildad, 
virtud cristiana por excelencia. Ese hombre parece ha- 
blar a solas consigo mismo; le sorprendemos sus mo- 
nólogos desde la habitación inmediata, o, mejor dicho, 
sus diálogos con ese tú interior^ interlocutor de los 
genios, de que nos habla Novalis. 



1 115 ] 



JUAN ZORRUNA DE SAN MARTIN 



;Qué desdichado intérprete!, dice Nietzche, sin em- 
bargo, refiriéndose a PascaL ¡Cómo tiene que forzar 
y retorcer su sistema! ¡Cómo tiene que forzarse y 
atormentarse a si mismo para conservar la razón! 

Todos sabemos que Pascal, en lo tocante a su origen 
y a su destino, no tuvo un sistema propiamente, como 
Nietzche, sino una fe, lo contrario de un sistema. Y 
que no murió forzado ni atormentado, sino en una 
lúcida armonía de sus facultades extraordinarias, in- 
telectivas, volitivas, intuitivas: en plenísima paz. 

El que no pudo conservar la razón fue el pobre 
Nielzche, que murió loco, como sabemos, después de 
enloquecer a no pocos, picados de su aguijón de mos- 
quito o de arcángel, que es lo mismo. La gota de 
sangre o de agua en su cerebro, la sola y última causa 
para él, acabó con su entendimiento, v murió sin saber 
que moría, como el Universo que no sabe nada. 

La gota de sangre o de agua que halla la autopsia 
en el cerebro del cadáver^ y en que Nietzche ve la pri- 
mera y última causa de morir, tiene también su ley, 
sin embargo, como parte que es del Universo; es una 
criatura que obedece, aunque sin saberlo, como la gota 
de fuego que se desprende del cosmos, o de la nebu- 
losa generatriz, y, unida al diluvio de los seres, se 
incorpora a la magnifica obediencia de las armoniosas 
constelaciones, Y el orden universal la lleva, cpn ca- 
dencia y número, al través del tiempo y del espacio, 
en que las profundidades, en todas direcciones, con- 
tienen uni\ersos^ diluvios de gotas que no piensan, y 
de cañas que piensan^ hombres y estrellas. 

El pensamiento de Pascal, el roseau pensante parece 
de una simplicidad lal, que se dijera vacío, candoroso 
como el dibujo coloreado de un niño. Creo que es ese 
candor, precisamente, lo que impresiona a Nielzche, 



[116] 



ENSAYOS 



y lo desorienta^ y lo irrita. Tiene la inmovilidad de los 
lagos de montaña; es de e&os pocos pensamientos que 
hacen pensar, y quedan en la memoria, entre millares, 
como último refugio del espíritu, después de recorrer, 
con fatiga y malestar, los laboriosos raciocinio*! sobre 
el alma y sus operaciones^ que no llegan a nada que 
signifique un término. 

Y es preciso terminar^ llegar, dejar de andar alguna 
vez, descansar» 

Las ideas que en mí ha revuelto la lectura de los 
filósofos quedan, por fin, girando en torno de esa in- 
genua frase de Pascal, que Nietzche juzga retorcida, 
y que yo encuentro tan serena y consoladora como 
una palabra inolvidable que nos hace compañía. 

Sentirse caña pensante en medio del Universo es 
darse cuenta de la propia divina grandeza, y sentir la 
proximidad de la vida que se va viviendo, con una 
Providencia invisible que la sostiene y la conduce, y 
la incorpora a la vida universal eterna. 

Soy muy pequeño para que Dios se ocupe en mí, 
dijo el hombre vacilante, 

¿Pero concibes tú las nociones de "grande" y de 
"pequeño", oh beimano, caña pensante, con relación 
a lo inmenso? 

La semilla del cardo, con relación a Dios, es tan 
grande como el gol, porque ambos, a la infinita dis- 
tancia, son infinitamente pequeños, la semilla y el as- 
tro, 

Y la caña que piensa es un universo, *^una nada 
con relación a lo infinito^ pero un todo con relación 
a la nada", como dice el mismo Pascal; es del tamaño 
del ángel. Microcosmos^ dice Novalis. 

Imagínate que sólo exi$tieran dos seres en la crea- 
ción: Dios y tú. Esa imagen no pugna con la verdad 



[117] 



JUAN ZORRILLA DE SAK MARTIN 



metafísica absoluta; se compadece con ella. Puedes 
detenerte en ella con confianza. Sentirás consuelo en 
algún desamparo* 

Solos Dios y yo. . * La aparición de un nuevo ser al 
lado mío no modifica en lo más mínimo la relación 
entre yo solo y Dios solo. Por más seres que agregue?., 
la proporción será la misma. 

Tu propia infinita pequenez, oh hombre, caña pen- 
sante, es la medida de tu grandeza. Eres tan grande 
como el sol, como el mayor astro, porque éste es tan 
pequeño como tú, al lado de Dios en quien estás. 

Y si estás hoy, has estado ayer, y estarás mañana; 
has estado y estarás siempre. Dios es todas las cosas; 
lo es desde la eternidad. La eternidad es Dios, lo sólo 
existente en absoluto* El tiempo es nada, una rela- 
ción. . . nada; el espacio.», nada. Como lo chico y 
lo grande desaparecen ante lo inmenso, el ayer, hoy 
y mañana se disipan ante lo eterno. 

Y si tú has estado en Dios^ Dios no podía verae y 
amarse totalmente a sí mismo sin verte y amarte a ti, 
criatura inteligente, grande y pequeña como el astro, 
pero no semejante al astro, sino semejante a Dios. Te 
amaba antes de que pudieras amarte a ti mismo, e in* 
finitamente más, como si sólo Él y sólo tú existieran 
en el universo; como ai Dios no tuviera otra cosa en 
qué pensar sino en ti. Y esa relación persiste y per- 
sistirá. 

Encerrado en ese pensamiento, oirás con serenidad 
a esos hombres que pasan por el tiempo agitando sus 
blasfemias, y se pierden en el eterno silencio. 

Y sentirás el viento de eternidad que pasa sonante, 
cantando un salmo, entre las cañas pensadoras de que 
formas parte, caña pensante, criatura que enciendes 
fuego, semejante a Dios. 



[118] 



DE LA fflSTORIA 
I 

Hay mucho de verdad en todo eso que de la historia 
suele decirse: que es la maestra de la vida, el oráculo 
de los tiempos^ y lo demás que sabemos. Pero puede 
también considerármela, y es para mí su aspecto más 
interesante, como la memoria o la conciencia, o la 
persistencia de xm yo personal, en las entidades colec- 
tivas, pueblos, naciones, estados políticos o repúblicas, 
que han pasado y pasan por el tiempo; aun la de la 
humanidad toda entera, que es también una persona. 

La vida del género humano, en concepto de San 
Agustín, desde la creación de Adán hasta la consuma- 
ción de los siglos, debe apreciarse como la de un solo 
hombre, que nace, crece, se desarrolla y llega a la ple- 
nitud de sus fuerzas. Pascal tiene un pensamiento aná- 
logo: "La serie de las generaciones, diee, durante el 
curso de los siglos, ha de considerarse como un solo 
hombre, que siempre subsiste, y se educa continua- 
mente". 

En el hombre, es la memoria la que suministra sus 
elementos anímicos a la facultad intelectiva para que 
construya sus juicios y sus raciocinios. Que nada hay 

ni puede haber en la inteligencia, como es sabido, que 
no haya pasado por los sentidos, y quede guardado en 
la memoria o sentido interno. Esta da sus materiales 
de construcción a la fantasía, que forma de ellos sus 
arquitecturas de imágenes creadoras de las fuerzas o 
pasiones, motoras de la voluntad y conductoras del 
hombre. Sin memoria no hay pensamiento; sin pen- 



1119] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MASTIN 



f^amiento no se concibe el ser humano ; "sería un bruto 
o una piedra**. 

El síntoma clásico de la demencia, de la locura, en 
una peí sena, es, en efecto, la carencia de memoria. Esa 
falta denuncia la de un yo permanente, consecuente 
consigo mismci, al través de las variaciones de las co- 
sas; recordar, en cambio, es vivir, permanecer, conti- 
nuar. . . 

Las mismas creaciones del genio son un recuerdo. 
No han visto bien las cosas los que han creído ver re- 
laciones entre el genio y la locura. £s precisamente 
todo lo contrario. El genio se abstrae; el alienado 
se distrae. La abstracción ausenta de los demás; ]a 
distracción ausenta de si mismo. 

Todo eso puede y debe aplicarse a las agrupaciones 
humanas naturales de que hablamos. La que no tiene 
una memoria colectiva, no ea propiamente un pueblo. 
Las agrupaciones trashumantes de hombres salvajes 
no son una persona política, por eso precisamente: 
son entidades sin uso de razón, por falta de memoria; 
sin historia propia, o más claramente, sin conciencia 
de haberla tenido; ausentes de sí mismas. Colectiva* 
mente consideradas^ son como las bandas de pájaros, 
llevadas por una fuerza que no es una conciencia, ni 
siquiera una voluntad. Las tribus inorgánicas son un 
conjunto de energías movidas por una fuerza no in- 
manente, exterior, sin perjuicio, por supuesto, de la 
libertad y responsabilidad del destino superior indivi- 
duales, de los hombres que forman la agrupación, y 
que los pájaros no tienen. 

II 

La primera historia fueron los ancianos; la autori- 
dad, casi sagrada, que les atribuían los pueblos pri- 



[120] 



mitivos, de eso procedía; eran la conciencia de la per- 
sona colecliva, su permanencia. Y ésa es la verdadera 
y natural historia; las otras, las escritas, son hechas 
para suplirla* Todo historiador ha de tener siempre 
algo de un anciano^ de un testigo. Que la historia es 
la ciencia experimental por excelencia. 

Supongamos un viejo de cuatro mil años, pero due- 
ño de todas sus potencias y sentidos, de su memoria*, 
de su entendimiento, de sus pasiones, de su palabra; 
un sobreviviente perpetuo, que nos cuenta sus recuer- 
dos, y nos da sua impresiones y juicios. 

Ese personaje, que sería el historiador perfecto, no 
existe en la realidad; pero el mejor historiador de los 
posibles será el que más se le parezca; no tanto el que 
documente, narre o discuta los hechos que pasaron, 
cuanto el que sepa crear o llamar a ese viejo extraor- 
dinario, y hacerlo vivir y hablar, o llevar la mano del 
que escribe, 

Homero, Tácito, Shakespeare, Cervantes, eran de 
esos historiadores. Aunque faltan en sus relatos mu- 
chos sucesos y personajes oficiales^ sus historias son 
completas, y nada dejan que desear. 

Que en la historia hay otros personajes además de 
los oficiales, personajes que no están en los archivos, 
no nos quepa duda, y son más históricos que los que 
están; más importantes y expresivos. Don Quijote es 
tanto o más histórico, me parece, que Felipe Segundo, 
con ser éste de lo más histórico y documentado y dis- 
cutido que darse puede; Don Quijote lo es más, sin 
embargo, más histórico. £s más heroico y glorioso Don 
Miguel de Cervantes Saavedra que su contemporáneo 
don Juan de Austria, su compañero en Lepanto^ con 



[121] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



ser don Juan de Austria un héroe de primera magni- 
tudy como es sabido, y una gloria bien documentada. 

III 

El modo de dar con esos personajes no archivados, 
para hacer la historia fidedigna, no está al alcance de 
lodos, a buen seguro. No lo está, por ejemplo, al del 
más diestro en descubrir archivos y papeles, y en cla- 
sificarlos» Este, con sólo su destreza y prolijidad y 
buena vista, no hubiera dado jamás con ese Don Qui* 
jote que descubrió en la historia Don Miguel de Cer- 
vantes, ni aun con el mismo Cervantes quizá, porque 
el archivista, obrero benemérito que arranca de la 
dura roca el mineral, o extrae el lingote que otros con- 
vierten en moneda, no es la memoria del pueblo que 
se acuerda de sí propio; no es historiador*, por lo 
tanto, es decir, acuñador de efigies vivas, creador de 
ancianos sobrevivientes; no es artista» 

Y la historia ha de ser, ante todo, obra de belleza o 
de arte^ es decir, de invención o descubrimiento de 
espíritus visibles, de la verdad trascendental contenida 
en un cúmulo de verdades. 

Una página bella, dice Amiel, tiene diez veces más 
valor que el descubrimiento de un hecho o la rectifi- 
cación de una fecha... Porque una página es bella, 
gracias a una especie de verdad más verdadera que el 
registro de los hechos auténticos. . , También pensaba 
así Rousseau, cuando decía que, "un cronista puede 
encontrar algo que rectificar en Tácito; pero Tácito 
sobrevive a todos los cronistas". Y sobrevive, a mi en- 
tender, porque vio lo sobreviviente, lo esencial que 
permanece; dio con la causa que, reproducida, pro- 
duce los mismos efectos. 



[1221 



ENSAYOS 



Decir, pues, que la historia es obra de arte, es decir 
que lo es científica por excelencia, labor de investiga* 
ción de la verdad o realidad recóndita^ que está en 
todas las cosas y en todos los hechos como su esencia, 
y a la que se llega por medios experimentales, de ex- 
periencia no sólo exterior sino interior, ijiuy difíciles 
de apreciar. No siempre son los más eficaces los que 
más lo parecen. 

IV 

Ramón y Cajal ha consagrado un libro a la juven- 
tud española, para darle Reghs y Conceptos sobre la 
Investigación Biológica, o ciencia de la vida. Se dan 
en él reglas tan aplicables a la investigación histórica^ 
que uno se convence de todo lo que la historia tiene 
de ciencia experimental, ciencia de la vida, precisa- 
mente, porque es obra, en gran parte, de exploración 
imaginativa, de hipótesis comprobada. La hipótesis ha 
sido llamada, no sin mucha causa, 'VI poema del sa- 
bio'', como podríamos llamar al poeta el biólogo del 
alrn*í 

Cajal se propone el problema de si debe o no ago- 
tarse la bibliografía, leer todos los libros posibles, an- 
tes de comenzarse la investigación de laboratorio, para 
no perder la originalidad, o evitar los redescubrimien- 
tos* Analizando la influencia y reconociendo las bri- 
llantes adquisiciones que debe la ciencia al azar, a la 
casualidad, cita la frase de Duclaux: ^'la casualidad 
no sonríe al que la desea, sino al que la merece^\ 

"Y es preciso reconocer, dice el fuerte histólogo 
español, que sólo merecen esa casualidad, a la que 
tanto debe la ciencia, los grandes observadores, por- 
que ellos solos saben solicitarla con la tenacidad y per- 
severancia deseable5'\ Y cuando obtienen "la impen^ 



[123] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



seda revelación'', sólo ellos son capaces de adivinar su 
trascendencia y su alcance* 

Es lo que ocurre en la investigación histórica; sólo 
el dar con la trascendencia y el alcance de un hecho 
es conocer el hecho, merecerlo* 

Una vez identificado por la simpatía, con el héroe 
que vivió en la tierra, el historiador tendrá sus reve- 
laciones; pero a condición de haberlas merecido, es 
decir, después de haber penetrado la naturaleza de 
aquel hombre o pueblo, su carácter, sus gestos, y haber 
sentido en sí mismo el estremecimiento del motor pro- 
fundo de los actos de aquél. £1 héroe sobrevive en el 
rapsoda. 

Ese paso del a^ar o casualidad al descubrimiento 
biológico tiene una chocante analogía con el paso del 
documento, del dato, a la verdadera investigación his- 
tórica, al descubrimiento histórico, mejor dicho, que 
es la adivinación de la trascendencia o el alcance de 
un hecho. La historia es así una ciencia, como es un 
arte la ciencia del hboratorio: la confirmación de la 
hipótesis. 

V 

No estuvo en lo cierto, me parece, el histólogo es- 
pañoL como no lo están tantos otros que juzgan ser 
sólo sabios los que lo son de la química biológica, 
cuando dijo que "la literatura y la historia son artes 
de recreo y atracción, para los que sobran eruditos y 
comentadores"; él mismo rectifica esa ligereza^ cuando 
nos habla de los historiadores que, con los juristas, 
filósofos y psicólogos, "han importado de Alemania 
el secreto de la investigación positiva y exacta". Esa 
fusión de] historiador con el fisiólogo, y del psicólogo 
experimental con el jurista, nos prueba la unidad de 



[124] 



ENSAYOS 



agente en la ciencia y en el arte, en la historia y la 
epopeya- Lo que pasa en la ciencia del laboratorio^ 
electivamente, ocurre mucho más en el arte de la his- 
toria. Es constante el hallazgo de documentos que con- 
firman hechos o verdades sabidos sin ellos, por adivi- 
nación o visión deductiva del historiador que la me- 
rece. Este los recogió de boca del héroe invisible con 
quien habló personalmente, con quien se identificó por 
la simpatía, a fuerza de observarlo con el amor o la 
tenacidad que hace podamos oirle la voz, verle el co- 
lor de los OJOS, y la expresión de la vida» Así se llega 
a saber del héroe más acaso que lo que éste sabe de 
sí propio. Que, como es sabido, los héroes o los genios 
se ignoran a sí mismos. 

Ese héroe puede ser individual, un hombre de carne 
y hueso; pero también puede serlo colectivo, y aun 
abstracto : un pueblo, una época histórica, que también 
tienen su fisonomía, su gesto, su carácter, su motor 
recóndito, que no siempre están en los hechos más 
visibles y comprobados, ni en las personas más al 
alcance de la mano. 

Se dijera muy profundo aquello de que "así como 
la política es la historia del presente, la historia es la 
política del pasado"; que dijo Freeman, si mal no re- 
cuerdo; pero ese pensamiento es menos intenso de lo 
que parece. La historia o memoria colectiva de un 
pueblo, es más que su política, no nos quepa duda. La 
política suele ser un efecto, y la historia es tanto más 
historia cuanto más es investigación de las causas; 
raciocinio, inducción, penetración, visión intelectual, 
ciencia y arte compenetradas. No ha de confundirse 
una crónica con una historia, como no se confunde un 
inventario con una descripción. Y eso es tan aplicable 
a la historia antigua como a la moderna, y aun a la 



[125] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



contemporánea, a la que vivimos o hacemos nosotros 
mismos, que es también una leyenda, una ilusión, que 
forma parte de la memoria colectiva. El tiempo no es 
nada, . . una ilusión. 

Si fuera exacto aquello de que la historia de la hu- 
manidad podría condensarse en la biografía de unos 
cuantos grandes hombres, eso sería porque tales per- 
í^onajes» si bien fueron también efectos, estuvieron más 
próximos de las primeras causas, y nos conducen a 
ellas más fácilmente. El historiador no da leyes a los 
sucesos, no debe darlas; pero ha de aprender en ellos 
las grandes leyes de secreta capilaridad que los deter- 
minan y ¡05 rigen, y hacen de los hechos una historia^ 

Dice el ingenioso hidalgo don Miguel de Unamuno^ 
profesor de Salamanca: "Cabe que un libro de histo- 
ria sea una gran mentira, siendo verdaderos sus datos 
todos". 

No es difícil concebir^ en cambio, lo contrario; una 
gran verdad histórica, contenida en un libro cuyos da- 
tos no sean todos perfectamente exactos. Tales las 
creaciones de los poetas épicos, que hicieron decir a 
un ilustre general inglés que no sabía más historia de 
Inglaterra que la que había aprendido en los dramas 
de Shakespeare. El ilustre general se jactaba, sin em- 
bargo, de saber, como el que más, la grande historia 
de Inglaterra, y de apreciar en ella la grandeza de su 
patria. 

Puede afirmarse, efectivamente, que el tamaño de 
un pueblo debe medirse por el de su historia o per- 
manencia del pasado; pero no sólo en la mente sino 
en el corazón del pueblo; no como simple información 
u objeto de conocimiento, sino como objeto de pasión. 
Poi* eso son los poetas épicos los perdurables historia- 
dores; porque ellos son, en sí mismos, un hecho his- 



[126 3 



ENSAYOS 



tórico« en que se funde el pasado con e] presente: an- 
cianos sin edad, que conmueven, con el relato de lo 
que han visto, al niño que el hombre lleva en si mismo 
A toda edad, y es el que cree en la historia» Los demás, 
los que la saben por documentos escritos, no creen en 
ella. 

Tal ha habido entre esos épicos historiadores que, 
por sí solo, ha inmortalizado a su patria* después de 
hacerla tener fe en sí misma. Podemos afirmar que 
su aparición, en un pueblo, es el signo de que -éste ha 
llegado a la conciencia o posesión de su propio yo, a 
ser una persona colectiva^ con memoria, entendi- 
miento, voluntad; con memoria sobre todo, o uso de 
razón. En esos historiadores que son la belleza o es- 
plendor de la verdad, ésta, la verdad histórica, persiste 
en el resplandor de los hechos, con prescindencia de 
los hechos mismos^ como persiste en el espacio la luz 
del astro remoto, miles de años después de haber éste 
desaparecido. Y esa es la historia llamada '^maestra de 
la vida'', "oráculo de los tiempos'* y lo demás que sa- 
bemos. 

Se ha dicho que la gloria es el sol de los muertos. 
Es, efectivamente, el rayo de luz que toca un nombre, 
una sombra, uno entre millones, y lo saca de la oscu- 
ridad en que se mueve lo desconocido. La historia 
tiene esa misión: tocar entre los hechos, y sacar de 
entre su número infinito, aquellos pocos destinados, 
por su verdad trascendental, a vivir siempre, a estar 
presentes en la memoria de los pueblos, para que és^os 
vivan en la verdad de su pasado, en la que anima los 
hechos. Es la sola verdad histórica, es decir, no la va- 
riable que emerge de la controversia o análisis cientí- 
fico de papeles, sino la que, constituyendo la memoria 
de los pueblos, es en ella motor de virtudes o fuerzas 



11271 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



sustentadoras. Podéis llamarla, si os parece, inmorta- 
lidad. Que si no lo es en absoluto, porque esas perso- 
nas colectivas no son inmortales, lo es en la relatividad 
del tiempo, cuya consumación es un misterio, parecido^ 
pero no idéntico, al misterio venerable de la muerte o 
transformación de la sustancia visible. 



[12S] 



EN EL PRINCIPIO 
I 

Ricos y pobres, fuertes y débiles, dichosos e infeli- 
ces, contentos, al parecer, cuando menos, e inquietos, 
enconados, tristes . « • 

Hay quienes^ atribuyendo todo ese malestar o des- 
equilibrio a la propiedad^ es decir, a que unos puedan 
disponer de cosas de que otros no disponen, juzgan 
que, con resolver sobre la ordenada distribución de 
esas cosas, llamadas "riquezas", de acuerdo con un 
buen principio, el problema de la humana felicidad 
quedaría resuelto, o muy poco menos. 

Y se anda, de tiempo atrás, en busca de ese principio 
regulador. 

Amiel, en su Diario Intimo, escribía en 1874, cuan- 
do aún se creía en aquellos Derechos del Hombre que 
hicieron tanto ruido, y decía con tristeza: "Libertad, 
Igualdad... malos principios; el verdadero principio 
humano es la Justicia, Y la Justicia con el débil es 
protección y bondad'\ 

No es eso una simple rectificación de aquello de 
derechos perfectos e imperfectos, según tengan o no 
sanción material, de que nos han hablado los juristas 
clásicos; es una derogación de los dogmas civiles de 
1889, que tantos han tenido como principios sólidos, 
y que no lo son tanto, por lo visto. 

Hay quienes sólo encuentran, en la pugna de ricos 
y pobres, un problema económico. 

[129] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Estamos ante uno moral, por ito decir metafisico. 
Mejor dicho: no hay problema social que sea pura- 
mente moral, ni puramente económico. 

Que no lo resuelve la libertad, es cosa más que ave- 
riguada. Muy generalmente hacemos de la libertad 
una semilla, siendo así que ella es un fruto. ¡La liber- 
tad de los mendigos o libertad de sufrir! En cuanto 
a la igualdad, eso es sólo una palabra, como lo es la 
unidad, la identidad, etc., cuando no se refieren a la 
atracción suprema. 

¿Estará la solución realmente en la justicia* ese 
"verdadero principio humano*' de que nos habla 
Amielj identificado con la protección al débil y la 
bondad? La bondad, cuando no es justa, puede llegar 
a ser una pasión^ una simple pasión. Eso de ^'principio 
humano^\ me disuena^ por otra parte; lo humano no 
puede ser principio. El hombre es un recién venido en 
la inmensa escena de los seres. Antes de él existir, 
existia el orden o armonía, que, a su vez, presumen un 
diapasón. 

Parece que la sociedad se inclina a creer, sin em- 
bargo, en ese nuevo dogma civil: protección al débil, 

a título, no de fraternidad generosa o de favor, sino 
de justicia o derecho; intervención de la fuerza o del 
Estado en sustitución de la libertad individual. 

Pero veamos este otro viejo pensamiento de La Ro- 
chefoucauld, que nos viene muy a cuento. **E1 amor a 
la justicia, dice el cortesano de Luis XIV, no es otra 
cosa, en la mayor parle de los hombres, que el temor 
de sufrir injusticias". 

Eso si que es bastante humano; pero no creo que el 
bueno de Amiel esté incluido entre esos hombres; el 
temor de injusticias, elemento negativo, no es el que 
ha engendrado en él, como no puede engendrarlo en 



[130] 



EKS AYOS 



nadie, ese anhelo poeitivo de justicia y bondad, que 
fue ley natural del hombre, por más que pueda tener, 
como efecto, próximo o remoto, el preservamos de 
injusticias, Pero, hablando de tejas abajo, ¿no habrá, 
en los hechoa, algo, y aun mucho de lo que dice el 
escéptico de La Rochefoucauld? ¿No tocamos mucho 
de eso en la sociedad? Esta se resuelve, efectivamente, 
rruv a menudo, aunque generalmente muy tarde, a la 
justicia o bondad que protege al débil, sólo ante la 
posibilidad de que éste se haga fuerte, y nos pida 
cuentas, y nos haga justicias. El socorro prestado al 
enfermo de peste sólo para evitar la propagación del 
contagio es algo de eso: es un bien que hacemos, no 
cabe duda, beneficencia; pero ésta no es la justicia, 
hija de la bondad, que Amiel llama "el verdadero 
principio humano", 

Libertad... Igualdad... malos principios. Si, ma« 
los, cuando los consideramos como principios o pro- 
genitores; pero no lo son tanto, y pueden ser muy 
buenos, sí los consideramos, no como principioís sino 
como consecuencias, y distinguimos entre ellos los ver* 
daderos descendientes de un principio generador de 
armonías, que es principio y fin. 

Y he ahí el problema: dar con el principio genera- 
dor de tales consecuencias, que, como es natural, tiene 
que ser la fuerza contraria a la dispersión, la tendente 
a la conglomeración rítmica de las cosas visibles, que 
es el orden, y de las invisibles, que es la felicidad, es 
decir, la armonía de las almas. 

11 

Sí se quiere oír la voz más grande que nos ha ha- 
blado de este asunto, del principio, oigamos el Evan- 



[lail 



JUAN ZORBILLA DE SAN MAHTIN 



gelío de San Juan. San Juan ha sido llamado el águila 
de Patmos. Su voz suena, efectivamente, como el grito 

de un guardián alado posado en el techo de la mon- 
taña, mucho más arriba de las tempestades. Suenan 
en él, como los vientos, todos los "Hijos del Trueno*'* 
y dice el Apóstol: En el principio era el Verbo* . . 
[El Verbo! Esa sola palabra parece hacer resonar el 
monte, y sacudirlo en sus cimientos. Todas las otras 
son sólo lejanos ruidos de la tierra, como el de las 
hojas. 

Y sigue así sonando de nube en nube: "En el prin- 
cipio era el Verbo, y el Verbo era Dios. Por Él fueron 
hechas todas las cosas* Y sin Él no se ha hecho cosa 
alguna de cuantas han sido hechas. En Él estaba la 
vida. Y la vida eia la luz de los hombres. Y la luz res- 
plandeció en las tinieblas. Y las tinieblas no la com- 
prendieron ..." 

Jamás se han formado en la vo2 humana palabras 
que impongan mayor silencio. Se sale de ellas como 
de un abismo luminoso, con los ojos asombrados, lie* 
nos de resplandores que salen del fondo de los oídos. 

No es la libertad lo que era en el principio; no la 
igualdad, ni la justicia, ni la bondad. No hay más 
principio que el Verbo, que estaba en Dios y era Dios. 
Y por Él fueron hechas todas las cosas, las visibles y 
las invisibles, los astros y las palabras; los hombres 
y las virtudes o fuerzas. 

¿Pero cuál es la virtud o fuerza que fluye del prin- 
cipio, o virtud principio? El mismo Apóstol nos da 
su nombre, cuando nos dice que Dios es Caridad. 

He aquí una palabra, Caridad, que se dijera haber 
perdido todo su significado en lengua vulgar, como 
lo ha perdido su equivalente Amor; son palabras casi 
muertas, muertas de inanición; luces apagadas^ que 



[132] 



ENSAYOS 



no reflejan ya la sola que por sí zmsma resplandece en 
las tinieblas. 

Se suele entender por caridad el hacer limosna, o 
algo parecido; dar a otro alguna cosa; algo que se 
relaciona con la propiedad, objeto principal de la jus- 
ticia humana. 

La caridad no es eso; ella existía en el principio; 
antes de existir la propiedad de las cosas, y aun las 
cosas mismas, el hombre entre ellas; el hombre, espí- 
ritu visible. En el principio era sólo el Verbo, por el 
que fueron hechas las coaaa todas, las visibles y las 
invisibles^ 

No siempre la caridad es limosna, pues; ni la li- 
mosna es siempre caridad, ni mucho menos. 

¿Y la palabra "Amor^'? No sé de nada más desfigu- 
rado o contrahecho en este mundo. Ha llegado a ser 
una palabra afónica. Hay gentes que dicen amar y 
sólo desean; poetas hay que dicen cantar el amor con 
la revelación de la verdad de sus cuerpos, o funciones 
orgánicag, y juzgan realizar belleza o poesía con la 
trasmisión» a los otros hombres, de sus estados fisio* 
lógicos. . . Si a eso llamamos ^^amoT*\ o poesía, o arte, 
¿qué mucho que nos habituemos a llamar '*justicia*\ 
"libertad", "propiedad" y aun "bondad" a lo que hace 
infelices a los humanos? 

Nada de eso es amor, ni belleza, ni cosa que se le 
parezca; ni siquiera verdad o realidad. Es todo lo 
contrario, bien lo sabemos. No difunde amor o caridad 
el que concita viejos y naturales apetitos, sino el que 
los apaga precisamente, y los sustituye por deseos sin 
objeto sensible, que son, en sí mismos, felicidad. 

£1 poeta o artista es eso precisamente: no el que 
satisface deseos sino el que los crea; el que revela la 
existencia de deleites desconocidos, que no se compran 



[133] 



JUAK BORRILLA DE SAK MAHTIN 



ni se venden, y despierta y estimula la facultad de go- 
zarlos. Esa función es también orgánica; pero está en 
razón inversa de la de los cinco sentidos comunes. 
Cuando se piensa intensamente en ella^ se entrevé la 
idea de caridad sensible; concebimos la felicidad de 
sufrir, y aun la de morir; el deleite de los héroes o 
semidioses, que, si bien se mira, aunque no es tam- 
poco caridad, no es puramente humano, con ser pri- 
vativo del hombre entre las criaturas sensibles. 

El puramente humano está muy bien interpretado 
por ese La Rochefoucauld, de que hemos hablado, 
cuyo sentir nos hace pisar la dura tierra, y .nos viene 
muy a cuento, cuando, desde muy alto, demasiado 
quizásy hablamos de la propiedad y, sobre todo^ de la 
caridad o felicidad originaria, 

"Soy poco sensible a la piedad, dice La Rochefou- 
cauld en su autorretrato, y quisiera no serlo en abso- 
luto« Nada dejaría de hacer^ sin embargo, por aliviar 
a una persona afligida^ y creo que, efectivamente, todo 
debe hacerse, sin excluir el manifestarle mucha com- 
pasión hacia su mal. Porque los miserables son tan 
bobos que eso les hace el mayor bien del mundo. Yo 
estoy, sin embargo, en que es preciso que uno se con- 
tente con manifestarles la compasión; pero guardón" 
dose cuidadosamente de tenerla. Es una pasión que no 
sirve para nada en un alma bien hecha; que no sirve 
sino para debilitar el corazón, y que debe dejarse al 
pueblo, que, no ejecutando nada por razón, tiene ne- 
cesidad de pasiones para ser llevado a hacer las co- 
sas • 

Recordaremos que no sólo "el pueblo", sino todo 
hombre que viene a este mundo obra siempre por pa- 
sión; la pasión, que puede ser noble, es el motor de 
toda voluntad, y germen de toda vida. Eso es largo de 



[134] 



ENSAYOS 



contar; pero confesemos, por ahora, que hay mucha 
verdad en lo que dice el cortesano filósofo; mucha 
verdad humana; el hombre giensa asi con su cuerpo, 
naturalmente. 

III 

Y bien: no es nada de eso, ni remotamente, lo que 
significa Caridad; no era eso lo que estaba "en el 
principio" según San Juan, el evangelista, a quien de* 
bemos oír con mucha atención» Este dice en su carta 
a los corintios: **Aun cuando yo distribuyere mis bie* 
nes a hs pobres y entregara mi cuerpo a las llamas^ 
de nada me serviría si no tengo caridad'*. 

Tener caridad eg, pues, estar en el principio, en la 
sola vida resplandeciente en las tinieblas, luz de luz, 
unidad o fuerza primordial. Sentir en el alma propia 
o en el propio cuerpo los golpes dados en otros es 
amor, o amistad; lo es gozar en corazón ajeno, y pa- 
decer o estar enfermo en él: tener, fuera del propio, 
muchos corazones en que sufrir, y gozar; muchas vidas 
en que vivir y morir. Todo eso es amor humano, 
co-pasión* La naturaleza puede Qegar a éL Es más que 
hacer limosna o beneficencia, por supuesto, y más que 
manifestar compasión; pero no es todavía caridad. 
Esta es todo eso, pero no como una emanación de la 
naturaleza sensible, sino de lo supersensible o divino 
que bay en nosotros; también en nuestro cuerpo. Es 
una relación entre un hombre o mujer y otro; pero 
relacionados, a su vez, con el sólo principio que con- 
glomera las almas, y penetra y pondera la pureza de 
la intención, aun de la instintiva» Caridad es tener 
muchas almas en que unirse con el Principio conglu- 
tinante del universo, y en que sentir su presencia y su 
voz; muchas en que ser feliz en la plenitud de la vida, 



[135] 



JUAN ZORBIUA DJE SAN MARTIN 



que no termina sino se transforma en lo qué llarftamos 
muerte. Muerte es mudanza; permanencia de la sus* 
tancia o realidad, al través de los accidentes. 

La palabra beneficencia no sirve para expresar nada 
de eso. Alguien ha dicho, para hacer de la beneficen- 
cia un acto de justicia social, que la beneficencia es 
una restitución. Bien puede ser. Y también lo es, acaso^ 
la caridad. Pero la beneficencia restituye a los hom- 
bres; la caridad, restituye a Dios. 

¿Y podrás decir, oh hermano, así des a otro todo 
lo tu/yo, podrás decir que has restituido a Dios todo 
lo que le debes, lo que es Suyo, de su Yo, de su VerbOi 
por el que fueron hechas todas las cosas? 

Cuando sientas esa impotencia de restituir, enton- 
ces podrás creer que has comenzado a sospechar la 
caridad, y a resolver el problema de la propiedad; es 
decir, cuando te sientas siempre deudor; nunca acree- 
dor^ ni siquiera de la gratitud del hombre, por más 
cosas de que tú puedas disponer para darlas a tu se* 
mejante, y las des, sin ejccluir tu cuerpo vivo. 

No mirarás en tu semejante un inferior a ti por* 
que recibe, pues mal pudieras tú dar si él no recibiera, 
y tú no serías dueño si no dieras. El no te debe nada, 
sí ya no es el acto de tu libre voluntad que él puede 
retribuirte con el de la suya. No te debe nada sino 
amor, que puede ser mayor al recibir que el tuyo al 
dar; puede ser tu acreedor recibiendo. Por ahí se va 
a la dignidad de la pobreza^ del hombre llamado po^ 
bre, que es la unidad simple y primitiva del ser hu' 
mano. Desnudo salí del vientre de mi madre, dice Job, 
y desnudo vuelvo a la tierra de que procedo. El hom- 
bre es dueño sólo de sí mismo, con relación a los otros 
hombres, dueño sólo relativo, pues. La propiedad ab* 



[136] 



ISN S A Y o g 



soluta está en el Principio, y de éste, que es Caridad, 
proceden todas las coaas. 

La beneficencia da una parte, y se mide por sus 
obras; la caridad lo da todo» y el todo no tiene medida; 
sólo existe en lo invisible. La primera es limitada, re» 
lativa, no es el principio; la segunda inagotable. La 
caridad es lo absoluto, que, considerado en la cantidad, 
si se me permite el término grosero, se llama infinito, 
inmenso; y si en la calidad, se llama perfecto. 

En ese sentido dice el Apóstol que Dios es Caridad. 
Y dice a su discípulo: "Si no amas a tu hermano a 
quien ves, ¿cómo amarás a Dios, a quien no ves"? 

Leo en Aristóteles una página admirable, en que el 
filósofo griego adivina o predice esa caridad o amis- 
tad perfecta que había de revelarse al hombre, y es la 
solución del problema sobre que discurrimos. Sus pa- 
labras son relámpagos precursores. 

^'La amistad, dice, sólo existe entre hombres de 
bien, en cuanto lo son. y en la medida que lo son; 
tiene por base la virtud, y de ahí su superioridad» El 
placer es movible; también lo es el interés, aunque en 
grado menor. La virtud permanece: es uno de sus ca- 
racteres esenciales: permanecer. La caza del placer y 
del interés sólo ofrece goces inferiores mezclados de 
sufrimiento, y a veces criminales; el encanto de la 
virtud es la más noble y la más exquisita de las volup- 
tuosidades. Y cuando se la puede contemplar en otro 
sí mismo como en su propio pensamiento, ese placer 
inmortal se hace doble, porque se vive dos veces. El 
placer y el interés sólo inspiran sacrificios egoístas y 
relativos, porque quien a tales móviles obedece jamás 
se pierde de vista a sí propio; aun cuando da o sé da, 
sólo busca su propio bien. La abnegación que procede 
de la virtud no tiene vuelta sobre si misma: va toda 



[137] 



JUAN ZORtULLA DE SAN MASTIN 



ella recta a su objeto, y se fija en él como en su tér- 
mino. No soporta, por consiguiente, ni cálculo ni lí- 
mite; 66 absoluta". 

■ ^^£1 placer y el interés tienden a degradar lo» seres 
que hacen de ellos el fin de sus relaciones cotidianas. 

La virtud ennoblece a los que une. Una generosa emu- 
lación, que se traduce en un mejoramiento constante, 
se produce en sus corazones. El espectáculo que se dan 
los unos a los otros basta, por otra parte, para produ- 
cir ese efecto; sus aknas se ajustan a él, como se ajusta 
el oído a un acordado instrumento''. 

La belleza helénica se inspiró en eso; fue amistad 
pura, o caridad entrevista. La diosa de mármol no fue 
hecha para satisfacer los viejos deseos, que ya tenían 
su objeto vivo, sino para sugerir los nuevos, los del 
hombre interior. Una luz o virtud remota salía de sus 
líneas ingenuas como palabras recién nacidas. Los que 
hoy se juzgan griegos con sólo copiar formas, sin sos- 
pechar aquel espíritu, que fue la verdadera forma, la 
interna, de los mármoles divinos, no saben de belleza 
helénica, ni de belleza alguna^ La belleza en las cosas 
es la revelación en ellas de algo que les es superior, o 
no es nada« 

La estatua gótica, con el espíritu cristiano llegó a 
la perfección de líneas de la griega; no creó deseos 
propiamente» pero dio consistencia a los superterrenos: 
satisfizo los creados por la revelación del placer de los 
espíritus ascendentes o contemplativos. Esa estatua no 
procede de la griega, como sabemos; pero ambas se 
encuentran en el camino, y se reconocen; la gótica, 
brotada del templo ojival, de lo interior del alma, y 
para él, es lo contrario de la que nació en el aire o el 
mar para los sentidos; pero ambas son hijas de la 
belleza: la una espiritualiza la sensación; la otra hace 



[138] 



£Nfi A VO S 



flensible el espíritu; la una sale de las cosas hacía el 
hombre; la otra sale del hombre hacia las cosas« El 
paganismo fue la carne hecha Dios; el cristiaDismo, 
Dios hecho carne. 

La belleza griega es sólo ritmo. Los griegos ritman 
el templo, dice Adrieu Mithouard* Cada parte del mo- 
numento está regida no por su destino natural, sino 
por las proporciones del conjunto. La belleza alcanza 
asi la perfección más inexpresiva^ 

IV 

Si, pues, propiedad no es un principio^ pues sólo 
lo es caridad, bien es rectifiquemos el concepto de 
propiedad que corre por el mundo, y atribuyamos a 
ese mal concepto, y no a la propiedad misma, las an- 
gustias por que pasamos. Si recurrimos a la ciencia 
de las primeras causas, el fundamento primero del 
que se llama derecho de propiedad sobre las cosas, no 
es otro, bien mirado, que la propiedad que el hombre 
tiene sobre sí mismo, sobre sus facultades o fuerzas, 
ordenadas a la consecución de su fin, que ha de estar 
en armonía con el del universo, con el de los otros 
hombres, en primer término. Las cosas, incapaces de 
derechos, son de nadie, efectivamente, res nuüis, hasta 
el instante en que son de alguien; y son de alguien 
desde el momento en que una persona^ es decir, un 
ente capaz de derechos y deberes, capaz de virtud, im 
hombre, imprime en ellas esas bus facultades, sus fuer* 
zas, su voluntad, su alma. Podría quizá decirse que, 
desde ese momento, desde el en que el salvaje ahueca 
el tronco seco de un árbol, cosa de nadie, y lo hace 
canoa, o piragua, embarcación, cosa suya^ de bu Yo, 
la cosa deja de ser cosa» para ser parte de la persona 



[139] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MABTJN 



que la ha adaptado a 9U vida, a au fin, que le ha dado 
una intención, su propia intención ; que la ha formado, 
y le ha infundido, con la forma, su propio espíritu. 
La cosa le es inseparable desde entonces; tiene sobre 
ella el derecho que tíene sobre sí mismo, pues. Y eso 
es propiedad o vínculo moral entre una persona y una 
cosa, vínculo inconcebible entre una persona y otra 
persona. Que la persona, el hombre, jamás puede ser 
res nuIUs^ cosa de nadie; es dueño de si mismo entre 
las criaturas; sólo deja de serlo ante Dios, cuyo abso- 
luto dominio sobre el hombre es la sola libertad. 

Pero la cosa, al ser informada, ha recibido un espí- 
ritu del hombre, sujeto de derechos y deberes; diga* 
mos, si os parece, una vida o virtud social La cosa 
de nadie, al transformarse en cosa de alguien de un 
hombre en primer término o directamente, se ha trans- 
formado, ipso jacto, en cosa propia del hombre, de 
todos los hombres indirectamente, pues todo hombre, 
como esencialmente sociable, parte de un todo, es, en 
cierto sentido, de todos los hombres, dentro del salo 
principio: caridad o vida de uno en otro. 

Nos encontramos, puea^ con una especie de sociedad 
de las cosas, o, mejor aun, con las cosas miembros de 
la sociedad humana. Ellas son, en primer término, del 
hombre que las informa; después de la sociedad de 
que él forma parte, de la doméstica o familia, los hijos 
y los padres, ante todo ; de la civil, por fin, que es con- 
junto de familias, de hijos, de padres, de haces atados, 
no por la libertad ni la igualdad, sino por la ley de 
amor o caridad, el único principio de que fluyen los 
demás, el de propiedad inclusive. Vemos en ésta una 
fuerza conglutinante, que tiende a la unidad de que 
procede; no una fuerza física, por supuesto, sino mo- 
laL Y fuerza moral es lo que llamamos virtud. La pro- 



[140] 



EKS AYO S 



piedad virtud, función social, es la solución del pro- 
blema que nos ocupa, o no lo tiene, si ya no es en la 
fuerza física o la guerra. 

Nada de todo esto es práctico, me dijo uno; nada 
de esto es científico ni humano. 

Precisamente: no es humano; estamos oyendo un 
lejano diapasón. Nada de esto es ciencia humana, como 
no lo son la paz, ni el orden ni la felicidad. Ningún 
principio o causa primera es humano. £1 hombre no 
es principio. La caridad, el solo principio generador, 
no procede del hombre, sino viceversa: el hombre es 
obra de caridad; lo es todo el armonioso universo, 
todo él: obra de caridad» 

El verdadero principio humano, oímos decir a Amiel, 
es la justicia, que, con relación al débil, es protección 
y bondad. Antes que Amiel, había dicho el Verbo, el 
que era en el principio, aquello que tanto se conoce de 
oídas, y se repite: *'Buscad el reino de Dios y su jus» 
ticia; se os dará lo demás por añadidura". 

Lo demás, la añadidura^ no es aquí sólo la propie- 
dad o posesión de laa cosas o riquezas, o dinero que 
sirve para cambiarlas, ni nada de lo que con él puede 
obtenerse. Es también, y sobre todo^ lo que no se vende 
ni se compra: la prolección y bondad de que habla 
Amiel. Pero esa añadidura es mucho más: es la liber- 
tad, el pleno bienestar, la armonía entre los hermanos 
que el dinero perturba muchas veces; es el sueño 
tranquilo y la quietud de esperanza; el goce de la natu- 
raleza y del arte: oír la música, y ver el alma de las 
cosas, que es color y ritmo; el perdonar las injurias 
y resignarse, y alzar ios ojos al cielo, y compadecer, 
y cantar cantos que no vienen de la naturaleza, y no 
temer la muerte, y amar la vida. 



[141] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



La justicia del reino de Dios, opuesta o contrapuesta 
a la del hombre, es la justicia protección y bondad de 
que habla AmieL Pero ése no es principio humano; 
humano es lo que siente La Rochef oucauld en sí mis- 
mo, en su humanidad o sentidos corporales: la simu- 
lación de piedad; la justicia originada sólo en el temor 
de sufrir injusticias, y que es justicia consigo mismo 
o negación de justicia. Y que no es bondad sino mal- 
dad o penrersión; es la propiedad o riqueza fuerza dia- 
gregante, contraria a la caridad, separada del principio 
de vida. 

V 

Alguien ha creído que, sin conectarla con él, podría 
hacérsela conglutinante, sin embargo, agente de paz 
y felicidad, con sólo difundirla: multiplicando los ri- 
cos hasta suprimir los pobres. 

Eso se ha dicho con motivo de la glorificación de la 
memoria de aquel Francisco de Asís, el héroe de la 
pobreza, que, siete siglos después de haber andado 
por el mundo, es aclamado, por los ricos, sobre todo, 
como gloria de la especie humana. 

Eso 68 hoy inconcebible, oigo decir a uno, si ya no 
es como admiración estética de lo pasado, que, si es 
de admirar o contemplar como belleza, no es de seguir 
como ejemplo práctico. 

La época presente, dice uno a quien conviene oír, 
ha aniquilado la doctrina que denunciaba al dinero, 
o riqueza, o conjunto de cosas apropiadas por el 
hombre, como el corruptor de la naturaleza humana, 
con la excitación de las malas pasiones. Hoy se piensa 
lo contrario: la verdadera responsable de todos los 
males es la pobreza; el bienestar es el remedio infali* 
ble-» y la condición de todo mejoramiento moral Para 



[142] 



E IT S A Y o S 



regenerar al mundo no hay más que un medio: enri- 
quecerlo, oigo decir a ese filósofo. Asi lo piensan las 
dos doctrinas rivales sobre la propiedad, la individua- 
lista y la colectivista: ambas se afirman en lo benéfico 
de la propiedad o riqueza; no en la pobreza de San 
Francisco de Asís* 

La confusión del accidente con la sustancia se per- 
cibe bien en ese dictamen sobre dos opiniones, erró- 
neas ambas o incompletas. La dificultad de entender- 
nos sobre lo que es y significa "mejoramiento moral" 
y "regeneración del mundo", y aun "bienestar" salta 
aquí también a los ojos. 

No tan visible» pero sí tan perjudicial^ es la confu- 
sión entre lo que es un santo y lo que es un héroe, 
que ese comentario contiene. Un santo es siempre un 
héroe; pero no siempre un héroe es un santo* Las vir- 
tudes heroicas del santo son siempre de imitar, con o 
por su intercesión o ayuda invisible; no siempre lo son 
las del héroe, que no intercede. 

Pero no por eso hemos de desdeñar ese punto de 
vista en que, para discurrir sobre este asunto de la 
propiedad, se coloca, entre otros, el serio pensador ita* 
llano Guillermo Perrero, muy bien intencionado, por 
cierto^ y digno de respeto^ como todo hombre de sanos 
propósitos. Que tanto es más segura la propia opinión, 
cuanto más y mejor pueda uno conocer las ajenas 
dignas de ser oídas. 

Según la de ese Forrero de que hablo^ en ninguna 
época ha sido la riqueza menos corruptora que hoy» 
En otro tiempo, los ricos eran pocos y muy afortuna- 
dos con relación a la masa. Hoy la multiplicación de 
los ricos, la igualdad de todos ante la ley, etc«, no per* 
mite ya a los Cresos modernos satisfacer sino un nú- 
mero restringido de caprichos; viven como sus seme- 



[143] 



JUAN ZOHHILLA DE SAN MARTIN 



jantes de fortuna media; no 6c permiten otro lujo 
verdaderamente real que el de ciertas liberalidades* 
cuyas consecuencias prácticas no son siempre tan feli- 
ees como la intención que las inspira. El vértigo del 
lujo, del placer, del poder, que la riqueza daba en las 
viejas civilizaciones a sus raros preferidos, casi no 
existen en nuestra época. Nuestro tiempo, tan acusado 
de materialismo, marcha hacia una especie de opulen- 
cia ascética, que amenaza convertirae en una de las 
paradojas más extravagantes de la historia: la riqueza 
actual del mundo es hiperbólica; pero los placeres que 
ella asegura son muy modestos. Pensemos en que el 
pueblo más rico de la tierra se ha dejado despojar del 
derecho de beber vino y cerveza, y que llena inmensos 
anfiteatros de cemento armado para ver jugar al 
foot-baU, Los romanos eran más exigentes: querían 
bestias feroces, venaciones, combates de gladiadores, 
mujeres desnudas, sangre. . . La riqueza ha perdido, 
pues, según Ferrero, "casi toda su potencia corrup- 
tora". 

No toda, sin embargo, según el mismo; ella ofrece, 
para nosotros, un peligro nuevo, del que nuestros an- 
tepasados no tenían idea: el de absorber a los hombres. 
Se diría que el placer, casi místico, de producirla, se 
vuelve la pasión dominante de la época, a medida que 
los otros placeres se debilitan. Y ese furor de produc- 
ción puede convertirse en causa seria de disolución 
social. Entre sus peligros^ indica, por ahora, dos: el 
uno en el orden político; en la vida intelectual el otro. 
Un gobierno no puede funcionar si no existe un nu- 
mero suficiente de personas dispuestas a sacrificar la 
riqueza al honor y a las responsabilidades del poder. 
Si todo el mundo no piensa más que en ganar dinero; 
si se hace de la política, como de la industria, el co- 



1144] 



KNS AYO S 



mercío o la baka, un medio de enriquecerse, el estado 
caerá en manos de incompetentes, cuando no de aven- 
tureros. Y si el arte, la literatura, la ciencia tienden 
también demasiado a eae objeto, o lo tienen como sólo 
estimulo, es de temer que la cultura intelectual decline. 

La poesía, la filosofía, la historia, la escultura, la 
arquitectura, la ciencia del mundo oriental han tenido 
su cuna en Grecia, es decir, en una de las regiones más 
pobres de Europa. Los maravillosos artistas italianos 
del siglo XV, y aun del XVL no eran ricos, ni busca- 
ban enriquecerse; no trabajaban para cualquiera que 
Ies pagara. La calidad del cliente, el honor de servirlo, 
el destino de la obra era tenido muy en cuenta. 

Un cierto ascetismo es necesario a qmenes pretendan 
servir a la verdad y a la belleza. 

VI 

¿Por qué, pues, la riqueza o propiedad de las cosas, 
al perder uno de sus aspectos que se dicen corrupto- 
res, adquiere otro? No es entonces la miseria, la sola 
responsable de todos los males; no regeneraremos y 
haremos feliz al mundo con sólo enriquecerlo. Nos 
forjamos ilusiones, efectivamente, cuando pedimos a 
la propiedad lo que no tiene: poder sobre las almas. 
Con ella y sin ella, habrá virtudes y vicios, amor y 
odio, paz y guerra. La paz, el bienestar, la alegría son 
cosas espirituales; lo es la libertad sobre todo, o pro- 
piedad de sí mismo. 

Obsérvese bien, y se verá que la causa que busca- 
mos no es otra que estar la propiedad desconectada 
del sólo principio, que es caridad; el tener el placer 
como sólo objeto. Cambiar la naturaleza del placer 
puede ennoblecer el móvil; pero no modifica su esen* 

IHS] 

10 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



cia, ni lo transforma en virtud o amistad o co-pasión; 
siempre es amor propio, egoísmo; tiende a degradar, 
según Aristóteles, a los que de él hacen el fin de sus 
relaciones cotidianas. Esas liberalidades^ tomadas como 
lujo o placer o capricho, no son caridad. Y por eso, 
sólo por eso, no tienen consecuencias prácticas felices; 
no son ni siquiera el amor o amistad, precursores de 
caridad, de que habla Aristóteles, el griego; el hombre 
no se pierde de vista a sí propio; no va recto a su 
objeto, ni se fija en él como en su término. 

La misma dignidad del artista que no trabaja para 
cualquiera, sino que busca su placer en la elección del 
cliente y en el destino de la obra, no está exenta de 
egoísmo; no es caridad, cuando el cliente es un hom- 
bre, así sea el más encumbrado o amable de los hom- 
bres, y el complacerlo el sólo destino de lo que se hace* 

Otra cosa es sí nos imaginamos, siquiera sea por 
un momento, que el cliente a quien se sirve es Dios, y 
el objeto de la obra solamente cumplir con el encargue 
que de Él trajimos a la vida. Eso sí que es caridad; 
es adoración o entrega total del Yo de que somos due> 
ños al Solo que lo es de nuestra libertad. De que tú 
no puedas concebir eso, tú que crees no creer en Dios 
porque no has pensado en ello, no ha de deducirse, ni 
mucho menos, que no sea concebible o práctico. Pue- 
des estar seguro de que hay quienes lo conciben y sien- 
ten; hay quienes obran por amor de Dios, cualquiera 
sea su trabajo. 

Esos son los santos, precisamente; acercarse a con- 
cebir esa pasión es mejorarse moralmente; es el ca- 
mino de perfección^ Y eso fue Francisco de Asís, el 
héroe santo. Su concepto de trabajo y de propiedad fue 
ése: cumplir un encargue de Dios. Su pobreza, como 
toda pobreza evangélica, la de todos los santos o va- 



[1461 



ENS AY o S 



ronee de virtud heroica, es pobreza caridad, y ésta en 
nada se dia tingue esencialmente de la riqueza caridad* 
Pedir limosna y darla, con ese espíritu, es la misma 
cosa, ni más ni menos. 

No es el principio de propiedad o vínculo de las 
cosas con el hombre, sino el de personalidad o domi- 
nio del hombre sobre sí mismo, el que regula todo 
esto, San Francisco pedía limosna para hacerla; era 
así más rico que el que la daba; restituía a Dios lo 
suyo; compadecía, es decir, padecía con sus hermanos 
y en ellos, en los pobres y en los ricos^ en los cuerpos, 
y, sobre todo, en la^ almas de los hijos de Dios. Él 
no buscaba la justicia por temor de sufrir injusticias; 
no las temía, por cierto; nada reclamaba en nombre 
de su propiedad» ni siquiera de la de sí mismo; nin- 
guna cosa era suya, porque su yo no estaba unido a las 
cosas visibles, sino desprendido de todas ellas, y sobre 
todas ellas. Y sobre lodos los hombres y mujeres de 
que procede el honor, la gloria, la reputación, y toda 
clase de propiedad. Estaba en el principio que anima 
todas las cosas; por el que todas fueron hechas, las 
visibles y las invisibles, y sin el cual nada ha sido 
hecho. Su canto a la Naturaleza, al hermano sol, no 
venía de la Naturaleza, no del sol, ni de la hermana 
agua; su amor a los hombres, a las mujeres, a los ni- 
ños, no venía de las mujeres ni de los hombres, ni 
hacia ellos iba. como no venía de los pájaros el que a 
los pájaros profesaba, como si fuesen también her- 
manos. 

Eso es caridad, principio y término, unidad primor^ 
dial. 

Animada de ese espíritu, podemos y aun debemos 

estimular la riqueza, el aumento y acumulación de las 
cosas útiles al hombre, lo mismo que la pobreza o 



[147] 



JUAN ZORRIIXA DE SAN MARTIN 



continencia en su goce, es decir, la verdadera riqueza 
social, la solución del problema de ricos y pobres, 
fuertes y débiles, conlentog y enconados, sobre que 
estamos discurriendo, aun bajo su aspecto económico. 
No hay así peligro de que la riqueza sea corruptora. 
La reconciliación del trabajo actual y del acumulado, 
la propiedad, elemento social conglomerante, se reali- 
zan automáticamente. 

Yo bien me sé que este método económico es tenido 
por muchos como ilusorio o impracticable, y como no 
científico. No es fácilmente practicable, efectivamente; 
pero no lo es mucho menos, ni menos científico, a buen 
seguro, que el otro: el de enriquecer al mundo vol- 
viendo ricos a todos, como solo medio de hacer per- 
der a la riqueza su diabóh'ca potencia de mal- 
Disminuir tus necesidades es llenar tu bolsa, ha di- 
cho uno. El hombre más rico, dijo Chamfort, es el 
económico, y el más pobre es el avaro. La avaricia y 
la ambición, ha dicho otro, están más descontentas de 
lo que no tienen que contentas de lo que tienen . . . 

San Francisco de Asís era lico, si bien se mira; es- 
taba contento de lo que tenía y de lo que no tenía; era 
continente; su bolsa estaba llena, porque no había en 
él necesidades; no necesitaba nada de lo que los hom- 
bres podían darle o quitarle, sin que se le viera tam- 
poco, por los agujeros de aquel su sayal atado con 
una cuerda, lo que tan bien se veía por los de la capa 
del filósofo que, sin merecerlo, reclamaba el honor de 
ser pobre: la soberbia, propiedad por excelencia, pro- 
piedad de sí mismo sin caridad. El soberbio es un 
avaro, un rico de cosas futuras o de sus propias obras 
en potencia, que vendrán o no vendrán; un poseedor 
avariento de sí mismo. 



[ 14a] 



ENSAYO S 



La caridad^ en cambio, hermana de la humildad, es 
acción, trabajo, germen de toda riqueza, y sin ele- 
mento alguno disgregante: la riqueza virtud, que es 
lo mismo que pobreza; ambas activas^ fecundas» con- 
vergentes. 

VII 

Deduciremos de todo esto, si os parece, que el vicio 
más contrario a la caridad» bajo su aspecto econó- 
mico, por supuesto, es la ociosidad, la pereza, mejor 
dicho. Y que la virtud más próxima a aquélla, a la 
caridad, es el trabajo precisamente, lo mismo el actual 
que el acumulado, lo mismo el del que conserva la 
riqueza producida, llamado capitalista, que el del que 
la acrecienta^ y se llama propiamente obrero^ siendo 
tan obrero el uno como el otro. Hablamos, claro egláj 
del trabajo que no es, en sí mismo, una mala acción. 
El de forzar una puerta para robar es tan trabajo 
como el de conducir un arado. La fuerza física es la 
virtud animal, de que no hablamos* 

Trabaja tú, hermano, produce, recoge y guarda mu* 
chas cosas que sirvan a la vida, muchas monedan», si 
quieres, que también fueron trabajo, y sirven, como 
trabajo concentrado, para traní»forroarse, diluidas por 
el cambio^ en cosas benéficas: pan y vino, casas y 
campos apropiados, y arados para lflí>rarlo8« y agua 
para regarlos, y ruedas para cruzarlos. Todo eso sale 
de las monedas debidamente disueltas. Hasta templos 
y altares para adorar a Dios pueden salir y salen de 
las monedas, que son, como se ve, una cosa casi espi- 
ritual, aunque se crea generalmente todo lo contrario. 
Especie de larvas o huevos, o cosa por el estilo, ella' 
pueden contener lo mismo un murciélago que una pa- 
loma. No está su valor en el acto de producirlas o 



[ 149] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



acumularlas, sino en el de transformarlas o renovar 
la virtud que ellas entrañan. 

Trabaja, pues, hermano; hazte rico para no ser pe- 
rezoso, teniendo muy en cuenta que no se trabaja 
para vivir, sino que se vive para trabajar. Que el tra- 
bajo o diligencia, cuando no liene el mal por objeto, 
es también virtud; lo es en sí mismo, aunque parezca 
sólo estimulado por el ansia de producir riquezas y 
acumularlas. El buen éxito del esfuerzo humano es 
también bendición de Dios; de su mano nos viene el 
bienestar» como la vida. El éxito es el exponente visi- 
ble de las condiciones del hombre; está en la anjodi- 
dura prometida al que busca el reino de Dios, la sola 
justicia. 

Si tu trabajo no te sin^e a ti mismo, no por eso es 
perdido; sirve a la humanidad, aunque tu no pienses 
en ello. No es la propiedad el estímulo, aunque lo 
parezca; lo eg la unidad o convergencia de todo al 
centro de rotación de la vida. Haz tuyas las cosas de 
nadie, es decir, haz que dejen de ser de nadie; guarda 
las que te sobren; no destruyas nada sin razón. Pero 
enciende que entre las cosas apropiables no está el 
hombre, tu hermano; éste jamás es de nadie, res 
nullis: tiene siempre un dueño, uno sólo. Entiende 
también que ser tuya una cosa no es lo mismo que ser 
para ti. Sólo será para ti lo que haya de ti en la co^a; 
tu ye, tu esfuerzo, tu genio, tu caridad o virtud. Eso 
nadie te lo puede quitar. El ser propietario de un 
cuadro de Velázquez no es lo mismo que ser Veláz- 
quez. El cuadro es de quien lo mira y es capaz de 
deleite estético, mucho más que del que lo paga; pero 
es, sobre todo, y para siempre, de Velázquez. No serás 
carpintero, tú, profesor de medicma, por tener en tu 
casa la obra de carpintería que el que la hizo te dio, a 



[150] 



£N S AYOS 



trueque del servicio que le prestaste cuando estuvo 
enfermo. Lo tuyo será siempre el servicio, el bien que 
hiciste a tu hermano. 

El avaro se engaña cuando cree que son suyas las 
cosas que guarda sin caridad. Son, en resumidas cuen- 
tas, del que las incorpora a sí mismo, a su cuerpo, a 
su espíritu, y las hace instrumento de su vida. Designar 
ese hombre no está en la voluntad del avaro» Este no 
es dueño de la riqueza que guarda bajo llave; es más 
bien su senador; la custodia para el que vendrá, y 
que él no conoce. El avaro no es un perezoso; es un 
hombre de trabajo^ útil para todos, menos para sí 
mismo; no está en la caridad o el principio. 

Bien es verdad que tanjpoco lo está el pródigo que 
destruye cosas útiles sin necesidad. El avaro quita a 
los hombrea presentes ; aplaza el goce ; pero, el pródigo 
quita a los futuros. El lujo, padre de la pobreza, y la 
avaricia, hija predilecta de la miseria, son ausencia 
de caridad, la sola riqueza sustancial: las cosas al al< 
canee del hombre, de todos los hombres, por interraC' 
dio de los que, de grado o por fuerza, Ies imprimen, 
con su yo, la propia virtud de cohesión social 

Y ésta es caridad, en su sentido penetrante, en el 
que, arrancando del Principio, le da el ApóstoK cuyas 
palabras será bien recordemos, como la última reso- 
nancia práctica, más práctica y científica de lo que 
suele creerse, de todo lo que hemos ido anotando con 
intención caritativa, es decir^ trabajando para vivir, lo 
que se llama vivir, permanecer. 

El Apóstol escribe a sus hermanos de Corinto: 

"Si hablara yo todas las lenguas de los hombres, y 
de los ángeles, sería como metal que resuena, o cím- 
balo que retiñe, si no tuviera caridad. Y así tuviera 
el don de profecía y penetrase todos los misterios y 



[151] 



JUAN ZORRILLA Dü SAN MARTIN 



las ciencias todas, y tuviera toda la fe que traslada las 
montañas, nada soy si no tengo caridad. Así distri- 
buyera todos mis bienes j todas mis facultades y entre 
los pobres, y entregara mi cuerpo a las llaman, de 
nada me sirve, si no tengo caridad'\ 

Si nada de todo eso sirve para nada, ¿para qué 
puede servir la propiedad de las cosas, y cómo resol- 
ver el problema, nada menos^ de la alegría y de la paz 
entre los hombres? 

La paz eg una cosa espiritual. Lo es la alegría. Y 
lo son también, aunque no parezca, la verdadera ri* 
queza y la pobreza: cosas del espíritu^ que proceden 
del Principio. 

In principio erai Verbum* 



[1521 



EL UBRO DE RUTH 



GLOSA BmUCA 
I 

Y es por fin el caso de saber por qué el libro que 
aquí termina puede llamarse, y será llamado^ El Libro 
de Kutk. Lo habrá quizá presumido quien haya notado, 
en leyéndolo, cómo está hecho de pensamientos que, a 
manera de espigas o granos maduros, han caído del 
espíritu al ser éste movido por el tiempo que pasa 
como el viento; pero codíío en que no faite quien ad- 
vierta, además, que no es ésta una recolección de todo 
lo caído, sino de lo dejado caer adrede, para ser le- 
vantado por manos predilectas. 

Si por ese camino se liega o no a la construcción 
de un libro, yo no lo sé; pero tampoco hace al caso. 
Que si a otra cosa no fuera útil este mío, lo sería 
para mí mismo, como Memorándum de mis horas de 
comunicación con el silencio, nuestro amigo. 

No creo que el estar formado en parte de citas y 
reflejos y fragmentos lo prive del derecho a la vida 
orgánica. 'Todo lo que se ve, dice JBmerson, es un 
conjunto de retazos; toda casa es un montón de trozos 
que se tomaron de los bosques, de las minas y de las 
canteras; todo hombre es una serie de retazos de sus 
antepasados... £1 mundo le ahorró la mitad del ca- 
mino. « . los otros trabajaron para él. Suponed lo con- 
trario: el hombre tendría que hacérselo todo por si 
mismo; gastaría sus facultades en preparar los mate- 
riales". 



[153] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Podría también recordarse, a este respecto, lo que 
dice Grim^ cuando nos hace notar las muchas citas y 
ajenas frases que llenan la obra de Montaigne y casi 
la constituyen: "Montaigne, dice, es original hasta en 
su erudición; lo es en los rasgos que cita de otros, 
porque no los emplea sino cuando en ellos ha encon- 
trado una idea suya^ o cuando le ha impresionado una 
nueva manera y smgular". 

Y es de Miguel Angel, por fin, el adagio que dicen 
repetía con frecuencia: *^Chi non sa jar bene da sé 
non puo jar bene deUe cose d'aUri". 

El que no sabe hacer bien de si, no puede hacer 
bien de las cosas de otros. 

Lo original en el hombre, efectivamente, no son sólo 
los pensamientos; hay pocos pensamientos nuevos, y 
todo hombre, por el contrario, es siempre original, 
como sepa mirarse a sí mismo, y decirnos fiel y since- 
ramente lo que ve. £1 hombre original, dice Chateau- 
briand, no es el que no imita, sino el que no puede 
aer imitado. 

El pensamiento es la parte luminosa de la lámpara 
en nuestro espíritu; la parte oscura es también com- 
bustión, sin embargo: luz negra. Que el hombre es un 
espíritu corporizado, hecho visible, y un cuerpo en 
ignición. 

Una misma idea alimentada por dos almas dará res- 
plandores diferentes; alumbrará distintos aspectos de 
la verdad; despertará, al hacerse imagen, distintas su- 
gestiones en la oscuridad de las otras almas. No hay 
pensamientos sino personas originales. Y la persona 
humana es mucho más que una inteligencia. 

Pero por algo más que por la manera de recogerlos 
han de llevar estos puñados de frutos de mi tierra es- 
piritual el nombre de Ruth la moabita. Leamos, como 



[154] 



ENSAYOS 



lo mejor de estas páginas, el libro bíblico^ y veremos 
cómo no sin causa ha salido de este mío, con sólo 
sacudirlo^ aquel nombre musical, como quiida en el aire 
la última nota de un acorde, la dominanle. 

II 

El Libro de Ruth es el séptimo de los que forman 
el Antiguo Testamento, comenzado, como sabemos^ 
por aquellas palabras del enorme Génesis: "En el 
principio creó Dios el cielo y la tíerra».. Y la tierra 
estaba informe y vacía, y cubrían las tinieblas el abis- 
mo. . . Y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas'\ 

Es la Biblia, nadie lo ignora, la más fuerte, la más 
bella y la más sana de las construcciones hechas de 
palabras de hombre; pero su belleza es invisible a los 
ojos que no saben ver cerrados, e inaccesible a los 
oídos que no perciben las quietudes del aire. El sa- 
grado vértigo, como el horror sagrado, es propio del 
hombre entre los seres sensitivos,; los animales igno- 
ran ese miedo a la proximidad de lo invisible presente* 
Santa Teresa de Jesús, «n cambio, escribía espantada^ 
como ella dice, cuando nos contaba lo que veía dentro 
de sí misma, en ciertos momentos de difuso resplan- 
dor, no encendido por ella, que salía de su espíritu, y 
le iluminaba los aposentos interiores concéntricos. 

Bien es verdad que todo libro inspirado exige, más 
o menos, una predisposición del espíritu, y cobra las 
proporciones del alma que lo recibe; pero ninguno 
como el inspirado por Dios, desde el Génesis hasta el 
Apocalipsis^ reclama esas potencias o agentes del or- 
den biperorgánico, cuya existencia parece querer des- 
cubrir ahora la ciencia experimental, y cuya esencia 
tiene la ilusión de poder analizar* £1 ciego que pre- 



[155] 



JUAN ZORRILLA PE SAN MARTIN 



tendiera ver con sólo perfeccionar los cristales de sus 
anteojos tendría algo de eso. 

"Algo hay entre cielos y tierra, dice Kipling, que 
vale más que vuestras vanas matemáticas". Es la 
creencia universal Instintiva. Los antiguos romanos ha- 
blaban del Numefit que quiere decir ^^manifestación". 
Y así concibieron sus primeros dioses, antes que la 
adopción de los mitos griegos los personificara: eran 
la manifestación de una fuerza divina desconocida. 

Como "en el principio" sobre el haz del abismo, el 
espíritu de Dios anda sobre las páginas, del libro de 
que hablamos; ellas parecen temblar a su contacto; 
todo desconcierta en sus relatos, todo es abismo en 
sus problemas, todo luz de ignota estrella en sus fi- 
guras. Al leerlo uno por primera vez<. parece que no 
hace sino recordarlo. 

Cuando diez mil años sean pasados sobre el tiempo 
y los hombres, éstos leerán, como hoy, ese libro ma- 
jestuoso, la Biblia. Y lo leerán cuando hayan pasado 
siete veces diez mil Y setenta veces siete* Y cuando 
todos los libros se hayan secado^ ése» como un árbol 
con las raices hacia arriba^ dará flores y semillas nue- 
vas. Y sus versículos caerán, uno a uno. sobre h ca- 
beza de las generaciones. Y se abrirán como estrellas 
recién nacidas sus palabras, Y los hombres prestarán 
juramento poniendo la mano sobre sus siete sellos» 

III 

La égloga de Ruth es uno de sus abismos, todo 
azul, . , Y no sin causa o por el solo encanto eufónico 
lo siento de ese color; el azul es el de lo infinito^ el 
del espíritu. "El color es un estado neutro de la ma- 
teria y de la luz ; un esfuerzo de la materia por hacerse 



[156] 



ENSAYOS 



lu2, y un esfuerzo inverso de la Iuz^\ dice Nov&lis. 

Dios creó la luz; después la tierra* Esta aprovechó 
una pequeña parte de aquélla para ser visible en su 
belleza; pero el resto no fue creado en vano; quedó 
en el espacio sin límites, pintando de azul las tinieblas, 
precisamente de azul. £a, pues, el color de lo incoloro, 
el de las transparencias condensadaa; luz de luz. 

El Libro de Ruih, gruta de divino azul, es^á cubierta 
de plantas a la entrada; se penetra en él entre árboles 
atentos, separando con las manos las ramas que nos 
tocan la cara; oyendo voces de vidas ignotas que vie- 
nen de las lejanías; sintiendo palpitaciones de sangre 
melodiosa, que circula en las arterias de los fo- 
llajes; se siente en seguida la dilatada frescura del 
otro lado, del otro ^-iento. Es un libro de encanto; 
pero, como el de Esther, el de Judith, el de la Sula* 
mita, el de Job, reclama el recogimiento y la paz del 
alma pura para ser respirado. Las disipadas o grose* 
ras no son aptas para leer esos relatos, y mucho menos 
intentar su comentario en forma sensible. Los que a 
tal han sido osados, nos han dado parodias irreveren- 
tes, que causan un maleabir insoportable. 

Cuentan que Arlequín, preguntado por qué y para 
qué llevaba un pedazo de piedra debajo de la capa, 
contestó que era la muestra de una casa que tenía en 
venta. Tal hacen, o cosa parecida, los que hacen bajar, 
desprendidas del gran cuadro bíblico, las figuras que 
en él se mueven, para hacerlas servir de modelos de 
taller; arrancan pedazos de mármol del Parthenon 
para construir sus establos; fabrican, con el escudo de 
Palas Athenea, la fuente de un jardín, y, con el casco 
de un dios mutilado, un bebedero para sus pájaros. 

Poca profanación es esa, sin embargo, si se la com- 
para con la cortesana amasada con la arcilla cekstfl 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



de la esposa de los cantares, o con la virgen de Be> 
tulia ofrecida como objeto de vulgares concupiscen- 
cias. 

Conocido es el origen de tan molestas perturbado^ 
nes; es la necesidad de hacerse sentir por el desentono, 
ante la ineptitud de hacerlo por la armonía. A ese 
instinto obedece lo mismo el novelista que se burla de 
Dios en el libro, que el hombre grosero que blasfema 
a gritos de su nombre en la calle. 

El hombre que enturbia con una venenosa ironía la 
serenidad de una creencia no difiere en nada del que 
raya un cristal del vagón en que viaja, o deja una 
mutilación o un residuo repugnante en el monumento 
de mármol blanco que visita, aprovechando la ausen- 
cia o el descuido del guardián. La torpeza complacerá 
tanto más a bu autor, cuanto más límpido sea el crisital 
estropeado, más blanco el mármol ofendido, y más ino- 
cente el alma escandalizada. Son distintos grados del 
mismo fenómeno psíquico. El uno es el del bruto pri» 
mitivo, y el otro el del ejemplar refinado por la ali^ 
mentación; pero todos obran dentro del mismo instin- 
to: el de afirmar su personalidad por el desentono, la 
fealdad, el ¡qué me importa!, frente a los hombres si- 
lenciosos y resignados. Las artes y las letras reflejan 
eso en las épocas de decadencia, como es sabido. Nada 
forma escuela con mayor rapidez que la obscenidad, 
la irreligión, la paradoja. 

IV 

No han sido los genios, por cierto, ni podían serlo, 
quienes tal han perpetrado. Shakespeare^ que fue único 
en la creación de hombres y mujeres, nunca se aven- 
turó a la de una persona bíblica, sobre lodo evangé- 



[158] 



ENSAYOS 



lica. Racíne, en cambio, sin el genio del inglés, pero 
con su grande alma reverente, escribe, con piadosa 

sencillez, un dramila sacro, destinado a ser recitado 
por las niñas de un colegio, y da vida perpetua a su 
Esther, la más bella acaso de sus criaturas dramáticas. 
Audía es "la reina de las tragedias", según Paul de 
Saint Victor; nada hay más solemne, dice, ni más su* 
blime en el teatro. Racine, exaltado por la fe, se eleva 
sobre sí mismo , . . Camina, como señor, por el espacio 
de los milagros: el entusiasmo de ]a Escritura agranda 
su genio y fortifica su palabra^'* 

Yo contaré, pues, con piadoso y humilde corazón, 
para las nobles almas, más numerosas de lo que se 
cree, la historia de esa Ruth, la moabita, cuyo nom- 
bre, puro y sagrado como un cirio, se ha encendido 
sobre las aguas de estas mis páginas recogidas. Nos 
valdremos, para suplir mi ignorancia, de las versiones 
más respetables del sagrado texto que, afinadas a mi 
música interior, arrastrarán consigo algún acorde de 
ésta, sin perder su ritmo. Sonlo en castellano, y nos 
son familiares, las de Scio y Amat; pero éstas han sido 
vertidas del texto latino de la Vulgata, como sabemos» 
Y, sin que ello quiera decir que no sean muy hermo- 
sas y lo más fidedignas posible relativamente, nos ayu- 
daremos de la versión francesa de Crampón, directa 
del original siro-caldaico, que acaso nos haga entrever 
algo más, como reflejo más cercano, las bellezas del 
idilio sacro. 

Leamos, pues, el nemoroso texto. No echemos en 
olvido, al escucharlo, que de Ruth nació Obed, el hijo 
de Booz* Y que de Obed procedió David. 

Y de David Jesucrito, por fin, el Verbo de Dios, en 
la plenitud de los tiempos vistos por los ojos de los 
profetas^ y anunciados por sus grandes voces. 



[159] 



CAPITULO I 



LA SOLEDAD DE NOEMI 
I 

Era "en los días de un juez'^, de uno de los jueces 
o gobernantes electivos de IsraeL No se sabe cuál. . . 

acaso fue en los tiempos de Débora. El Libro de Ruth 
está entre el de los Jueces y el de los Reyes, Es, pues^ 
la historia sin tiempo, o de todos los tiempos, que es 
lo mismo. 

El pueblo israelita» el pueblo de Dios, pero de dura 
cerviz, cultivaba entonces la tierra, y plantaba viñas 
entre olivares. Y sembraba trigo y cebada. Los traba- 
jadores se sentaban bajo las higueras y los manzanos 
al caer la tarde, y las parras daban sombra a las casas 
cuadradas, muy blancas. 

Y, por la noche^ los hombres se acostaban alrededor 
de las parvas. 

Y cabalgaban en dromedarios y en asnos. , « 

II 

Y sucedió que una hambre muy grande sobrevino 
en aquella tierra; los trigos y las cebadas ae morían 
de sed, y el campo estaba amarillo. Y se quedaban 
muertos los carneros junto a las cisternas agotadas. 
Y estaban secas las visceras de los camellos, cuya cor- 
teza se agrietaba como la piel de los alcornoques. 

Y aconteció que un vecino de Bethleem de Judá, 
llamado EIimelcch¡ de rico que era se quedó muy po- 



[160] 



ENSAYOS 



bre. Y hubo de expatriarse. Y, pasando el Jordán, se 
fue a la tierra de los Moabitas idólatras Q^e, como los 
Amonitas, sus vecinos, eran malditos de Dios hasta la 
décima generación. 

Y Elimelech se íue con su mujer, que se llamaba 
'Voemí, que quieie decir hermosa. Y con sus dos hijos, 
Ckelion y Mahaloiu 

Y habiendo eníiado en el paí? de MoaK moraban 
allí. 

Pero he aquí que murió EHmelech. Y Noemí, su 
xiuda, con sus dos hijos. Chelion y Mahalou, se quedó 
en aquella tierra de gentiles. 

Y los dos hijos se casaron con mujeres moabitas. 
Que a la mujer no alcanzaba la maldición de la es- 
tirpe, si se acogía al Señor, Dios de Israel. 

Y la mujer del uno, la de Chelion, se llamaba 
Orpha, 

Y era Ruth la otra, la esposa de Mahalon. la amable 
Ruth de nuestro Libro. 

Y era en todo extremo hermosa, esa Ruth, la moa- 
bita, esposa de Mahalon. 

III 

Pero he aquí que muñeron también los dos esposos^ 
los dos hijos de Elimelech. 

Y Noemí, la madre anciana, quedó huérfana del 
marido y de los hijos^ al lado de sus nueras, las jóve- 
nes viudas, Orpha y Ruth, que no habían sido madres. 

La estirpe de Elimelech iba, pues, a extinguirse en 
tierra extraña, de gentiles, y, con ella, la esperanza, 
en la familia de aquál hijo de Belhleem de Judá, ciu- 
dad predestinada. 



11 



[ 161 ] 



CAPITULO 11 



LA VOCACION DE RUTH 
I 

Noemí, después de diez añog de expatriación, oyó 
decir que el Señor había vuelto ]a vista hacia su puc- 
bloj y le había dado de comen Y resolvió volverse a 
la tierra de su nacimiento. 

Y habiéndose levantado, tomó el camino de Be- 
thleem, por el vado del Jordán, en compañía de sus 
dos nueras. Las tres viudas pasaban por las colinas, 
como tieft blancos misterios caminantes. 

Y a poco andar, la anciana se detuvo^ y dijo a las 
dos: 

Idos a casa de vuestra madre, hijas mías. Que Je- 
hová haga misericordia con vosotras, como la hici^teift 
vosotras con los difuntos y conmigo. 

Y las besó. 

Ellas, alzando la voz, se pusieron a llorar. 

Y le dijeron: No, contigo iremos a tu pueblo. 

Y Noemí insistió con muchas razones y concertadas. 
Nada tenía que darles ni prometerles: ni pan, ni nue- 
vos maridos con que resucitar en sus entrañan la estir- 
pe de los difuntos. 

Volveos, hijas, les repitió, volveos a vuestra casa 
La angustia de vuestras almas agrava la mía; yo ya 
estoy acabada de la vejez, y la mano del Señor está 
levantada sobre mí; nada podéis esperar de mí en este 
mundo. 



[1G2] 



ENS A YOS 



Ellas, entonces, alzando la voz, lloraron de nuevo, 

Y Noemí esperaba, mirando cosas lejanas que pa- 
saban por su corazón* 

Orpha besó, por fin, a su suegra. . . Y se volvió a 
su casa de Moab. 

II 

Pero he aquí que Ruth, la diáfana Ruth, ha que- 
dado abrazada, sin desprenderse, al cuello de la madre 
de su esposo que murió, mientras Orpha, volviendo de 
vez en cuando la cabeza^ se va alejando hacia la tierra 
maldita del Señor. 

Mira, dijo a Ruth la anciana, extendiendo el brazo; 
tu cuñada ee ha vuelto a su pueblo y a sus dioses. Vete 
con ella. 

Y Ruth oyó, en las lejanías de sí misma, la voz que 
llamaba a los gentiles. £ hizo su voto perpetuo de 
maternidad predestinada. Y abrió el claustro de su 
vida en flor, el de todas sus potencias y sentidos, al 
Esperado, al Santo de Israel. 

Y dijo, llorando sobre el pecho de Noemí: No, no tp 
me opongas más, para que le deje y me vaya lejos de ti. 
Porque donde quiera que fueres, yo iré; y donde habi- 
tares, yo habitaré también. Tu pueblo gerá mi pueblo, 
y tu Dios será mi Dios. Yo moriré donde tú mueras, 
y allí seré enterrada. Que Jehová me trate con todo su 
rigor, si otra cosa que la muerte me separase de ti. 

Y el Seííor Dios de Israel oyó la voz, y recibió la 
ofrenda de Ruth. 

Y el resplandor del alma cuando hace transparente 
su envoltura rodeó la cabeza de la mujer aquella. 



[163] 



JUAN BORRILLA DE SAN MARTIN 



III 

Y las dos viudas, la anciana y la joven, siguieron 
pu camino, 

Y caminaban por las sendas pedregosas que se in- 
dinan hacia el Jordán, 

Y en habiendo cruzado el río, vieron, por fin, a 
Bethleem de Judá, la ciudad abstracta, espectante, en 
el declive de su colina, y encerrada en sus muros. 

Y detrás de los muros, blanqueaban las casas cua- 
dradas, de pequeñas cúpulas esféricas algunas de ellas. 
Y se veía el verde de las parras llenas de sol, Y la 
snimbra que proyectaban era color de violetas. Y las 
mujeres, vestidas de blanco, salían de las puertas de 
la ciudad con cántaros en la cabeza. Y algunos hom- 
bies iban montados en asnos. Las manchas blancas 
lirillaban sobre los fondos de ocre amarillo. 

Y luego que entraron en la ciudad las forasteras, 
prontamente ge esparció la fama, 

Y decían las mujeres: ¿No es ésta aquella Noemi? 
No me llaméis Noemí, Ies decía la viuda; no me 

llaméis Noemí, (que quiere decir hermosa) llamadme 
Mará, (que quiere decir amarga) porque el Todopo* 
dcroso me ha llenado de amargura. Salí con las manos 
llenas, y el Señor me ha hecho volver con ellas vacías. 
¿Por qué me llamáis Noemi, después de haberme hu- 
millado el Señor, y afligido el Todopoderoso? 

Y así fue como Noemí se volvió a su tierra. Y, con 
ella, llegó así su nuera, Ruth, que venía de la tierra 
de Moab. 



[164] 



CAPITULO III 



BOOZ 
I 

Habían llegado a Bethleem cuando comenzaba a 
segarse las cebadas. Los trigos estaban también ma- 
duros. Por las amplias hojas de las plantas de maíz 
sonaba el viento, y los olivos estaban en flor. Y en 
las puntas de las higueras, en forma de candelabros, 
se encendían, como llamas verdes, las hojas nuevas, 
junto a los higos pequeños. 

Y los hombres y las mujeres pasaban alegres. 

Pero el campo que fue de Elimelech, cubierto de 
malezas j no daba pan para Noemí, la viuda, ni para 
Rudi, la forastera. 

II 

El DeuUronomio, libro de las leyes, decia: 
"Cuando segares las mieses en tu campo y quedase 
olvidada alguna gavilla, no volverás a tomarla; sino« 
que la dejarás, para que se la lleve el forastero, el 
huérfano y la viuda, a fin de que Jehová^ tu Dios, te 
bendiga en las obras de tus manos'\ 

"Cuando recojas el fruto de los olivos, no volverás 
a recoger lo que quedare en los árboles; sino que lo 
dejarás para el forastero, para el huérfano y para la 
viuda'\ 

**Cuando vendimies tu viña, no has de recoger los 
liicímos que quedaren; ellos serán para el forastero^ 
para el huérfano y para la viuda". 



[165] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



"Acuérdate que fuiste esclavo en el país de Egipto, 
y, por tanto, te mando que hagas esto'\ 

Y el Levitico: 

"Cuando hagas la cosecha de tu tierra, no has de 
segar hasta el límite extremo de tu campo, ni recoge- 
rás lo que allí quede por espigar". 

"Tampoco recogerás los racimos que queden en lu 
Tiña, ni alzarás los frutos caídos en tu huerto. Dejarás 
todo eso para el pobre y el extranjero. Yo soy Jehová, 
tu Dios'\ 

III 

Y Ruth, !a moabila, aunque ignorante de la ley que 
hablaba con ella, porque era de los pobres y los huér- 
fanos, dijo a Noemí, cuando sintieron las angustias 
de la pobreza: 

Si lo mandas, iré al campo. Y, donde quiera que 
hallare gracia con algún padre de familia que use 
clemencia conmigo, recogeré las espigas caídas, detrás 
de los segadores. 

Anda, hija mía, le contestó la viuda de Elimelech. 

Y la viuda moabita se echó el largo manto sobre la 
uabeza, y fue por el alimento de loa pájaros que" am- 
bulan en el aire. 

Y vio gente que segaba. Los hombres estaban llenos 
de sol y de reflejos de campo verde. Y cuando volvían 
la cara, se les veía en los ojos la alegría de la vida y de 
la caridad. 

Y Ruth entró en aquel sembrado, mirando a un lado 
y a otro, temerosa de ser rechazada, porque era extran- 
jera. 

Y en haciendo que hizo su sttplicaj comenzó a reco- 
ger espigas, a espaldas de los que segaban» 



[166] 



ENSAYOS 



La joven viuda había entrado en la heredad de un 
hombre anciano, poderoso y muy rico^ que se llamaba 
Booz, Era pariente de Noemí, sobrino de Elimelech, 

hijo de un hermano, parece ser. 

Y era un varón justo y temeioso del Señor. 

Y el alma de aquel Booz era pura. Y eran limpios 
los pensamientos en su corazón. 

IV 

Y al caer de aquella tarde, ese Booz salió de su casa 
de Bethleem, y se llegó a su heredad, a ver cómo iba 
la siega, 

Y vio aquella joven aislada y desconocida, que, a 
espaldas de los segadores, iba recogiendo espigas. 

El Señor sea con vosotros, dijo a los que segabaji. 

Bendígate Jehová, le respondieron ellos. 

mirando de nuevo a la mujer que espigaba, dijo 
al mozo que cuidaba del trabajo: ¿De quién es esa 
muchacha? 

Es aquella moabita que vino con Noemí, le respon- 
dió él. Ella nos dijo: Dejadme que recoja espigas en- 
tre las gavillas, detrás de los que van segando. Y des- 
de esta mañana, en que llegó, hasta ahora, ha estado 
de pie. Y el descanso que ha tomado en la casa ha sido 
corto. 

Ruth no había tomado alimento en todo aquel día; 
al recoger espigas pensaba en Noemí. 

Lo que Booz sintió al volver de nuevo la cabeza, y 
mirar a la espigadora inclinada hacia el suelo^» fue el 
germen del amor: transporte, compasión afectuosa. 
Que amor es eso ante todo: co-pasíón, vida de uno en 
otro, participación en la ajena alegría, en la ajena es- 
peranza; pero en la angustia y en el dolor ajenos sobre 



[167] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



todo. Que amor es, ante todo, holocausto, pureza de 
pensamiento. O padecer o morir, decía Teresa de Jesús^ 
la nueva Ruth, desde su corazón atravesado por el 
dardo de oro. 

V 

Y Booz se llegó a la joven moabita, 

Y en su voz se formaron estas palabras precursoras- 
Oye, hija mía: no vayas a otro campo a espigar. 

ni te apartes de este sitio; incorpórate a mis mucha- 
chas. 

Mira el campo en que se siega, y sigúelas. Porque 
he dado orden de que nadie le moleste. 

Y si tienes sed^ ve al cántaro, y bebe del agua que 
beben mis servidores. 

Y Ruth, inclinándose hasta el suelo: 

¿De dónde a mí esta dicha, oh mi señor, de haber 
hallado gracia a tus ojos, y que te dignes saber de mí, 
siendo, como soy, una mujer extranjera? 

Se me ha informado de todo cuanto has hecho por 
tu suegra, después de la muerte de tu marido; y de 
cómo has dejado tu padre y tu madre, y el país de tu 
nacimiento; y de cómo has venido a un pueblo que no 
conocías» Que Jehová te devuelva lo que has hecho. 
Que tu recompensa sea plena de parte de Jehová, Dios 
de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte. 

Tú me llenas de consuelo, oh mi señor; has hablado 
según el corazón de tu sierva; yo no puedo compa* 
rarme ron una de tus servidoras . . . 

VI 

Era la hora de la comida. Los segadores y las mu- 
jeres se sentaron con Booz. 



[163] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Y Booz dijo a Ruth, que estaba de pie: Acércate, y 
come pan, y moja tu bocado en el vinagre. 

Ella ee sentó al lado de los segadores* 

Booz le dio espigas tostadag. 

Ruth comió, y se satisfizo, y guardó el resto. 

Y se levantó en seguida, para ir a su trabajo. 

Y Booz ordenó a sus servidores: Dejadla espigar 
también entre las gavillas; no la avergoncéis. Y aun 
dejaréis caer algunas espigas entre las gavillas, para 
que ella las recoja. Y no le haréis reproche alguno. 

Ruth estuvo, pues, espigando en el campo, hasta la 
tarde. Y» sacudiendo y dando con una vara a lo que 
había recogido, halló la medida de un ephí de cebada, 
esto es, lo que puede comer un hombre en diez días» 

Y se volvió, con su trilla y su alegría, al pobre ho- 
gar de Noemí, cuando la tarde iba cayendo, y bajaban 
del cielo, como lluvias, los silencios que aparecen de- 
lante de las noches estrelladas. 

VII 

¿Dónde has espigado hoy. y dónde has trabajado? 

dijo Noemí a su hija, al verla entrar cargada de su 
cosecha, y mostrarle lo que traía para ella. 

El hombre en cuyo campo he trabajado se llama 
Booz, contestóle Ruth con alegría. 

Que él sea bendito de Jehová, dijo la anciana. Se 
ha mostrado piadoso con los vivos, como lo fue con 
los que murieron* 

Y también dijo; Ese hombre es pariente próximo 
nuestro, y es uno de los que tienen sobre nosotros el 
derecho de rescate. 



[1691 



JUAN ZORRILLA DE SAN MAHTIN 



Me dijo también, agregó Ruth la moabita: Quédate 
con mi gente, hasta que haya terminado la cosecha. 

Y Noemí a Ruth: Bueno es, hija mía, que sigas a 
*íus criadas, a fin de que no se te destrate en otro 
campo. 

Y hasta que d trigo y la cebada se guardaron en 
ios graneros, la humilde moabita, mezclada a las ser- 
vidoras de Booz» recogía sus espigas. Y vivía con su 
suegra. 



£170] 



CAPITULO III 



LOS ESPONSALES 
I 

La posteridad era el ensueño de Israel ; era su culto. 
Llegar, en la posteridad, hasta el Mesías era vivir. 
Sólo morir sin descendencia era morir sobre la tierra. 
Toda mujer israelita podía llevar en sus entrañas la 
habitación del progenitor del rey futuro, del que debía 
ser gloria y alegría de Israel, y redentor de su pueblo. 

£1 nombre de la persona era la persona misma; de* 
jar el propio nombre en la estirpe era sobrevivirse. 

La misma propiedad de la tierra, madre también y 
compañera^ tenia ese fin: guardar el nombre del que 
fue su dueño y la hizo alimentadora. 

JVoemí, la pobre viuda de Eliraelech, conservaba el 
campo que había sido de su esposo y de sus hijos; 
pero ese usufructo lo era de frutos no existentes; no 
era nada. Ella podía venderlo, para vivir algún tiempo 
con 8U precio; pero así borraba, con el del nuevo 
dueño, el nombre de su estirpe. Por esa razón, la ley 
de Moisés daba derecho preferente a comprar tales 
tierras al pariente más próximo del dueño muerto sin 
descendencia: porque era quien podía conservar en 
ellas el nombre del difunto. 

Tierra de promisión eran también, y sobre todo, 
las entrañas de la mujer^ según aquella ley. Las de la 
viuda sin hijos estaban preferentemente reservadas a 
quien pudiera conservar en ellas el nombre y la estirpe 



[171] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



de quien primero las fecundó: al hermano muerto o 
palíente más cercano. El matrimonio de la viuda era, 
ante todo, un tributo rendido al marido muerto, cuyo 
nombre llevaba el hijo primogénito. 

'"Cuando habitaren juntos dos hermanos, decía el 
Deuteronomio, libro de la ley, y el uno de ello? mu- 
riere sin hijos, la mujer del difunto no se casará con 
otro, sino que la tomará el hermano del muerto, y 
levantará descendencia a su hermano". 

"Y al hijo primogénito que tuviere de ella dará el 
n02Tibre de su hermano, para que el nombre de éste jio 
sea borrado de Israel". 

Noemí pensaba en sus hijos fallecidos en tierra ex- 
traña, y que morían cada vez más; en los hijos de 
Elimelech que habían arraigado en sus entrañas: Che- 
lion y Mahalon, 

Orpha, la viuda de Chelion, había desaparecido en 
las tinieblas; una estirpe idólatra borraría la huella 
de su esposo en sus entrañas. 

¡Pero Ruth, la hermosa Ruth! 

En las tinieblas de aquel claustro desierto podía 
reaparecer la sombra de Mahalon, evocada allí por un 
hermano. Y, en su nombre redivivo, sobrevivir su es- 
tirpe en la tierra de Judá. 

Y de ella proceder el Santo de Israel 

11 

Booz era pariente, hermano, pues^ del hijo muerto 
de Noemí. 

Y Noemí pensó en su corazón. 

Y, oyendo la voz del Señor, que en su sangre ha- 
blaba profecías, dijo a Ruth: 



tl72] 



ENSAYO S 



Hija mía, ese hombre con cuyas criadas estás incor- 
porada en el campo es nuestro pariente, y osta noche 
debe aventar la cebada. 

Ve a la era con tus mejores vestidos^ limpia y per- 
fumada. Que él no te vea hasta terminada la cena. Y 
cuando, acabada ésta, se fuese a descansar, mira dón- 
de duerme, y acuéstate a sus pies. Y él te dirá lo que 
debes hacer. 

Cuanto me mandares' haré, contestó la joven moa- 
bita. 

III 

Y Booz dormía junto a un montón de gavillas. 

Y Ruth llegóse a escondidas. Y se acosló a los pies 
del dormido anciano. 

Y he aquí que, a la media noche, despertó Booz 
sobresaltado y turbado. 

Y \ir> una mují»r echada a sus pies. 
Quién eres? la dijo. 

Y ella: Yo soy Ruth, lu sierva: extiende tu capa 
sobre tu esclava, porque eres mi pariente, y tienes de- 
lecho de rescate sobre mí. 

Hija, dijo el anciano, sintiendo luz en los camino? 
del corazón, bendita seas de Jehová. Tu último amor 
.sobrepasa al primero; porque no has buscado jóve- 
nes^ pobres ni ricos. 

No temas, pues; que yo haré todo lo que me dijeres. 
Porque todo el pueblo sabe que tú eies mujer de vir- 
tud. 

Yo soy tu palíente, es verdad, con derecho de les- 
rate; pero hay otro que lo es má^ cercano que yo. 

Pasa aquí la noche; y luego que se haga de día, si 
él quiere usar de su derecho para contigo, está bien. 



£173] 



JUAN zorrujjl de sak martin 



que lo haga. Pero si no quiere reclamarte, yo te reda- 
maré, yo, vive Jehová. 

Y la moabita se estuvo allí, acostada, ha^ la ma- 
ñana. 

Y se levantó antes que un hombre pudiera recono- 
cer a otro. 

Que no se sepa que esta mujer ha estado en la 

parva, dijo Booz» 

Y agregó: Quítate el manto que le cubre, y extién- 
delo- 

Y puso en él seis medidas de cebada, que cargó 
sobre los hombros de la joven, 

Y él se volvió a la ciudad. 

Y Ruth se volvió a su casa, con el manto lleno de 
los frutos de la siega, que Booz le había obsequiado. 

Y Noemí, que la vio entrar con su alegría, la sintió 
ella misma dentro del corazón. Y le dijo, al saber lo 
ocurrido: Quédate aquí, hija mía, hasta saber cómo 
termina todo esto. 

Porque ese hombre no se dará punto de repodo, 
mientras no haya terminado hoy mismo este asunto. 



[174] 



CAPITULO IV 



LOS DESPOSORIOS 
I 

El anciano Booz predestinado cumplió su palabra» 

Y he aquí que subió a la puerta de la ciudad^ y allí 
se sentó. 

Y que acertó a pasar aquel pariente de quien había 
hablado a Ruth. 

Y Booz le dijo: Detente, y siéntate aquí» Fulano 
de Tal. 

El hombre 3^ detuvo, y se sentó. 

Y Booz tomó diez de entre los ancianos de la ciudad» 
y les dijo: Sentaos vosotros aquí* 

Y dirigiéndose al pariente: 

Sabes que Noemí^ de regreso de Moab. está por 
vender la porción de campo que fue de nuestro her- 
mano Elimelech* Tú eres el más próximo pariente. Yo 
soy el segundo. Tuya es la preferencia, 

Y contestó el otro: Yo compraré el campo, 

Y Booz: El día en que adquieras el campo, de mano 
de Noemi, lo adquirirás también de la de Ruth la 
moabita, mujer del difunto^ para hacer revivir el nom- 
bre de éste en su heredad. 

El próximo pariente respondió: No puedo com- 
prarlo así por mi cuenta, pues destruiría mi herencia 
propia. Haz tu uso de mi derecho, 

Y se quitó la sandalia y se la dio, porque tomara 
posesión del campo» poniendo el pie sobre él. 

Y Booz a los ancianos y a todo el pueblo: Sois tes- 
tigos hoy de que adquiero, de mano de Noemí. todo 



[175] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



cuanto pertenecía a Elimelech, Chelion y Mahalon. Y 
que recibo, al mismo tiempo, como mujer, a Ruth la 
moabita, mujer de Mahalon, para hacer revivir el nom- 
bre del difunto en su herencia, a fin de que el nombre 
del muerto no sea excluido de entie sus hermanos y de 
la puerta de su pueblo. Vosotros sois testigos en este 
día. 

Y todo el pueblo que estaba en la puerta, y todos 
los ancianos, dijeron: Testigos de ello somos. Que 
Tehovd haga a la mujer que entra en tu casa* semejante 
a Raquel y Lía« que construyeron la casa de Israel. 
Que seas fuerte en Ephrata, y que te hagas un nombre 
en Bethleem. Pueda tu casa ser semejante a la casa 
de Phares, que Thamar engendró a Judá, por la pos- 
leildad que Jehová te dé de esta joven mujer. 

II 

Booz tomó a Ruth, y ella fue su mujer. 

Y él fue hacia ella. 

Y Jehová concedió a Ruth que concibiese. Y dio a 
luz un hijo. 

Y las mujeres decían a Noemí: Bendito sea Jehová, 
que no ha permitido te faltase un redentor. 

Que su nombre se haga famoso en Israel. El restau- 
rará tu alma^ y será el sostén de tu vejez. 

Porque tu nuera, que te ama, lo ha dado a luz; ella 
que, para ti, vale más que siete hijos. 

Y Noemí tomó al niño, lo puso sobre bu seno y le 
sirvió de nodriza. 

Las vecinas le dieron un nombre diciendo: Un hijo 
ha nacido a Noemí, Y lo llamaron Obed. 
Este fue el padre de Isaí, padre de David. 

Y esta es la historia nemorosa de Ruth, la moabita. 



[176] 



EPILOGO 



I 

JN ai rada, pues, esa historia, dicho se estí por qué 
esto mi libro ha de llamarse El Libro de Ruth. No es 
5»ólo poi estar hecho de espigas y de racimos recogidos 
en el campo de Booz, para alimento de los pobres. *e 
ha de pensar también, al adoptar tal nombre, en que 
esa historia idílica es el canto más precioso a la gene- 
1 ación humana, considerada función sagrada: evoca- 
ción de alnids que están poi venir, y de cuerpos que 
no han llegado Lo es. por lo tanto, de ese instinto 
casi divino de reproducción espiritual, an^ia de vida 
en el propio verbo, en que creímos lialldi la dignidad 
de las letras, y entiever el agente que nos mueve a dar 
vida a criaturas tales como las caidas de mi espíritu 
entre estas hojas, y en todas las que he dejado caer en 
mi camino, porque mi norabie no sea horrado de 
Israel, 

II 

Sea también así llamado este mi libro. El Lihio de 
Ruth, porque el recuerdo del bíblico, lleno de sol, 
pueda madurar en él el fruto del árbol que produce 
el pan. Y nutrir algunas almas con la belleza de las 
buenas intenciones, que hacen» de la verdad amable, 
la ofrenda más preciada de caridad. 

Incorporado, aunque forastero, al giupo de filóso- 
fos que siegan las certezas cultivadas o inspiraciones, 
yo he querido hacer participantes de mi coniecha de 



12 



[177] 



JUAN ZORRILLA D£ SAN MARTIN 



espigas halladas en el campo, y de racimos en dgraz, 
a todos los hombres, aun a los extranjeros, aunque 
pean mo abitas o amalecitas, quv. con limpieza de cora- 
zón, se acogen al Santo de Israel. 

Y darles el vino nuevo que confoita, \ el agua de 
lüb manantiales^ que desaltera. 

Y difundir en las almas, con el nombre del Hijo 
de David, nieto de Ruth y de Booz, la esperanza en 
las posteridades, el estremecimiento del aire en lo& tri- 
gos, -y la paz y la alegría de las parvas, a cuva tombía 
los segadores descansan, y los ancianos. 

Y la vibración de cuerdas en las colmenab. y la^ 
palabras vivas de los follajes sonoros. 

FÁ Señor sea con vosotros. 



r 178 1 



VOLUMENES PUBLICADOS 



1 — Carlos Mana Ramíre? Artigas 

2 — Carlos Vait Ferrara Fermentario 

3 — Carlos Rey les. El Terruño y Primiix\o 

4 — Eduardo Acevedo Djaz I^ma^l 

5 — Carlos Vaz Ferreira Sodrl los PROBLrMAü íjí>ciales 
O. — Carlos Vaz Ferreira Sodre la propiedad dl la iierr\ 

7 — José María Reyes Descripción geográfica ntL terri- 

torio DE LA RErÚBLiCA O DEL Uftunuw ( Tomo I) 

8 — Jos¿ María Reyes Dlscripciün glografila del jerui- 

lORiQ DE LA República O üel Uruguay (Tomo 11^ 

^ — Francisco Bauza ' Estudios i,[rrRi\RTOS 

10 — Sansón Carrasco Artículos 

1 1 — Francisco Bauz á Estuihos consiilulionmis 

12 — José P Massera Estudios filosóficos 

13 — El Viejo Pancho. Paja brav^ 
H. — José Pedro Bellán: Doñarramoka 

15 — Eduardo Acevedo Díaz Soltdad y Ei combate de 

LA TAPERA 

16 — Alvaro Armando Vasseur Toi>os ios can ios 

17. — Manuel Bernárdez NARR-^ciONíb 

18 ' — Juan Zornlla de San Martin Taharí 

19 — Javier de Viana* Gaucha 

20 — María Eugenia Vaz Ferreira La isi \ itc ins i 4Niii^f>s